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lunes, 26 de marzo de 2018

«Las Siete Palabras» en la cruz, el sermón supremo de Jesús.

Su biblia siempre a la mano para leer sus versículos esta mañana.

¡Dios le bendiga!


«Las Siete Palabras» en la cruz, el sermón supremo de Jesús


Uno de los pasajes bíblicos más leídos en la Semana Santa es, obviamente, el relato de la crucifixión. Recordamos los sufrimientos de Jesús -su pasión-, celebramos su victoria sobre el pecado -nuestra salvación-, y todo ello nos mueve a la adoración. Así cantamos, emocionados y llenos de gratitud, «La cruz sangrienta al contemplar»«Cabeza ensangrentada» y otro himnos de gran riqueza espiritual y teológica.
Durante las horas que estuvo clavado en la cruz, el Señor exclamó siete frases memorables que se han venido en llamar «Las Siete Palabras». Fueron sus últimas palabras. Con estas breves frases Jesús pronuncia el mensaje más profundo que se haya predicado jamás, una verdadera síntesis del Evangelio. Allí encontramos resumido lo más extraordinario del carácter de nuestro Señor y del plan divino para con el ser humano. El «Sermón de las Siete Palabras» ha inspirado innumerables predicaciones y escritos a lo largo de los siglos. J.S. Bach recoge en su emocionante Pasión según San Mateo el espíritu inigualable de este texto bíblico. También J. Haydn en el siglo XVIII compuso, por encargo, una obra muy apreciada sobre Las Siete Palabras en la que pone música a este memorable pasaje.

En esta reflexión al filo de la Semana Santa quiero compartir sólo un aspecto de «Las Siete Palabras» que, cuando lo descubrí, me impresionó y dejó en mí una huella indeleble. Se trata por supuesto de su contenido, pero en especial del orden en que Jesús pronuncia estas frases; a simple vista parece algo casual, pero un análisis detallado nos muestra cómo este orden es profundamente significativo porque refleja las prioridades del Señor y es un reflejo formidable de su carácter y de su corazón pastoral. Para mí, es en la cruz donde la belleza del carácter de Cristo alcanza su máximo esplendor. En la hora de la mayor oscuridad, sus palabras brillan como oro refulgente. Profundizar en estas «Siete Palabras» de Jesús me ha ayudado a amarle más a él y ha moldeado mi acercamiento hacia las personas, en especial las que sufren, a lo largo de mi vida.

El corazón pastoral de Jesús en la cruz


La sensibilidad de Jesús hacia su prójimo, su amor y preocupación por los que estaban a su lado, alcanzan en estas frases un clímax apoteósico. Lo más natural en las horas previas a una muerte por condena es que la persona se concentre en sí misma, en sus pensamientos y emociones, alejándose de su entorno en un proceso de ensimismamiento tan lógico como comprensible. Incluso cuando esta muerte es por enfermedad, todos entendemos que el centro no son los demás, los que le acompañan, sino aquel que está a punto de partir. En la cruz ocurre exactamente lo contrario: Jesús se olvida de sí mismo y de sus necesidades (que expresará más tarde) y se concentra en los que están con él, no importa que sean sus enemigos -los que le estaban torturando- , unos simples desconocidos -los malhechores- o un ser tan amado como su madre. Para todos tiene las palabras justas que necesitaban. A cada uno de ellos el Señor le habla conforme a su necesidad tal como se profetizó 400 años antes: «El Señor me dio lengua de sabios para saber hablar palabras...» (Is. 50:4).

Nunca nadie ha tenido una demostración tan grande de amor en la hora de la muerte, un corazón pastoral tan genuino. Pero el Buen Pastor (Jn. 10:7-21), el Príncipe de los Pastores (1 P. 5:4murió pastoreando. Las palabras de Jesús en la cruz contienen como un tesoro comprimido la esencia del carácter divino y del Evangelio: su profundo amor hacia todos sin excepción, su sensibilidad exquisita hacia los que sufren, su sabiduría para hablar a cada uno según su necesidad. En las tres primeras frases -«palabras»- Jesús muestra una preocupación intensa por los que estaban cerca de él, todos aquellos que en aquella hora de angustia y dolor supremo eran su prójimo. A cada uno de ellos le da la palabra que más necesitaba:

Palabras de perdón a sus enemigos


«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34).

Jesús muere perdonando. Todo el acto salvífico en la cruz simbolizaba el perdón divino (Jn. 3:14-15). Pero era conveniente hacer explícito este perdón con palabras claras, audibles, contundentes, con una fuerza emocional arrolladora y una autoridad espiritual definitiva. Al exclamar «Padre, perdónalos...», Jesús verbaliza el sentido de su venida a este mundo. De hecho el nombre Jesús significa precisamente «él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21). La petición de perdón no se refería solamente a los que de forma directa le estaban humillando -los soldados y autoridades religiosas-, sino a todo ser humano (como nos describe con detalle el impresionante cántico de Isaías 53).

En la cruz, Jesús nos enseña que el perdón puede ser unilateral, no requiere dos partes a diferencia de la reconciliación. Yo puedo -y debo- perdonar aunque mi ofensor no me haya pedido perdón. Esteban, bajo la furia de las piedras que lo estaban matando, fue el primero en imitar de forma modélica a su Maestro y Señor (Hch. 7:60). Nosotros somos llamados a hacer lo mismo.

Palabras de salvación a unos malhechores


«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc. 23:43).

Jesús murió acompañado de dos desconocidos. Probablemente nunca antes estos dos malhechores habían cruzado palabras con el Señor. La historia es conocida: a las puertas de la muerte, uno de ellos tiene temor de Dios y le ruega a Jesús: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lc. 23:42). La respuesta es tan inmediata como clara. Jesús le da aquello que más necesitaba en aquel momento: esperanza, la esperanza que nace de la salvación en Cristo y que sería para él «un fortísimo consuelo» (Heb. 6:18) en las interminables horas de martirio que iban a seguir.
Por cierto, la actitud de Jesús, llena de misericordia, nos recuerda que es posible ser salvo in extremis si de veras se invoca al Señor de todo corazón, desde lo profundo del alma y con humildad, tal como hizo el ladrón en la cruz.

Palabras de protección a su madre


«Cuando Jesús vio a su madre... dijo al discípulo (Juan): He aquí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn. 19:26-27).

Es bien significativo que las últimas palabras de preocupación y cuidado por un ser humano que Jesús pronuncia en esta tierra sean para su madre. Es la rúbrica final a una vida pensando siempre en los demás y en cómo servirles. Jesús no podía olvidar a su madre en esta hora de dolor lacerante para ella; el corazón de María estaba destrozado por la agonía de su hijo, desolada por un final tan trágico. Además, María casi con toda seguridad era viuda ahora, por lo que quedaba en una situación de desamparo. Pero el Señor, el pastor por excelencia, no podía descuidar su deber de «honrar a padre y madre» (Mt. 19:19).

¡Cuán divino y cuán humano al mismo tiempo! La espiritualidad expresada en una profunda preocupación por lo humano. Este último acto amoroso de Jesús nos recuerda que la verdadera espiritualidad nos hace siempre más humanos. La primera evidencia de que amamos a Dios (nos recuerda el mismo Juan en su primera epístola) es amar al hermano que tenemos al lado Y el pastor debe empezar su pastoreo en su propia casa. Por ello Jesús encomienda el cuidado de su madre a su amigo y discípulo amado, el sensible y tierno Juan, aquel que «estaba recostado al lado de Jesús» (Jn. 13:23). Juan cumplió de forma inmediata la petición y «desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn. 19:27).

Las necesidades propias, al final. «Después de esto, Jesús dijo...»:


«Tengo sed» (Jn. 19:28)

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt. 27:46)

¡Cuán significativa la expresión con que Juan prosigue el relato: «Después de esto….» (Jn. 19:28). Hasta aquí hemos visto cómo aún en la hora misma de la agonía, Jesús se dio y sirvió, pensó antes en los demás que en sí mismo, buscó colmar las necesidades de su prójimo, tanto espirituales (la salvación y el perdón) como humanas y terrenales (la protección de su madre viuda). Sólo «después de esto», es decir, tras esta genuina manifestación de su corazón pastoral Jesús expresa sus propias necesidades:
  • físicas: «tengo sed».
  • emocionales y espirituales: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». La soledad y el sentimiento de lejanía del Padre marcan el máximo dolor de Jesús. No hay mayor infierno que la separación de Dios. Jesús sabía que este momento era inevitable (profetizado ya en el Salmo 22) porque el Padre no podía tener contacto con el pecado que el Hijo estaba llevando en aquel acto vicario.
  • El más grande sermón que se haya predicado nunca termina con una frase llena de serenidad, de confianza y de esperanza:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc. 23:46)

Todo hijo de Dios puede tener esta misma actitud en la hora de la muerte, la certeza de que nuestro espíritu pasa a las manos del Padre amante que nos recibirá con gozo en su gloria. Ello es posible porque Jesucristo en la cruz pudo concluir su sermón con la séptima y última palabra, la que lo sellaba todo: «Consumado es» (Jn. 19:30).

Los que amamos a este precioso Jesús, modelo supremo de corazón pastoral, nos unimos al gran coro de los redimidos en el cielo y exclamamos: «¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina» (Ap. 19:6). Este es el verdadero gozo de la Semana Santa.

Pablo Martínez Vila

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viernes, 9 de marzo de 2018

Luces y sombras de la ancianidad.

Psicología y Pastoral


Luces y sombras de la ancianidad


La belleza de los ancianos es su vejez (Pr. 20:29)

Para los jóvenes el tema puede parecer de escaso o nulo interés. ¡Ven ellos tan lejos el día de su jubilación! Tienen ellos la impresión de que aún les queda un siglo por delante. Sin embargo, a menos que una muerte prematura lo impida, la vejez llegará. Y cuando llegue parecerá que los años transcurridos entre la juventud y la senectud han sido pocos y raudos.
Por ser la etapa final de la vida y por sus achaques, la vejez es mirada con poca simpatía. Se contempla a través del prisma de Eclesiastés 12 y se ve un cuadro de insatisfacción (Ec. 12:1), de debilitamiento progresivo (Ec. 12:2-4), de riesgos aumentados (Ec. 12:5), todo ello anunciador de la inevitable quiebra final (Ec. 12:6-7). Hay mucho de realismo en esa descripción. Y podrían añadirse otros aspectos no menos deprimentes: sufrimiento causado por alguna enfermedad crónica, penuria económica, soledad, indiferencia de familiares y amigos en muchos casos, discapacidad mental en mayor o menor grado, ser objeto de olvido e ingratitud, falta de ideales y de actividad, desasosiego producido por la sombra de la muerte, cada vez más prolongada en el ocaso de la vida. En resumen: tristeza, depresión, desesperanza.
A pesar de todo, a menos que la discapacidad sea muy acusada, la ancianidad, comparable a una moneda, tiene un anverso y un reverso. Puede ser luminosa o sombría. Lo uno y lo otro viene determinado en gran medida por nuestro carácter y por nuestras creencias, por el concepto que tengamos de la vida y su significado; sobre todo, por lo que haya sido y sea nuestra relación con Dios. De todo ello depende que la vejez sea bella o que se tiña de tonos sombríos, que destile gozo o rezume amargura.

Los valores de la edad avanzada


Por lo general, el anciano, en condiciones mas o menos normales posee características de inestimable valía:

Experiencia enriquecedora


Los años de la juventud y la edad madura han abundado en aciertos, pero también en errores; en éxitos y en fracasos, en esperanzas realizadas y en frustraciones, en relaciones humanas enriquecedoras y en amargos desengaños, en alegrías intensas y en punzantes sufrimientos. Todo ello es pródigo en lecciones saludables. Todo se convierte en fuente de sabiduría. Con razón se dice que el diablo es más sabio por viejo que por diablo. El anciano posee la sabiduría de la vida en toda su complejidad. Curiosamente en el Antiguo Testamento se usa el término ben (hijo de) referido a la edad avanzada. El texto de Gn. 5:32, traducido literalmente, diría: «Y era Noé hijo de quinientos años». En efecto, el anciano es «hijo» de los años que ha vivido, en gran medida producto de sus experiencias. Por tal razón, sus opiniones y sus consejos suelen ser sumamente valiosos. Por ello antiguamente los ancianos eran los jueces y las autoridades indiscutidas de muchos pueblos. Todavía hoy la sociedad puede beneficiarse de la experiencia de los viejos si se tiene la cordura de tomar en consideración sus opiniones. Si el rey Roboam hubiese atendido al consejo dado por los ancianos de Israel que ya habían sido consejeros de Salomón, su padre, habría evitado la ruptura de su reino (1 R. 12:1-16).

Carácter maduro y sosegado


Los años han ido templando su temperamento. En contraste con las reacciones propias de la juventud, vehementes, por lo general poco reflexivas, poco tolerantes, más bien imperativas, los rasgos caracterológicos se han ido suavizando. El anciano se torna más juicioso. Se entusiasma poco con los dogmatismos. Raramente adopta posturas extremas que conduzcan a enfrentamientos dialécticos. Más comprensivo, prefiere la tolerancia, la síntesis armonizadora. Esta característica hace especialmente estimables las aportaciones que el anciano puede hacer en la discusión de una cuestión delicada.

Posibilidades magníficas de nueva actividad


Para muchas personas la jubilación es una experiencia de crisis. El cese en el ejercicio de su profesión las sumerge en una situación de ocio permanente que, lejos de alegrarles, las aburre y deprime. Han perdido el sentido de su vida y sólo les queda un profundo vacío existencial. Carente de ideales e ilusiones, su vivir se reduce a un simple vegetar rutinario. Van poniendo años en su vida, pero no vida en los años. Situación triste, en la que lo único que se espera con desolación es el fin de los días.

Pero el anciano no necesariamente está condenado a ese modo de vivir la etapa final de su existencia. Después de su jubilación, aún puede hallar formas de actividad que mantengan -e incluso incrementen- su capacidad productiva en trabajos adecuados a sus posibilidades. No son pocos los hombres y mujeres que, jubilados, dedican buena parte de su tiempo al cultivo de alguna de las artes, a participar en actividades culturales (sabemos de personas que incluso cursan estudios universitarios), artísticas o de promoción social. Actualmente un buen número de iglesias se ven beneficiadas con la colaboración de jubilados que de diversos modos coadyuvan eficazmente a la realización de importantes funciones. En ellos se cumple lo dicho por el salmista: «Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes» (Sal. 92:14). Y en el fruto de su ancianidad encuentran satisfacción y renovado sentido para su vida. Con razón pensaba el eminente médico español Ramón y Cajal que «la edad no es más que una apariencia cronológica, y que lo que importa es el sentimiento y el amor hacia lo que nos rodea». Cicerón, en su obra De senectude (sobre la vejez), señala que al escribirla no sólo «se le han quitado todas las molestias de la vejez, sino que se le ha vuelto dulce y agradable». Así es normalmente en muchos otros casos.

Influencia bienhechora


Las cualidades positivas de la persona anciana son una bendición para generaciones aún jóvenes. Su integridad esencial, mantenida a lo largo de los años, es un ejemplo estimulante. Vivir es navegar en un mar peligroso en el que abundan los escollos, los vientos contrarios y las corrientes desviadoras. Es muy fácil naufragar. Por ello, la perseverancia en una vida ejemplar hasta la llegada al puerto de destino es un bien inestimable para quienes la contemplan. ¡Dichosos aquellos que en la vejez así fructifican!

Los peligros de la vejez


No todas las experiencias de envejecimiento son radiantes. Algunas muestran rasgos de escasa belleza. A veces la luz se debilita. La vida aparece nublada por el recuerdo de amarguras, desengaños, dudas de todo tipo. Nada más propicio para actitudes y reacciones poco dignificantes. Veamos algunas de ellas:

El escepticismo


Fácilmente determinadas vivencias oscurecen el alma. Y la encallecen. Heridas no cicatrizadas, desgracias, decepciones profundas, dudas no desvanecidas generadoras de incertidumbres, convicciones erosionadas... Si en años anteriores la fe se ha mantenido con firmeza, en la vejez puede mostrar muescas producidas por los golpes del maligno. La consecuencia es frecuentemente una actitud de apatía frente a todo, con el consiguiente empobrecimiento espiritual.

Permisividad desmedida


La tolerancia es una virtud. La permisividad excesiva es un defecto que puede tener efectos graves. Cuando ya era viejo, demasiado tarde, el sacerdote Elí aprendió la lección. Incapaz de reprender seriamente, con toda autoridad, a sus hijos, les amonestó con tal suavidad que sus palabras no tuvieron ningún efecto. La vida escandalosa de sus vástagos sembró un pésimo ejemplo en Israel y acarreó el juicio de Dios. La vida del anciano y de sus hijos acabó en tragedia (1 S. 2:12-171 S. 2:27-361 S. 4:14-18).

Exceso de amor propio


No es raro ver ancianos tan celosos de su capacidad y reputación que se sienten hondamente heridos cuando ven que otros más jóvenes ocupan un lugar que, a su modo de ver, les correspondería a ellos. No hay nada más peligroso que el sentimiento de orgullo herido. Fácilmente genera envidia e inquina. Es patética la historia del anciano profeta de Betel narrada en el libro primero de los Reyes (1 R. 13:11-30). Léase el texto bíblico, pues cualquier comentario lo empobrecería. La actuación del anciano no pudo ser más reprobable. La horrible mancha que cayó sobre su ministerio no podría ser borrada, a pesar de su lúgubre lamentación y de lo encargado a sus hijos para el día en que muriera (1 R. 13:26-32). Quedaría en el relato bíblico a modo de luz roja para prevenir contra una de las posibles debilidades de la senectud.

Abandono de los principios básicos


El ejemplo más estridente lo hallamos en Salomón, el rey no siempre sabio. «Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos...» (1 R. 11:4). Ya había sido un mal que se casara con mujeres paganas. Pero el mal se agravó cuando, nublada su visión espiritual y debilitado con los años su carácter, cedió a las presiones de ellas y abrió la puerta a los cultos más abominables. Es triste que una vida ejemplar durante muchos años se tiña en su ocaso de error y pecado al perder de vista la voluntad de Dios.

Temor


A medida que avanza en años, el anciano suele pensar en los problemas que de modo natural se le plantearán: agotamiento de las fuerzas que ya han empezado a disminuir, posible falta de asistencia en una situación de soledad, deterioro grave de las facultades mentales... El creyente puede temer que en su ancianidad llegue a caer en los defectos y torpezas antes expuestos. ¿Pueden superarse esos miedos? El salmista, al parecer, compartió esa inquietud y clamó: «Señor, no me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabe, no me desampares» (Sal. 71:9). La respuesta a esa súplica, dada por Dios a través de Isaías, no puede ser más tranquilizadora: «Hasta vuestra vejez yo seré el mismo, y hasta vuestras canas os sostendré. Yo, el que hice, yo os llevaré, os sostendré y os guardaré.» (Is. 46:4).

Conclusión


Que nuestra ancianidad irradie luz o que se vea envuelta en sombras depende en último término de nuestra relación con Dios, de la autenticidad de nuestra fe. Sin embargo, damos gracias a Dios porque El puede seguir usando a los ancianos no sólo a pesar de su vejez, sino a través de ella. Esto es así porque el poder del Señor se hace perfecto en nuestras debilidades. Por la fe viva en él, el anciano experimenta que el hombre interior se renueva de día en día, aguardando que El cumpla su propósito para cada día de su vida.

José M. Martínez

Usado con permiso de su autor.

Copyright © 2003 - José M. Martínez

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jueves, 8 de marzo de 2018

Como superar problemas en la práctica de la oración.


«Mi problema es empezar a orar»


«No tengo nunca ganas de orar, no me apetece». «Yo quisiera orar, pero no puedo». «Siento una pereza intensa, es un sentimiento de reticencia, casi como de rebeldía. Cuando pienso que he de orar se me hace una montaña y lo voy posponiendo. Encuentro tiempo para todo, para leer el periódico, para ver la televisión, para trabajar, incluso para leer la Biblia o para hacer estudios bíblicos, pero orar se me hace cuesta arriba».

En un sentido amplio este problema es común a todo creyente. Hay un componente de lucha por la tensión entre nuestra naturaleza espiritual y el viejo hombre. La oración es uno de los principales campos de batalla en el que se desarrolla la lucha de Romanos 7:19: «El bien que quiero no lo alcanzo, y el mal que no quiero, esto hago». El diablo sabe que la oración es una de las estrategias clave del creyente, su hálito vital. No deben sorprendernos sus esfuerzos ímprobos por boicotear esta actividad. C.S. Lewis, en su libro Cartas a un diablo novato, ha descrito magistralmente este interés del maligno por desbaratar la vida de oración del cristiano: «Lo mejor, siempre que sea posible, es alejar por completo al paciente (el creyente) de toda intención seria de orar... persuadirle a una oración enteramente espontánea, interior, informal y sin regularidad»(1). Ello explica que muchos de nosotros sintamos, con frecuencia, como una fuerza misteriosa que nos arrastra a no orar. Recordemos las realidades de Efesios 6:12: nuestra lucha tiene que ver con poderes invisibles. Hay, por tanto, en último término, una razón espiritual detrás de la dificultad para empezar a orar: el pecado, nuestra naturaleza caída. La liberación definitiva y total de estas ataduras sólo ocurrirá cuando, disfrutando de un cuerpo transfigurado, no quede ningún vestigio del estado pasado, el pecado.

Hay también causas psicológicas que nos ayudan a entender este problema.

Ciertos tipos de temperamento, por ejemplo los extravertidos, tienen una dificultad especial para ponerse a orar porque para ellos la oración supone un cambio total de atmósfera. Han de conseguir un ambiente que no les es natural: el recogimiento interior, una relación íntima, el expresar sentimientos. Todo ello hace que estas personas necesiten estímulos externos adecuados para la oración formal.

Asimismo la personalidad influye a la hora de ponerse a orar. Vemos esta dificultad más acentuada en dos situaciones:
  • Personalidades perfeccionistas. El perfeccionista tiene una tendencia natural a posponer las cosas. Quiere hacerlo todo tan bien que le cuesta empezar. Sólo cuando ya no hay más remedio encuentra la tensión psíquica necesaria para iniciar su tarea. Espiritualmente su nivel de auto exigencia es tan alto que, para él, nunca es el momento adecuado para orar. Así lo va retrasando hasta conseguir el marco idóneo para una oración excelente, lo cual obviamente casi nunca llega. Sin embargo, cuando logra estos momentos especiales puede orar largamente e incluso le cuesta terminar!
  • Personalidades depresivas. Estas personas tienen notables dificultades con cualquier comienzo. Al depresivo le cuesta empezarlo todo. Desde que se despierta hasta que se acuesta, su vida es un batallar continuo contra los inicios. Son como los coches de motor frío; su problema es arrancar.
A veces la dificultad para iniciar la oración tiene raíces muy profundas. Además de la tendencia a posponer ya descrita, el creyente siente algo más intenso, casi como una rebeldía inexplicable. Es una resistencia para la que no encuentra causa lógica. La persona, por lo demás viva espiritualmente, quiere orar, tiene el deseo. La palabra «profunda» nos ayuda a entender este fenómeno que está arraigado en su biografía. Se trata de una reacción contra el deber, contra cualquier tarea que él sienta como una obligación. Un repaso cuidadoso de su infancia suele mostrar una educación rígida, severa, con obligaciones constantes y niveles de expectativa muy altos por parte de los padres. Luego, en la edad adulta, se produce el efecto contrario. Necesita sentirse libre, sin obligaciones, el extremo opuesto de lo que había vivido de niño. Es lo que Paul Tournier llama «la venganza de la naturaleza». Hay una verdadera alergia a cualquier tipo de obligación. Sólo pensar que «he de..., tengo que hacer algo», ya le produce una reacción negativa. Una forma de aliviar este problema es ayudarle a descubrir la oración como un placer y no tanto como un deber.

En ocasiones la situación se complica todavía más cuando ha habido problemas psicológicos en la relación con el padre. La rebeldía, consciente o inconsciente, contra el padre puede dificultar seriamente la fe en general y la vida de oración en particular. Esto es así porque no podemos desligar del todo los conceptos de Padre celestial y padre terrenal. En la medida en que estos creyentes maduran en su conocimiento de Dios, tales problemas se van aliviando, pero al principio de su vida cristiana pueden encontrar muchos paralelos entre la figura de su padre y la de Dios. Si la rebeldía o la frustración caracterizaron la relación con nuestros padres, será fácil desplazar parte de estos sentimientos hacia Dios. De ahí la necesidad de conocer bien el carácter de Dios mediante el estudio de la Biblia porque nos da una base objetiva y nos evita hacernos un concepto de Dios a nuestra imagen y semejanza. En especial, recomendamos el estudio de la figura de Jesús, quien es la «imagen del Dios invisible», como la mejor manera de evitar proyecciones psicológicas, es decir de mezclar nuestros sentimientos y reacciones hacia nuestros padres y hacia Dios.

Será necesario, por tanto, aclarar conceptos en colaboración con un consejero competente. El resentimiento contra los padres puede bloquear nuestra relación con Dios; por ello debemos eliminar todo vestigio de rencor u odio. Es aquí donde el Evangelio tiene un extraordinario valor terapéutico porque es un mensaje de perdón. Y el perdón es el bálsamo que puede cicatrizar las heridas más profundas. No puedes ser cristiano y seguir odiando a tus padres. Si has sido perdonado por Cristo, debes perdonar tú también, tal como nos enseña la oración modelo, el Padrenuestro. El perdón, la paz y la reconciliación no son sólo lecciones teóricas de la doctrina cristiana, sino ingredientes imprescindibles en nuestra conducta como discípulos.

Incidentalmente podemos decir que ahí radica una explicación, por lo menos en parte, de algunos casos de ateísmo. Cuanto más visceral y furibundo sea el ateísmo, tantas más posibilidades de que tenga raíces psicológicas, entroncadas en la biografía de la persona. Desde luego, estos condicionantes emocionales no le eximen de responsabilidad en su rechazo de Dios, pero a nosotros nos ayudan a entender su problemática y, por consiguiente, a encontrar puertas de entrada para una evangelización eficaz y personal.

¿Qué recomendaciones prácticas podemos dar para empezar a orar?

En primer lugar, nunca esperes a tener ganas o a encontrar el momento perfecto. De lo contrario, te pasarás semanas o meses sin una sola palabra de oración. La calidad de la oración no depende tanto de nosotros como de los méritos de Cristo. Con esta idea en mente, al planear tu tiempo de oración no te pongas metas altas: empieza por lo poco y lo sencillo. Es mejor orar cinco minutos cada día que una hora cada tres meses. Cuanto más altas sean las metas que te pongas, tantas más posibilidades de fracasar. Para el Señor es más importante «ser fiel en lo poco» (Mt. 25:21) que teorizar sobre grandes proyectos.

En segundo lugar, busca estímulos adecuados que te faciliten el comienzo de la oración. Veamos algunos ejemplos: a la persona depresiva le va a ser muy útil orar acompañado. La soledad es un enemigo de su carácter: «si alguien está conmigo no me cuesta; en la iglesia, en campamentos, puedo orar con mucha más facilidad». Desde luego, ello no siempre será posible, pero con frecuencia la compañía de un hermano puede ser de gran ayuda para ponerse a orar.

En otras ocasiones el escuchar música cristiana (himnos, coros, canciones, etc.) va a ser un gran estímulo. Muchos creyentes encuentran en la música un motivo de inspiración notable para su vida devocional. De hecho, el cantar es ya una forma de oración. No olvidemos que este era precisamente el propósito original de muchos salmos: oraciones para ser cantadas por el pueblo judío.

A veces podemos recurrir a las oraciones de otras personas, oraciones escritas por grandes siervos de Dios. El diario devocional de hombres como Lutero, Wesley, Bunyan, Tozer, y otros contiene oraciones que podemos hacer nuestras y de las que obtenemos la inspiración necesaria para entrar en la presencia de Dios. Obviamente, no debemos olvidar la más importante de las ayudas: la meditación en la Palabra de Dios.

Otra sugerencia: intenta escribir tus oraciones. Un ejercicio práctico que recomiendo porque a mí mismo me ha hecho mucho bien es el siguiente: anota dos cosas buenas que te hayan ocurrido durante el día; puede ser una conversación, una noticia, un encuentro con alguien, alguna experiencia agradable, cualquier aspecto que tú hayas vivido como una bendición y que te ha hecho bien. Luego, haz lo mismo con dos motivos de preocupación o ansiedad: un problema, una carga, un disgusto etc. Ahora estás en condiciones de ponerte a orar brevemente. Primero, dale gracias a Dios y gózate por las dos bendiciones del día. Después, preséntale tus preocupaciones, descargando sobre él la ansiedad que te causan: «echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 P. 5:7). Este ejercicio puede durar desde cinco minutos hasta todo el tiempo que tú quieras, es muy flexible. Lo importante es tener una base sobre la cual dirigirse a Dios porque ello te estimula a iniciar la oración. Si lo haces con regularidad, descubrirás que en un año has alabado al Señor por cientos de bendiciones y habrás desarrollado el hábito vital de descansar en el Todopoderoso en multitud de problemas.

Lutero se preguntaba: «¿Qué es la fe sino pura oración?»(2). De ahí la importancia de cultivar este hálito vital del creyente. Ponerse a orar es el paso más difícil de todos. La batalla aquí librada será decisiva para muchas victorias o derrotas posteriores.

Pablo Martinez Vila


Notas

(1) C.S. Lewis, Cartas a un diablo novato, Casa Unida de Publicaciones, 1953, p.25. volver
(2) Citado por José M. Martínez, Abba Padre, Editorial CLIE / Publicaciones Andamio, 1990, p.15 volver
Texto adaptado por el propio autor de su libro Psicología de la oración

Usado con permiso de Pablo Martínez Vila

Copyright © 2013 - Pablo Martínez Vila

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miércoles, 7 de marzo de 2018

Nuestro pasado, ¿enemigo o aliado?


Nuestro pasado, ¿enemigo o aliado?

El presente artículo es una adaptación del capítulo dos del libro Psicología de la Oración realizada por el propio autor.

Una de las claves para una vida cristiana madura radica en tener actitudes correctas hacia nuestro pasado. Muchos creyentes no progresan adecuadamente en su fe porque están en lucha con su vida pasada. Aún sin darse cuenta, viven frenados o incluso paralizados porque no logran olvidar «lo que queda atrás» (expresión del apóstol Pablo en Fil. 3:13). Ello es así porque, junto con el temperamento, la historia personal de cada uno influye en la vivencia espiritual y en la oración en particular. Nuestra biografía, tanto lo que recordamos como lo que ya olvidamos –el subconsciente-, actuará como fuerza poderosa en nuestra relación con Dios y con los hermanos. Por supuesto que no nos influye hasta anular nuestra responsabilidad, pero tampoco podemos caer en la ilusión triunfalista de pensar que no nos afecta en absoluto. Si el temperamento es la parte más genética de la personalidad, la «materia prima» con la que venimos a este mundo, la biografía es el depósito donde se almacenan los recuerdos; es el resultado de lo que hemos hecho y de lo que nos han hecho, sea agradable o doloroso. Por ilustrarlo gráficamente, es la «maleta» con la que todos viajamos por esta vida y que se va llenando de vivencias y experiencias.

Hemos de empezar aclarando un aspecto que es motivo de frustración en algunos creyentes, especialmente los jóvenes en la fe. Piensan que con la conversión se puede partir de cero, cambiar por completo de «maleta». Desearían que el Espíritu Santo hiciera tabla rasa de su biografía y borrara de golpe todo lo que pertenece al pasado y al inconsciente. Esta forma de pensar refleja un deseo profundo, urgente, de cambio; la persona anhela ser totalmente otra, busca huir de su pasado. Sufrieron tanto en su familia, en su infancia, que lo único que desean es olvidar. Algunos lo intentan cambiando de área geográfica, incluso de país. Cuando esta movilidad geográfica es muy frecuente se conoce en psicología como el «síndrome de Marco Polo». Otros intentan cambiarse el nombre, o van de trabajo en trabajo buscando el empleo ideal. Todo ello refleja el deseo intenso de empezar de nuevo. Llegan a querer tanto este cambio total que atribuyen al Espíritu Santo un papel que no le corresponde. Su error consiste en confundir el propósito de la obra de Dios en nosotros: la meta del Espíritu Santo no es destruir un pasado, sino construir un futuro. El creyente es llamado a parecerse cada día más a Cristo, no a borrar las huellas que la genética o el pasado hayan dejado en su vida. ¡La tarea del Consolador va mucho más allá de la terapia de un excelente psiquiatra!

Sin duda las palabras del apóstol Pablo son ciertas: «Si alguno está en Cristo nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Pero este versículo no podemos interpretarlo a nuestro antojo. ¿Significa que Dios nos cambiará el color de los ojos o la talla al convertirnos? Esta pretensión, obviamente impensable, no la sostiene ningún creyente. Y lo mismo podemos decir del temperamento o de los recuerdos. Cristo nos da una vida nueva en el sentido de que pone en nosotros una nueva naturaleza, somos engendrados «del Espíritu» (Jn. 3:6). A su vez esto conlleva cambios radicales: actitudes diferentes, una perspectiva distinta ante la vida, una dignidad nueva, un sólido sentido de la identidad personal, la esperanza de un futuro diferente y así podríamos seguir la lista de «cosas nuevas». Ciertamente Dios nos da nuevos recursos y nuevas «salidas» (1 Co. 10:13) para sobrellevar los aspectos de nuestra «maleta» que más nos pesan. La fe es un poderoso instrumento de cambio de actitudes; pero ello no significa la eliminación de nuestro pasado y de nuestros «pesos» aquí en la tierra.

Sin duda llegará el día cuando todos nuestras limitaciones y aguijones van a desaparecer, pero esto no ocurrirá hasta que estemos en el cielo nuevo y la tierra nueva, donde «las primeras cosas pasaron» (Ap. 21:4). Mientras tanto nos toca vivir en una situación de tensión. La fe es una tensión constante entre dos estados: ya no somos como antes, pero tampoco somos todavía lo que Dios y nosotros mismos queremos ser. Esta tensión entre el tiempo pasado y el tiempo futuro nos acompañará durante toda la vida cristiana. Nuestra meta aquí como discípulos de Cristo no es «estar cada vez mejor», vivir sin tensión o sin problemas. Esta sería la meta de un budista. Nosotros somos llamados a crecer más y más cada día, a la espera de aquel futuro glorioso cuando «el primer cielo y la primera tierra habrán pasado» (Ap. 21:1) y ya no existirá ningún tipo de dolor. Mientras tanto, tenemos la seguridad de que Dios nos utiliza no sólo a pesar de nuestro pasado sino a través de él. Esto lo podemos comprobar en la vida de los patriarcas y de muchos héroes de la fe.

En esta línea, la vida de José en el libro del Génesis es un ejemplo extraordinario de cómo llegar a aceptar un pasado difícil. Su biografía era una «maleta» muy pesada: nacido en una familia conflictiva ( la poligamia era campo abonado para celos y tensiones familiares), huérfano de madre a los siete años aproximadamente, su padre le malcrió con una educación tan nefasta que despertó la envidia y el odio de sus hermanos. Tiene que afrontar el drama de la separación familiar a los 17 años, en plena adolescencia, perdiendo así el único vínculo de afecto que le quedaba con su padre. Completamente solo, en una tierra extraña, Egipto, sufre la calumnia que le lleva a la cárcel durante 13 años. Esquiva la muerte de forma milagrosa, primero al ser vendido a los mercaderes; luego, en el incidente con la mujer de Potifar. Una infancia y una juventud trágicas, un autentico drama familiar y la injusticia fueron los pesado fardos de la primera etapa de su vida. Sin embargo, al repasar y evaluar todos estos acontecimientos pasados, él tenía una formidable e intensa convicción de la presencia y la dirección de Dios en su vida. Dios estaba no sólo dirigiendo sus pasos, sino también usando todas las circunstancias, buenas y malas, para cumplir sus propósitos en la vida de José. Las palabras que dirige a sus hermanos en Gn. 50:20 son un resumen memorable de esta confianza: «Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó para bien». Y en Gn. 45:5-8 deja muy claro quién es el que dirigió su vida por encima de los actos malvados de sus hermanos: «...porque no me enviasteis vosotros aquí, sino Dios...». Es difícil leer estos pasajes sin emocionarse. Nos estremece descubrir el inquebrantable sentido que José tenía de la providencia de Dios: él permite, él dirige, él libera (ver Hch. 7:7-9). ¿Te sientes identificado con José en alguno de sus problemas? Recuerda qué grande era su Dios. Ello transformará tu oscuridad en confianza y aliviará la carga de una «maleta» pesada e injusta.
Si creemos de verdad en un Dios providente, Señor de nuestras vidas, el peso del pasado adquiere una dimensión diferente. Si Dios está con nosotros, ¿qué o quién contra nosotros? Esta es la revolución existencial y emocional del Evangelio que experimentó el apóstol Pablo. Si alguien tenía motivos para lamentar sus errores del pasado, era él: persiguió cruelmente a los creyentes y «asolaba la iglesia, y entrando casa por casa ...los entregaba en la cárcel» (Hch. 8:3). Sin embargo, un tiempo después afirmó con énfasis: «una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, me extiendo a lo que está delante» (Fil. 3:13). Sin duda, había experimentado que «a los que aman a Dios, todas las cosas ayudan a bien», o como traduce una versión inglesa (New International Version), «en todas las cosas Dios obra para el bien de los que le aman». Por tanto, en vez de luchar contra nuestro pasado, confiemos en que Dios lo va a usar para bien.

Existe la tendencia en algunos círculos- tanto cristianos como seculares- a invertir demasiado tiempo en «limpiar» el pasado. Por supuesto, la comprensión del pasado puede ser conveniente e incluso algunas veces se nos exhorta en las Escrituras a «recordar» porque ello nos ayuda a entender mejor el presente. Pero el pasado no puede paralizarnos. Como profesional de la psiquiatría he de confesar que me preocupa la cantidad de energía emocional y espiritual que algunos creyentes invierten en la curación de los recuerdos. Con mucha frecuencia este ejercicio es inútil porque no da resultados terapéuticos, y ocasionalmente puede ser claramente perjudicial.

Cuando estamos en Cristo ya no deberíamos ver el pasado como un enemigo, sino como un aliado, es decir un instrumento con el que trabajamos conjuntamente para un propósito. Lo característico de un aliado es que no necesito tener sentimientos positivos para trabajar con él. No se me pide que sea mi amigo, sino un colaborador. De igual manera, Dios no pide de nosotros que nos guste nuestro pasado doloroso, que llegue a ser un amigo, pero sí nos anima a aceptarlo como un aliado que él utiliza para cumplir ciertos propósitos de nuestra vida. Dejemos, por tanto, de luchar contra nuestro pasado porque en Cristo ya no constituye un enemigo a vencer, sino un aliado útil. Mi pasado ya fue limpiado cuando Cristo perdonó mis pecados con su sangre. Las palabras del Señor en Is. 43:18-19 son un bálsamo sanador para todos los que arrastran cicatrices de biografías difíciles: «No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí yo hago cosa nueva... Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad».

Pablo Martínez Vila



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lunes, 5 de marzo de 2018

Bases para una familia sana (III)

Familia y Relaciones Personales



Bases para una familia sana (III)


Con este tercer y último artículo llegamos al final de una serie de reflexiones sobre la familia. Hemos considerado hasta ahora cómo una familia sana no es la que no tiene nunca problemas, sino la que sabe sobreponerse a las dificultades -capacidad de lucha- y sabe expresar amor, ya sea con las actitudes (fidelidad, confianza, entrega) o con las palabras. Analicemos seguidamente la tercera forma posible de expresar el amor en la vida familiar.

C) Las decisiones como expresión de amor

Las decisiones son el sello que rubrica nuestras actitudes y palabras. Por ello la toma de decisiones es un elemento imprescindible del amor familiar. Podríamos parafrasear al apóstol Pablo en su célebre cántico de 1 Co. 13 y decir: «Si muestro las mejores actitudes y no me faltan palabras de amor, pero no lo demuestro con mis actos y mis decisiones vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe». Las decisiones son la demostración del amor, en especial aquéllas que implican «estar al lado de», acompañar.
Observemos de nuevo la familia de Rut que ha sido nuestro punto de referencia en este estudio: «Orfa besó a su suegra, mas Rut se quedó con ella» (Rt. 1:14). Algunas versiones traducen por «se colgó de Noemí» o «se aferró a Noemí», bellas expresiones que ilustran con gran fuerza poética la intensidad del momento. Era la hora de la verdad. De muy poco habrían servido las memorables palabras del Rt. 1:16 -anteriormente comentadas- si Rut hubiese tomado el mismo camino que Orfa. ésta se limitó a expresar sentimientos: «lloró», pero ahí terminó su demostración de amor. Rut, en cambio, tomó la decisión de permanecer al lado de su suegra hasta la muerte. Era el sello que rubricaba sus palabras de amor.
Otro ejemplo lo vemos en Noemí cuando toma la iniciativa para que Rut pueda casarse. No se limita a darle un consejo vago, sino que ella misma da los pasos concretos para que su nuera y Booz puedan conocerse y le instruye en todos los detalles a fin de que la relación acabe en matrimonio (Rt. 3:1-4). Y ¿qué diremos de Booz? Primero hubo palabras de amor y de consuelo que Rut misma reconoce: «Señor mío, halle ahora yo gracia en tus ojos; porque me has consolado y has hablado al corazón de tu sierva...» (Rt. 2:13). Pero a las palabras le siguió la decisión: «Booz, pues, tomó a Rut y ella fue su mujer» (Rt. 4:13).

Hay ciertos momentos en la vida cuando no son suficientes las actitudes o las palabras. Les llamamos momentos decisivos precisamente porque requieren decidirse. En último término, el amor se demuestra a través de las decisiones tomadas a largo de los años. En la vida de familia estas decisiones vienen a formar un poso que se va sedimentando en el fondo del matrimonio. Este poso acumulado puede ser para bien -cuando las decisiones fortalecen el amor- o para tensión y conflicto cuando contradicen el amor.
Estas tres herramientas del amor -actitudes, palabras y decisiones- son el instrumento que puede transformar una casa en hogar. Hay millones de casas en el mundo, pero ¿cuántas son un hogar? El hogar se caracteriza por el calor -calor de hogar- que proviene de esta práctica del amor y es una de las mayores bendiciones que puede experimentar una persona en esta vida. Es la antesala del cielo. No es casualidad que David, en uno de sus salmos, afirme: «Dios hace habitar en familia a los desamparados» (Sal. 68:6). Una familia sana es el mejor regalo que Dios puede dar al «desamparado».

La crisis de la familia como fuente de violencia


La puesta en práctica del amor familiar a través de los medios hasta aquí expuestos no es una opción, es un deber. Y no lo es sólo para los creyentes. Lo que hay en juego es el futuro de nuestra sociedad. Son muchos los problemas sociales hoy en cuyo origen aparece la ruptura de la familia. La violencia es, quizás, el mejor ejemplo. En todas sus tristes variantes -violencia doméstica, delincuencia juvenil o incluso las guerras- encontramos un embrión de crisis familiar en su génesis.
Si estudiamos la vida familiar de dictadores sanguinarios como Stalin o el yugoslavo Milosevic, fallecido recientemente, quien llevó a su país a las más oscuras páginas de violencia en Europa desde la Segunda Guerra Mundial descubrimos las raíces de su agresividad. ¿Qué vivió este hombre en su vida familiar? ¿Qué ambiente respiró su sensibilidad infantil y juvenil? El padre se suicidó cuando él tenía 21 años; poco tiempo después se suicida su madre; para completar semejante atmósfera de violencia y trauma, le sucede luego el suicidio también de su tío. ¿Le sorprende a alguien que un ambiente familiar así contribuya poderosamente a forjar un carácter cínico y duro en extremo? ¿Conoce el lector algún gran déspota que se haya criado en un ambiente de ternura y amor familiar?
Queremos, sin embargo, detenernos en un fenómeno creciente: la violencia juvenil urbana en forma de gamberrismo gratuito, sin causa. La agresividad de muchos jóvenes hoy preocupa a políticos, sociólogos y jueces porque engendra una violencia injustificada. Como alguien ha comentado, el vandalismo actual de los jóvenes en las ciudades nos muestra la «violencia en estado puro», es simplemente el destruir por destruir. Se busca cualquier excusa -incluso en forma de supuesta fiesta- para dejar salir unos niveles de agresividad realmente alarmantes. ¿De dónde procede tanta frustración, tanta necesidad de romperlo todo? No podemos simplificar el tema, pero en no pocos casos encontramos a jóvenes a quienes no ha faltado nada desde el punto de vista material, lo han tenido todo. Pero han carecido de lo más importante: un hogar. Han vivido en casas ricas en cosas, pero muy pobres en calor de hogar. ¡Qué gran contraste entre su prosperidad material y su pobreza afectiva! España dejó atrás hace ya unos años el subdesarrollo económico, pero lo que le ha seguido es aún más duro: el subdesarrollo afectivo y moral de la vida familiar. El divorcio a la carta -«ha dejado de interesarme esta persona»-, el individualismo y los egoísmos, las ambiciones sin límite profesionales o económicas, el hacer cada uno su vida, lleva todo ello a una convivencia de familia prácticamente nula; no hay apenas comunicación ni diálogo, no hay tiempos compartidos, falta interés por el mundo y el bienestar del otro. Así, poco a poco, el hogar se convierte en pensión. Ahí radica buena parte de la frustración de muchos jóvenes que, a su vez, lleva a la agresividad. ¿Tardarán mucho los políticos en darse cuenta de que el problema de la violencia juvenil no es tanto un asunto de tener mejores escuelas, mejores equipamientos sociales, mejores psicólogos, sino ante todo mejores familias? La inversión en familias más sanas es la más rentable para un país. El único «problema» es que para tal inversión no basta con valores materiales. La familia se enriquece ante todo con valores morales y espirituales. Y esto no se compra con dinero, sale del corazón.
Llegados a este punto, quizás nos preguntemos con cierto aire compungido: «Y para estas cosas, ¿quién es capaz?» Nos invaden entonces la frustración, la impotencia o incluso los sentimientos de culpa. Ello nos lleva necesariamente a la tercera clave, para los creyentes la más trascendental porque viene a ser la clave de las claves.

3.- El arquitecto de la familia es Dios


Hablábamos en nuestro primer artículo de tres protagonistas en la historia de Rut: las circunstancias, la respuesta de la familia ante estas circunstancias y Dios. Sin Dios, la familia viene a ser como un edificio construido sobre la arena: le falta el cimiento. El salmista expresa esta idea con una metáfora semejante, la del arquitecto: «Si Dios no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican... Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar...» (Sal. 127:1-2).

Uno puede asistir a muchos cursos de terapia matrimonial o familiar, puede leer todos los libros a su alcance sobre estos temas, puede esforzarse tanto que llegue a «comer pan de dolores», como dice el salmista (Sal. 127:2). Todo ello es bueno en sí mismo y lo recomendamos. Pero no es suficiente para nosotros como cristianos. Falta algo, lo más importante: la fe y la confianza en Dios, el fundador y arquitecto de la familia. él tiene los «planos» del edificio porque fue él quien diseñó la familia. Nosotros somos simplemente los albañiles. Por ello necesitamos recurrir constantemente a él para construir con sabiduría. A ningún albañil se le ocurre edificar a su antojo y prescindir de la experta dirección del arquitecto. Tampoco nosotros podemos cometer semejante insensatez en el delicado proceso de edificar nuestro matrimonio y nuestra familia.

En otra palabras, la fe y el amor son como las dos alas de un pájaro, van juntas y no se pueden separar. El amor se sostiene con los ojos de la fe y la fe se muestra activa en el amor. Esta es la realidad que descubrimos también en el libro de Rut. Todos los miembros de aquella familia tenían fe en un Dios personal. La frase de Booz referida a Dios -«bajo cuyas alas has venido a refugiarte» (Rt. 2:12)- expresa un concepto casi maternal de Dios. Observemos cómo se refieren a Dios con la palabra «Yahwéh», aludiendo así al Dios del Pacto, fiel y cercano. Levantar los ojos al cielo en actitud de confianza y dependencia de Dios es lo que va a hacer que la familia funcione.

Podríamos mencionar muchas maneras de cómo Dios «edifica la casa»; pero nos limitaremos a dos de ellas que son muy evidentes en la familia de Noemí:

• Dios nos renueva las fuerzas. La vida familiar implica una brega diaria intensa, incluso una lucha contra muy diversos problemas: materiales, emocionales, espirituales. Tal brega desgasta y puede llevar al desánimo, al agotamiento o, a veces al deseo de «abandonar». Es en estos momentos cuando la mirada al cielo refresca y renueva las fuerzas. Los ojos de la fe nos acercan a Cristo, fuente de descanso de nuestros «trabajos y cargas», incluidas las cuitas familiares (Mt. 11:28).

• Dios transforma desiertos en oasis. Dios no se limita a darnos descanso y fuerzas renovadas. En su sabiduría él restaura, transforma, cambia los problemas y las circunstancias a fin de cumplir sus propósitos para nuestro bien. Ello es así porque él dirige nuestros pasos tanto en la vida personal como en la familiar: «Por Jehová son ordenados los pasos del hombre y él aprueba su camino... Joven fui y he envejecido, y no he visto justo desamparado ni su descendencia (familia) que mendigue pan» (Sal. 37:23Sal. 37:25). Sí, Dios cambia la desesperanza en esperanza porque siempre provee una salida, abre camino donde parece que no lo hay: «He aquí que yo hago cosa nueva, pronto saldrá a luz... Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la soledad» (Is. 43:19). Esta capacidad de Dios para convertir las tragedias en historias con sentido es la lección más formidable del libro de Rut; ésta fue la experiencia de aquellas dos mujeres que, en medio de muchas adversidades y sufrimiento fueron a «refugiarse bajo las alas de Yahwéh». En esta confianza radica la clave última para una familia sana.


Pablo Martínez Vila

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jueves, 1 de marzo de 2018

Recetas especiales con Olimar. -"Cupcake de Oreos"-


Ingredientes

5 cucharadas de cacao amargo en polvo
250 gr de harina leudante
12 cucharadas de galletas oreo molidas (trituradas en la licuadora o procesador)
240 gr de mantequilla o margarina
280 gr de azúcar blanca
4 huevos
140 ml de leche
2 cucharaditas de esencia de chocolate.

 Preparación

Paso 1 (Para el cake)
1. Precalienta el horno a 180º
2. Preparar bandeja de aluminio con los papelitos (capuchones).
3. Batir la mantequilla y el azúcar hasta que quede cremosa.
4. Después añadir los huevos uno a uno, seguir batiendo.
5. Aparte unimos todos los ingredientes en polvo, el cacao, la harina, y las galletas trituradas
6. Luego vamos incorporando los ingredientes secos con la leche y por ultimo antes de apagar la batidora colocamos la esencia.
7. Poner la mezcla en los moldes, te puedes ayudar con el instrumento de poner helados o con una cuchara de manera que cada capuchón tenga la misma cantidad, recuerda llenarlos un poco más de la mitad, no exageres en cantidad de mezcla.
8. Hornear de 20 a 25 minutos  (puedes clavar un palillo y si  sale sin restos de masa es que ya está listo).
9. Dejar enfriar 

 Paso 2 (Para decorar)

Ingredientes.

400 gr de azúcar glass
16 cucharadas de galletas trituradas
220 gr de mantequilla sin sal
6 cucharadas de leche en polvo
Esencia de chocolate
Galletas oreo para decorar.

Preparación

Batimos la mantequilla con la leche en polvo y el azúcar glass.
Batimos hasta que crezca la mezcla.
Agregamos la galleta triturada y la esencia.

Por ultimo colocamos en una manga de repostería, decoramos cada cupcake y ponemos de forma vertical una galleta oreo para decorar tal como lo hice en la foto, y listo a tus hijos les encantaran.

                            http://hechoencasabyoli.blogspot.com/2014/05/cupcake-de-oreos.html