Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Apologètica y Evangelización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Apologètica y Evangelización. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de abril de 2018

«La verdad ha muerto, ¡viva mi verdad!»

«La verdad ha muerto, ¡viva mi verdad!»

El subjetivismo y el asalto a la Verdad

Este artículo es una versión ampliada de la introducción a la Declaración del Congreso Mundial de Evangelización, Ciudad de Cabo 2010, realizada por el propio autor. La versión original, más reducida, se publicó en Protestante Digital.
Nuestro concepto de la verdad va a determinar gran parte de nuestra vida. Casi podríamos parafrasear el refrán español y decir: «dime cuál es tu verdad y te diré quién eres». Nos guste o no, la vida que vivimos es en gran parte consecuencia de la verdad que creemos. La respuesta a la célebre pregunta de Pilatos a Jesús «¿qué es la verdad?» (Jn. 18:38) encierra las claves de la vida e incluso de la muerte. No es extraño, entonces, que la gran batalla de las ideas que se libra hoy en el mundo tenga como telón de fondo lo que podemos llamar «la guerra de la verdad». El reconocido historiador francés Jacques Barzun ya advirtió en Del amanecer a la decadencia, su obra más conocida, que «el asalto postmoderno a la idea de la verdad podría levarnos a la liquidación de 500 años de civilización».

La raíz del conflicto no es cultural ni siquiera ideológica, es moral. Lo que se está dilucidando en el fondo no es una nueva filosofía, sino quién tiene la autoridad en mi vida y en el mundo, «¿manda alguien ahí arriba o puedo mandar yo?». En este sentido, un auténtico seísmo ha sacudido los cimientos de la civilización occidental porque en los últimos 30 años el fundamento y la naturaleza de la verdad han cambiado de forma extraordinaria. El cambio se resume en una frase: la verdad ha muerto, viva mi verdad. El auge del subjetivismo y la bancarrota de la verdad como un valor absoluto constituyen el rasgo más descollante de la sociedad del siglo XXI desde el punto de vista ético.
¿Qué ha ocurrido en realidad? Después de más de dos siglos de racionalismo (la glorificación de la razón predicada desde la Ilustración), el golpe de péndulo del post modernismo ha llevado a una sobrevaloración de lo subjetivo que ha pasado a ser la norma suprema de vida y de conducta. Lo que yo pienso y siento, mi opinión, es lo que vale. Antes, la verdad estaba fuera de mí, era un ello; hoy la verdad está dentro de mí, es una extensión de mi «yo». El subjetivismo es un ídolo intocable para muchas personas hoy porque permite entronizar al yo y desbancar a Dios. Mis sentimientos, en especial mi felicidad, tienen primacía sobre la razón. Lo objetivo, lo que se puede medir, tocar y demostrar, ha quedado relegado al campo de la investigación y de las ciencias, pero no importa demasiado en la vida cotidiana.

Esta forma de pensar tiene una consecuencia inevitable: si no hay una sola verdad, sino muchas verdades, entonces mi verdad es tan válida y correcta como la tuya. De esta manera, el concepto de verdad queda reducido a una opinión personal y, por tanto, discutible. La conclusión es clara: no hay una verdad absoluta -la Verdad-, sino muchas verdades relativas. Este fenómeno se puede comprobar hoy perfectamente en las tertulias de radio o televisión donde todos hablan a la vez y nadie escucha a nadie. Es un desorden calculado, deliberado; el galimatías de voces no ocurre por incompetencia del presentador, sino por la filosofía de fondo que predomina en todos los debates, sean públicos o privados: no importa la verdad del tema en cuestión, lo importante son las opiniones personales que son elevadas de forma automática a la categoría de verdad, mi verdad.

Éste, sin embargo, no es el final del camino porque no estamos ante un asunto sólo de ideas, sino de conductas. Como decíamos al principio, el qué creo influye en el cómo vivo. La verdad tiene unas consecuencias éticas: es la guía para discernir entre lo recto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Si la verdad está dentro de mí, entonces no hay una moral objetiva, sino que cada uno se construye su propia guía de conducta. Esta «ética a la carta», a gusto del consumidor, es la consecuencia más dramática de la bancarrota de la verdad. Nadie tiene que enseñarme lo que está bien y lo que está mal porque esto lo sé sólo yo. Además, lo que es bueno para ti puede ser malo para mí o viceversa. Y así vivimos en una época en la que se repite como un calco la descripción del tiempo de los jueces cuando «cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jue. 17:6). La confusión ética y una crisis de valores sin precedentes son la consecuencia natural de eliminar el valor absoluto de la verdad.

Esta corriente de subjetivismo y crisis de la verdad está afectando a la Iglesia de forma perceptible. La erosión de la autoridad de la Palabra de Dios como norma suprema de vida y de conducta es una de sus consecuencias más preocupantes. Para muchos creyentes la Biblia ha dejado de ser normativa para ser sólo orientativa. Según Charles Colson, conocido evangelista y pensador americano, en los años 1960 el 65 por cien de los norteamericanos creía que la Biblia era la verdad. Hoy esta cifra ha bajado al 32 por cien. Y lo que es más significativo, el 70 por cien afirma que no existe tal cosa como la verdad ni los valores morales absolutos. Posiblemente ahí está la raíz de la crisis de secularismo y superficialidad que predomina en muchas iglesias en Occidente, incluida España. Cuando la Verdad se convierte en algo relativo y no absoluto, la Iglesia acaba siendo mundana, es transformada por el mundo en vez de ser ella agente de transformación; la Biblia pasa a ser un libro orientativo, pero no normativo y la gracia de Cristo se convierte en una gracia barata que lo acepta todo y mira hacia otro lado ante aquellas conductas que antes se llamaban pecado y que ahora quedan excusadas por este manto de subjetivismo que lo envuelve todo.

Por esta razón los cristianos debemos recuperar y proclamar con vigor la Verdad de Dios revelada en la Biblia y encarnada en Cristo. Necesitamos coraje para ser heraldos de esta Verdad y coherencia para encarnarla en nuestra propia vida. Sólo así lograremos ser «sal y luz» en un mundo de corrupción y oscuridad. Aquel que dijo «Yo soy la luz del mundo» (Jn. 8:12) también afirmó de sí mismo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn. 8:32).

La Verdad sigue viva en Cristo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida...» (Jn. 14:6)


Al mostrar la Verdad de Dios al mundo podemos compararla a un diamante que tiene varias caras, cada una de las cuales refleja aspectos preciosos, aunque parciales, del todo:

1. La Verdad es inseparable de la Palabra


Dios ha hablado a lo largo de la Historia «muchas veces y de muchas maneras» (Heb. 1:1) y nos ha revelado la Verdad en las Escrituras. Esta cara del diamante es la que podemos llamar la verdad revelada. Constituye el conjunto de proposiciones que somos llamados a creer. El apóstol Pablo la llama «el buen depósito» (2 Ti. 1:14) o la «sana doctrina» (2 Ti. 4:3Tit. 1:9). Este cuerpo de doctrinas -creencias- se inicia con la revelación de Dios a los patriarcas, sigue con los profetas y culmina en el NT con la enseñanza de Jesús y los apóstoles. Si bien está expresada de manera perfectamente comprensible -hay un elemento lógico racional incontestable en la verdad revelada-, en último término sólo se puede acceder a ella desde la fe. Son los ojos de la fe los que alumbran nuestro entendimiento (Ef. 1:18) y nos permiten aprehender toda la riqueza de la Verdad de Dios.

2. La Verdad es inseparable de la vida


La verdad de Dios es inseparable de la vida, tiene unas implicaciones morales inevitables para nuestra conducta. La verdad no es sólo algo a creer, sino a practicar. Implica demandas éticas, cambios, un estilo de vida. La segunda cara del diamante es la verdad obedecida. Somos llamados también a vivir la verdad, no sólo a creerla. De hecho, vivir la verdad es la mejor demostración de que la hemos creído. Hemos de creer lo correcto -la sana doctrina-, pero también hemos de vivir rectamente (Heb. 12:141 P. 1:14-16). Creer la verdad de Dios nos da paz y seguridad para el futuro -«Señor, ¿a quién iremos? Tú, tienes palabras de vida eterna» (Jn. 6:68)- pero también debe transformar las vidas aquí y ahora (2 Co. 3:18Fil. 1:6). La obediencia a la verdad no sólo purifica nuestras almas, sino que nos dispone para el amor fraternal no fingido y para amarnos unos a otros entrañablemente (1 P. 1:22).

La paradoja más extraordinaria es que esta obediencia a la verdad es la fuente por excelencia de libertad: «Conoceréis la Verdad y la verdad os hará libres... Así que si el Hijo os libertare seréis verdaderamente libres» (Jn. 8:32, 36) dijo Jesús de sí mismo. Una vida de auténtica libertad sólo se consigue en Cristo cuya verdad nos libera de toda esclavitud.

3. La Verdad es inseparable de la guía del Espíritu Santo


Hasta aquí hemos considerado los aspectos más directamente relacionados con nuestra responsabilidad, lo que nosotros ponemos de nuestra parte: buscamos entender y aprehender la verdad revelada de Dios y anhelamos obedecerla. Conseguir esto por nosotros mismos no sólo es difícil, es imposible; entender y vivir la Verdad de Dios requiere la capacitación divina. Como dijo alguien: «¡ser cristiano no es difícil, es imposible!». Es imposible si no tenemos los recursos sobrenaturales que vienen de Dios. La capacitación divina es imprescindible para estar a la altura de las demandas éticas de Cristo, entre ellas vivir en la verdad. La verdad es también algo a discernir y, en este sentido, nos referimos a la tercera faceta del diamante como la verdad iluminada. Por esta razón, Dios nos ha provisto de un recurso sobrenatural: la ayuda del Espíritu Santo quien es el que desde el principio «nos convence de pecado de justicia y de juicio» (Jn. 16:8) y nos sigue «guiando a toda la verdad» (Jn. 16:13) en nuestro caminar diario. Dependemos del Espíritu Santo para que nuestras creencias -la verdad revelada- no se queden en algo frío u oxidado por el tiempo, sino que sean regadas con la unción del Espíritu Santo que nos renueva cada día.

4. La Verdad es inseparable del amor


Uno de los mayores peligros del creyente es hablar o vivir la verdad sin amor. Ya el gran teólogo Agustín de Hipona decía: «No se puede acceder a la verdad sino es por el amor (Non intratur ad veritatem nisi caritatem)». Es una tentación tan sutil como frecuente el caer en la arrogancia o la dureza cuando uno está convencido de que tiene la Verdad (con mayúscula). Éste ha sido el error -y el pecado- de muchos llamados cristianos a lo largo de los siglos. La historia de la Iglesia está llena de páginas tristes en las que se intentó imponer la verdad del Evangelio por la fuerza. Ello puede ocurrir tanto a nivel colectivo (iglesia) como en nuestras relaciones personales. Como un pájaro necesita las dos alas para volar, así también la verdad y el amor son inseparables. El amor sin la verdad puede ser una sensación agradable, pero sólo lleva al sentimentalismo y al sincretismo («todo el mundo es bueno», «todos los caminos llevan a Dios»); y la verdad sin amor es áspera y ruda, una conducta desprovista de la mansedumbre que siempre debe caracterizar la defensa de la verdad (1 P. 3:15). El apóstol Pablo dice con énfasis: «Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo» (Ef. 4:15). Ello nos lleva al último y más preciado aspecto de este tesoro: Cristo.

5. La Verdad es inseparable de la persona de Jesucristo


La Verdad es más que una doctrina o una vivencia espiritual-religiosa; es, ante todo, una persona: Cristo. Dios, después de darnos la verdad revelada, «...en estos postreros días, nos ha hablado por el Hijo» (Heb. 1:2). En Cristo culmina la revelación de la verdad hasta el punto que él pronunció las palabras más osadas que nadie haya dicho jamás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14:6). Cristo viene a ser la verdad encarnada: «Aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros... lleno de gracia y de verdad. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn. 1:14, 17). Siguiendo con el símil del diamante, Cristo es la parte más preciosa de la verdad divina porque él «es la imagen del Dios invisible» (Col. 1:15) y en él «habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col. 2:9).

El escritor ruso Dostoiewsky dijo con gran lucidez: «Si alguien me demostrara alguna vez que Cristo está fuera de la verdad... entonces yo preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad». La luz que irradia la Verdad no sólo alumbra nuestras tinieblas, sino que nos seduce y nos atrae para compartir toda nuestra vida con Él (Ap. 3:20). Como alguien ha dicho, «un cristiano es una persona que ha quedado prendada y prendida de Jesucristo». Ahí radica el rasgo más distintivo del cristianismo: no es tanto una religión, sino una relación. Por ello, en último término, la verdad no es sólo algo a creer, algo a vivir y algo a discernir, sino sobre todo alguien a quien amar: el Cristo vivo, la Verdad encarnada.


Pablo Martínez Vila

Copyright © 2013 - Pablo Martínez Vila

www.pensamientocristiano.com

miércoles, 4 de abril de 2018

Pilares de mi fe cristiana (II)

Pilares de mi fe cristiana (II)


En el centro y como cumbre de la Biblia veo la figura esplendorosa del Señor Jesucristo. La encuentro en predicciones más o menos explícitas, así como en personajes, hechos y objetos simbólicos del Antiguo testamento; en la información fidedigna que sobre la vida, muerte y resurrección del Salvador nos proporcionan los Evangelios; en el tremendo impacto espiritual que Cristo produjo en la iglesia apostólica, como atestiguan el libro de los Hechos y las epístolas; en el Apocalipsis, donde sobresalen la soberanía de Cristo sobre su Iglesia y sobre los reinos de este mundo y su triunfo sobre todos los poderes que se oponen a su Reino.

Pese a que de Cristo se han tenido conceptos muy dispares (un gran maestro, un reformador social de ideas avanzadas, un líder pacifista, un mártir, el fundador de la más pura de las religiones), todas esas apreciaciones quedan muy por debajo de la realidad. Jesucristo es único, incomparable, si lo contemplamos a la luz de los testimonios que de él nos han dejado los evangelistas. Partimos del hecho de que tal testimonio existe: los cuatro evangelios. éstos, sin ser biografías en sentido estricto, nos suministran información adecuada para que sepamos quién fue Jesús, qué enseñó, que hizo, cómo fue su carácter, qué pretensiones tuvo, etc. Y de toda esa información surge una figura colosal, infinitamente superior a los más insignes personajes de la historia. Tan extraordinaria es esa figura que algunos críticos han negado su objetividad. Es -dicen- producto de la imaginación enfervorizada de los primeros discípulos, quienes aureolaron a su Maestro con la gloria de la divinidad. Pero una crítica desapasionada, nos impide llegar a esa conclusión. Si el Cristo de los evangelios, con sus milagros, sus enseñanzas maravillosas y su perfección moral hubiese sido un «invento» de los evangelistas, la obra de éstos habría sido un verdadero milagro, muy poco creíble en hombres sencillos, escasos de comprensión, de mentalidad terrena (Mr. 8:14-21), mucho más dados a la duda y la incredulidad que al ensalzamiento romántico de un ser amado. Sería creer lo increíble pensar que los seguidores del hombre más puro y amante de la verdad, hubiesen desfigurado la imagen de Jesús, y que en defensa de su testimonio adulterado hubiesen arriesgado -y en algunos casos dado- su propia vida. Resultaría, además, que un falsedad tuvo una fuerza moral y espiritual que ha transformado a millones de seres humanos. ¡Un prodigio inconcebible! Es mucho más razonable creer en la veracidad de los primeros testigos y en sus palabras. He aquí lo declarado por los apóstoles Pedro y Juan: «Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas ingeniosamente inventadas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.» (2 P. 1:16). «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos acerca del Verbo de vida... lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos» (1 Jn. 1:1-3).

Si nos atenemos a lo escrito en los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento, pronto nos percatamos de la grandeza humana y sobrehumana de Cristo. Los discípulos obraron milagros en el nombre de Jesús, pero él los realizó por el poder que encarnaba en su persona. Sus enseñanzas, recibidas del Padre, las impartía con su autoridad personal («oísteis que fue dicho... mas yo os digo...», Mt. 5:21-22Mt. 5:27-28Mt. 5:31-32). Para el hombre en su estado de perdición sólo ve un remedio: un nuevo nacimiento por obra del Espíritu mediante la fe (Jn. 3:3Jn. 3:5-6Jn. 3:16). Descubrimos asimismo lo extraordinario de sus palabras y de su obra. Su mensaje es «buena nueva». Proclama la salvación y la incorporación al Reino de Dios. A través de sus enseñanzas revela la grandiosidad de Dios, de su justicia y su amor. Ahonda en los abismos de la naturaleza humana, creada «en el principio» a imagen de Dios, pero desfigurada, corrompida y ensuciada por el pecado. Presenta su obra redentora como la meta de su vida en la tierra («El Hijo del hombre vino a salvar lo que se había perdido», Mt. 18:11). En cuanto a sus enseñanzas morales, a cuya altura vivió él siempre, nadie jamás ha podido igualarlas, mucho menos superarlas. En sus máximas y en su conducta fue el ejemplo perfecto de lo que debe ser todo ser humano. Aun hombres no cristianos como Gandhi han hallado en el Sermón del Monte las normas éticas más elevadas que ha conocido la humanidad.

Entre todas estas facetas del mensaje tienen especial relieve algunas pretensiones de Jesucristo que en cualquier otro hombre serían absurdas, hilarantes, síntoma de megalomanía paranoica. Un ejemplo: su plena identificación con Dios («El Padre y yo somos una sola cosa», Jn. 10:30). Fue sin duda este concepto de su identidad lo que le llevó a hacer de sí mismo la clave de la revelación divina y de la salvación humana. Los fundadores de las grandes religiones han basado su mensaje en unas doctrinas determinadas. Jesús lo basó en su propia persona, a la que dio atributos inauditos. él dijo: «Yo soy el pan de vida» (Jn. 6:35), «el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en una fuente de agua que salte para vida eterna» (Jn. 4:14), «yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8:12). Nunca dijo: «El que cree en mi doctrina se salvará», sino «el que cree en mí tiene vida eterna» (Jn. 3:16).
Otra prerrogativa divina que Jesús se atribuyó fue la facultad de perdonar pecados. Tenían razón los fariseos cuando dijeron que nadie puede hacer tal cosa sino sólo Dios; pero Jesús dijo al paralítico: «Tus pecados te son perdonados»; y sin ambages, para demostrar que poseía tal facultad, lo sanó.

La pretensión de divinidad se puso asimismo de manifiesto al aceptar ser objeto de adoración. él, que había rechazado al diablo citando un texto áureo del Antiguo Testamento («Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo servirás», Mt. 4:10), permitió la adoración fervorosa de la mujer hemorroísa (Mt. 15:25), del endemoniado gadareno (Mr. 5:6) y de sus propios discípulos (Mt. 14:33Mt. 28:9Mt. 28:17). En todos estos casos o estaba usurpando un honor correspondiente sólo a la Divinidad o realmente, además de hombre, era Dios. ¿Era todo fruto de una fantasía incontrolada? Si así hubiese sido nos hallaríamos ante lo más insólito: un hombre víctima de un grave desorden mental habría originado el movimiento espiritual más poderoso que ha conmovido el mundo y se habría convertido en fuente de paz, certidumbre y esperanza para millones de hombres y mujeres en todos los países a lo largo de los siglos. En el transcurso del tiempo se han desmoronado y han desaparecido sucesivos imperios. Se han debilitado y desvanecido poderosas ideologías que en su tiempo parecían destinadas a imponerse en toda la tierra. Pero el reinado de Cristo perdura aún en la vida de millones de sus seguidores. Tenía razón Napoleón cuando, preso en la isla de Santa Elena, declaró:

«Alejandro, César, Carlomagno y yo mismo hemos fundado grandes imperios; pero ¿de qué han dependido? De la fuerza. Sólo Jesús fundó su imperio sobre el amor, y hoy millones morirían por él... todos aquellos fueron hombres, y yo soy hombre; nadie más es como él; Jesucristo es más que hombre... Este fenómeno es inexplicable... El tiempo, gran destructor, es impotente para extinguir esta sagrada llama; el tiempo no puede ni agotar su energía ni limitar su extensión. Esto es lo que más me impresiona... lo que me demuestra convincentemente la divinidad de Jesucristo.»

Y Renan, renombrado filósofo y teólogo francés del siglo XIX, pese a su rechazo del elemento sobrenatural en la vida de Cristo, se vio forzado a afirmar que, «sea lo que sea que el futuro nos depare, Jesús nunca será superado».

Yo hago míos esos testimonios y los de muchos más hombres ilustres que han reconocido la grandiosidad inigualable de Jesús, y los suscribo con un fervoroso «Amén», un amén que significa no «así sea», sino «así es ». En los inicios de la experiencia religiosa que me llevó a la conversión la lectura de los evangelios fue para mí decisiva. La figura del Hijo del hombre se me hacía cada vez más fascinante. Y más cautivadora. Quedé «prendado y prendido de Jesucristo». Desde entonces, él ha sido el soporte más sólido de mi fe.

IV. Mi experiencia personal


Reconozco que hay un elemento de verdad en la objeción de que la experiencia es poco fiable si se usa como punto de apoyo de la fe. Tiene un carácter totalmente subjetivo y es susceptible de variaciones contradictorias. Las mismas vivencias que consolidan mi fe pueden destruir la fe de otros. Algunos supervivientes de los campos de concentración nazis salieron más creyentes porque veían la mano protectora de Dios en su liberación. Pero otros, como el judío Elie Wiesel, premio Nobel, sufrieron una honda crisis espiritual. Para una misma persona las pruebas de la vida pueden ser crisol purificador y enriquecedor de su fe (1 P. 1:6-7), pero también pueden sacudirla y debilitarla con dudas letales. Globalmente no podría decirse que la experiencia, por sí sola, es un puntal resistente de la convicción religiosa. A menos que esté sólidamente trabada a los pilares objetivos antes considerados (Iglesia, Biblia, Cristo), fácilmente puede la fe desmoronarse.

Sin embargo, como columna suplementaria, unida a las anteriores, la experiencia puede contribuir al afianzamiento de la fe. Pese a los altibajos que puede presentar, yo veo claramente que mi vida no está regida por un azar ciego. Se desarrolla conforme a un propósito sabio y amoroso de Dios. Percibo un hilo continuado que engarza admirablemente los acontecimientos más significativos de mi vida. Esta percepción está corroborada por la doctrina bíblica de la providencia divina, según la cual «todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios» (Ro. 8:28). También en la Escritura descubro que, como en los casos de Jeremías (Jer. 1:5) y Pablo (Gá. 1:15), aun antes de mi nacimiento mi destino estaba en las manos de Dios, y puedo decir con el salmista: «Mi embrión lo veían tus ojos, mis días estaban previstos, escritos todos en tu libro, sin faltar uno» (Sal. 139:16). Veo clarísimamente que un día Dios empezó una buena obra en mí, y su Palabra me asegura que «el que empezó la buena obra» (en mí) «la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6).

A lo largo de mi existencia he vivido experiencias de todo tipo. Sin duda, en el plan divino para mí no entraba un camino inacabable de rosas. Muchas veces el camino se ha hecho difícil, árido, penoso. He experimentado la pobreza, el hambre, el frío, la enfermedad (delicadas operaciones quirúrgicas incluidas), la humillación de la intolerancia religiosa. Por la senda de mi vida ha transitado a menudo, muy cerca de mí, el maligno con insidiosas tentaciones. Y no siempre he salido totalmente indemne de sus ataques. He conocido el límite de mis fuerzas, y mis debilidades. También las de otros compañeros de viaje. He vivido horas de bajamar espiritual. He sufrido, he orado, a veces agónicamente, y no he sido ajeno a la experiencia del desfallecimiento y de la sequía espiritual. Momentos ha habido en que espiritualmente todo se volvía oscuro. Todo parecía tambalearse. Pero siempre ha habido una recuperación. Ha vuelto a lucir el sol. La conmoción ha cesado. En algunos trechos del camino he vivido experiencias que parecían auténticos milagros. La mano bondadosa del Señor se veía claramente. Resultado final: una fe confirmada que me permite decir con el apóstol: «Yo sé a quién he creído y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día (el día de Jesucristo)» (2 Ti. 1:12). De hecho mi confianza, en realidad, descansa mucho más en el poder de Dios que en el valor de mi experiencia.

Más de una vez he pensado -y sigo pensando- que a estas alturas de mi vida, dada la solidez de los pilares de mi fe, me resulta imposible renunciar a ella. Como Jefté, aunque en un contexto muy diferente del suyo, digo: «He dado palabra al Señor y no puedo volverme atrás» (Jue. 11:35).

José M. Martínez

Copyright © 2001 - José M. Martínez

www.pensamientocristiano.com

lunes, 2 de abril de 2018

Pilares de mi fe cristiana (I)



Pilares de mi fe cristiana (I)


Como el lector podrá ver, no se trata estrictamente de un artículo, sino más bien de un testimonio personal de lo que en mi vida ha dado mayor consistencia a mis convicciones. No oculto que en su elaboración me ha parecido oportuno un enfoque positivista, basando el conocimiento en la observación y la experiencia. Mi fe, más que en ideas, se apoya en hechos. Descansa sobre cuatro pilares de solidez para mí incuestionable: la existencia de la Iglesia cristiana, la Biblia, la persona de Cristo tal como aparece en la Biblia y, en último lugar, mi propia experiencia.

I. LA IGLESIA


Son muchos los creyentes que, como yo, han conocido el Evangelio en una congregación cristiana. En su seno han crecido espiritualmente; han aprendido más y más de la Palabra de Dios predicada en los cultos; se han gozado en la comunión con los hermanos y han encontrado estimulantes oportunidades de servicio. La iglesia es para ellos una familia acogedora, una auténtica bendición que enriquece espiritualmente y vigoriza la fe. Con todo, no me sorprendería que en el rostro de más de un lector se dibujase una mueca irónica de escepticismo. ¿La Iglesia, con sus muchas debilidades, apoyo de mi fe? ¿Acaso no ha sido la Iglesia cristiana protagonista de episodios nada edificantes en el curso de la historia? En algunos momentos ¿no se ha prostituido con los poderes temporales de este mundo y ha caído con ellos en toda clase de injusticias? La conducta de muchos de sus miembros, incluso de algunos de sus líderes, ¿no ha sido tristemente escandalosa?

A fuer de sinceros, hemos de decir que sí, que todo eso es verdad. Pero yo veo en esta Iglesia una iglesia nominal, una institución de corte humano que no corresponde a la realidad de la Iglesia como comunidad de creyentes en Cristo que de todo corazón aman a Dios y andan en el camino del Evangelio. Los miembros de esta Iglesia, espiritual, están esparcidos por todo el mundo, encuadrados en comunidades de diferentes denominaciones, dando testimonio de su fe y de su vida nueva en Cristo, irradiando la luz de la verdad y del amor en favor de una humanidad desdichada. Es cierto que tampoco ellos son perfectos; están expuestos a flaquezas e inconsistencias; pero globalmente su vida es un ejemplo inspirador. ¡Cuantos de ellos han asombrado al mundo con su pureza de costumbres, su altruismo, su fervor cristiano, su abnegación y entrega al servicio de Cristo, que ha sido también servicio al prójimo! Poco tiempo después de mi conversión al Evangelio, llegó a mis manos el libro «Héroes y mártires de la obra misionera», de Juan C.Varetto. Su lectura me impactó profundamente. A medida que leía, más y más quedaba fascinado por aquellos héroes de la fe. Y mi propia fe se robustecía.

Pero no han sido únicamente las biografías que he llegado a leer las que me han ayudado espiritualmente. Mi relación personal con pastores fieles y miembros sencillos de iglesia, amantes de su Salvador, han contribuido igualmente al fortalecimiento de mi fe. No puedo olvidar la impresión que produjo en mí el modo como vivía su devoción privada el hombre que por primera vez me habló del Evangelio. Obrero en una fábrica de neumáticos, trabajaba en el turno de la mañana que comenzaba a las 6. él se levantaba a las 4 de la madrugada para poder leer sin prisas un capítulo de la Biblia y la página diaria correspondiente del «Libro de Cheques del Banco de la Fe», de C.H. Spurgeon. Concluido su tiempo devocional, tomaba un ligero desayuno y salía en bicicleta hacia la fábrica, distante unos cuatro kilómetros. Ya en el exterior, su trabajo y sus relaciones humanas indicaban que «había estado con Jesús». Más de una vez, al recordar su ejemplo, me he sentido un tanto avergonzado, convencido de que yo, en su lugar y circunstancias, seguramente habría recortado la hora dedicada a la lectura de la Biblia y la oración. Pero todavía, años después de su partida, me hace bien su modo de vivir la fe. No es menor el beneficio que he recibido de algunos compañeros en el ministerio, pastores, teólogos y escritores de diferentes países que, con la lucidez de sus ideas y la coherencia de su vida, me han sido de gran estímulo.

Lo dicho no significa que todo en la auténtica Iglesia del Señor es hermoso y edificante. En ella también se viven experiencias dolorosas, descorazonadoras. Son las espinas que acompañan, pero no ocultan, a las rosas. Yo procuro no pincharme, pero no me aparto del rosal. Y bendigo a Dios por la Iglesia en cuyo seno mi fe crece. Veo en la iglesia, en su existencia, en su supervivencia y crecimiento un milagro de la gracia de Dios. Sin ese milagro, hace siglos que la Iglesia habría dejado de existir; nuestras torpezas y nuestra carnalidad ya la habrían destruido. Por todo ello, la Iglesia es pilar de mi fe.

II. LA BIBLIA


En el proceso de mi observación descubro otro hecho fundamental: la Iglesia está estrechamente vinculada a la Biblia. Se nutre de sus páginas. De ellas extrae las doctrinas que configuran su credo, recibe la orientación ética para regular su conducta y el aliento para perseverar en la fe. Los momentos más luminosos de la Iglesia han sido aquellos en que ésta ha valorado la Sagrada Escritura, la ha creído, la ha practicado y la ha proclamado fielmente.

Eso me lleva a leerla atentamente. Como resultado, advierto que su contenido está entroncado en la historia de la salvación humana. Es testimonio elocuente de que «Dios ha hablado de muchas maneras en otros tiempos...» y que finalmente «nos ha hablado por medio de su Hijo» (Heb. 1:1-2). La Biblia recoge esa revelación. No sólo da testimonio de que ésta ha tenido lugar, sino que constituye su depósito más fiable.

A través de los tiempos la Sagrada Escritura ha sido objeto de ataques de toda índole. Algunos enemigos del cristianismo, como el emperador Diocleciano en el siglo IV y la Inquisición (en su obsesión dogmática antiprotestante) en tiempos posteriores, han tratado de destruirla materialmente arrojando al fuego multitud de ejemplares. Otros la han atacado con objeciones críticas o de carácter filosófico. Pero todo ha sido en vano. Comparable a un inmenso cubo geométrico, la Biblia se mantiene estable por más vueltas que se le dé. Sigue siendo el Libro por excelencia, el más traducido (a más de dos mil lenguas), el más leído, el más estudiado y comentado, el que mayor influencia ha tenido en la cultura occidental, el que más vidas ha transformado, el que más corazones ha consolado, el que más acciones abnegadas y heroicas ha inspirado. En él millones de creyentes han encontrado una fuente de inspiración, de confianza, de fuerza, y han podido decir como el salmista: «Lámpara es para mis pies tu Palabra y luz para mi camino» (Sal. 119:105). No es, pues, extraño, que la Iglesia se afirme sobre la Biblia y venga así a ser «columna y baluarte de la verdad» (1 Ti. 3:15).

Mi fe halla sostén en la Biblia porque me cautiva su mensaje. Conozco muchos de los argumentos que se esgrimen para desacreditarla. Y reconozco que en ella hay pasajes de difícil interpretación. Algunos plantean innegables dificultades; unas de tipo lingüístico; otras de carácter metafísico o incluso ético. Y no siempre damos con las claves hermenéuticas que las aclaren de manera plenamente satisfactoria. Confieso que la lectura de la Biblia a veces ha suscitado en mi mente preguntas para algunas de las cuales aún no he hallado respuesta del todo convincente. Pero la suma de todos los problemas y de todos los interrogantes pasan a una periferia en la que pierden toda posibilidad de socavar mi fe. Miro al contenido bíblico en su conjunto y lo veo como un bloque sólido, grandioso, digno de credibilidad. Me maravilla la revelación que hace de Dios. Me sobrecoge la descripción del hombre, en su grandeza y en su miseria. Me entristece su cuadro del pecado, en el que sobresale la inveterada tendencia del ser humano a independizarse de Dios para vivir a su antojo. Me conmueven las trágicas consecuencias del pecado que tan vívidamente se ven en innumerables textos bíblicos, corroborados por la historia. Sobre todo me asombra y fascina el amor de Dios, en perfecto equilibrio con su justicia, siempre en acción con miras a la salvación de los humanos. Me impresiona la progresión coherente de la revelación especial de Dios en el Antiguo Testamento, paralela a la historia de la salvación, y su apoteósica consumación en Cristo. La revelación divina, tal como se nos presenta en la Biblia, es semejante a un gran río; de escaso caudal en su nacimiento, va creciendo a medida que avanza con las aguas de sus afluentes, ganando anchura y profundidad hasta que desemboca en la inmensidad del mar. Dios comenzó a revelarse a los patriarcas, para continuar haciéndolo mediante los profetas. La revelación del plan salvífico de Dios va adquiriendo amplitud y claridad crecientes y finalmente culmina con el anuncio y advenimiento del Mesías Redentor.
No menos asombroso es el hecho de que la Biblia, escrita por hombres de épocas distintas, en diferentes contextos circunstanciales y sociales, presenta una unidad sorprendente, como si hubiese tenido un solo autor. La Biblia misma explica el fenómeno: los autores humanos escribieron bajo la inspiración del Espíritu de Dios (2 P. 1:212 Ti. 3:16). La teología cristiana ha deducido de estos y otros textos la doctrina de la inspiración de la Escritura y la autoridad de la misma como norma normans, determinate de la fe y la conducta del cristiano.

En mis reflexiones llego al convencimiento de que la Biblia es mucho más rica, más profunda y convincente que cualquier especulación humana, superior a todas las doctrinas filosóficas y a toda idea política, social o religiosa. Y la acepto como Palabra de Dios viva que día a día vivifica mi fe.

José M. Martínez

Copyright © 2001 - José M. Martínez

www.pensamientocristiano.com

lunes, 24 de julio de 2017

El tweet más importante de tu vida





«El justo por la fe vivirá»

«El justo por la fe vivirá»: una frase, seis palabras, lo que hoy llamaríamos un «tweet», constituyen el resumen por excelencia de la Reforma y una síntesis del Evangelio. De ahí el título de esta reflexión: «El tweet más importante de tu vida». Este texto se repite cuatro veces en la Biblia (Hab. 2:4; Ro. 1:17; Gá. 3:11; Heb. 10:38) lo cual ya nos da a entender que estamos ante un principio realmente importante: la fe es esencial para la vida.

Este versículo fue el motor espiritual y teológico de la Reforma. Durante la preparación de un sermón sobre la epístola de Pablo a los Romanos, Lutero tuvo una experiencia llamada «Experiencia de la torre» en el año 1519. Escribe Lutero al respecto:

«Al fin por la misericordia de Dios, meditando dia y noche en este versículo ("El justo por la fe vivirá") sentí que nací completamente de nuevo y que había entrado al Paraíso mismo atravesando sus puertas abiertas. En este momento se abrió delante de mí un nuevo rostro de las Escrituras».

Con esta frase estamos a la vez ante un compendio formidable del Evangelio y la semilla bíblica que dio lugar al gran avivamiento de la Reforma con todas sus consecuencias espirituales y sociales. No es exagerado afirmar, por tanto, que estamos ante el mensaje corto -el tweet- más importante de la vida.

Para entender bien este mensaje vamos a compararlo con un árbol: tiene un tronco -«por la fe»- el meollo del árbol, y dos grandes ramas, las consecuencias vitales: «el justo» - «vivirá».
Veremos en especial el tronco y, algo más someramente, las dos ramas:

POR LA FE

Constituye el meollo del texto, el tronco del árbol.

¿Qué es la fe?

La fe cristiana no es un asunto de creer en algo, sino de creer en alguien. La pregunta clave no es qué creemos, sino en quién creemos. Decía el apóstol Pablo: «Yo sé a quién he creído» (2 Ti. 1:12). El objeto, el destinatario de la fe es un ser vivo, el Dios personal revelado en la Biblia y encarnado en Jesucristo, no una fuerza abstracta o impersonal. Creer es mucho más que tener una creencia.

¿En qué consiste en la práctica esta fe? La fe implica tres pasos. Son exactamente los pasos de toda relación de amor y se corresponden, a grandes rasgos, con la experiencia espiritual de Lutero y las conclusiones que cimentaron la Reforma: Sola fide (Sola fe); Sola Sciptura (Sola Escritura), Sola gratia (Sola gracia).
  • La fe es conocer
  • La fe es confiar
  • La fe es comprometerse
Estos tres pasos progresivos, propios de una relación de amor, los encontramos también en la fe cristiana:

La fe es CONOCER a Dios a través de su Palabra

Al cristiano le es dado el privilegio singular no sólo de creer en Dios, sino de conocer a Dios. Hay un elemento imprescindible de experiencia vital, personal. Ello es así porque la fe no es sólo una ideología (no somos cristianos culturales), o sólo una religión (dogma y ritos), la fe es sobre todo una relación: una relación personal con Cristo. Para el creyente Dios no es un «ello», ni tampoco un «él», Dios es el «tú» cercano tan bien descrito en la primera frase del Padrenuestro: «Padre nuestro que estás en los cielos...» (Mt. 6:9). Por así decirlo, la fe nos permite hablarle de tú a Dios

Jesús lo resumió en esta frase tan decisiva: «Y esta es la vida eterna, que te conozcan a ti el único Dios verdadero» (Jn. 17:3).

¿Cómo podemos conocer a Dios? A Dios lo conocemos, de entrada, por su revelación verbal, la palabra escrita. La experiencia espiritual del cristiano arranca de la fe en la Palabra (Sola Scriptura), la convicción plena de que la Biblia es palabra de Dios. Este fue el primer paso de Lutero: se aplicó en leer y leer la Biblia, en especial la epístola a los Romanos.

La fe es DESCUBRIR la gracia de Dios en Cristo y apropiarse de ella

El conocimiento va seguido de la confianza, la fe en la Palabra lleva a la fe en la gracia (Sola gratia). Toda relación de amor implica confianza. Éste fue el segundo paso en la experiencia de Lutero (como ampliaremos después). La revelación de Dios alcanza su máximo esplendor en Cristo, la Palabra por excelencia, el Verbo. Cristo es «la imagen del Dios invisible» (Col. 1:15). Descubrir y apropiarme de la gracia de Dios en mi vida supone confiar en que Cristo no sólo murió, sino que murió por mí. La gracia de Cristo en la cruz es el centro y clímax de la fe. «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe… considerad (descubrid) a aquel que sufrió tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo» (Heb. 12:2-3).

La fe es RESPONDER al amor de Dios en Cristo con mi amor

La confianza lleva al compromiso, el tercer elemento necesario en una relación de amor. La cruz de Cristo me hace entender que Dios ya ha dado el primer paso y que ahora me toca a mí responder. En este sentido, el cristianismo es lo opuesto a una religión: cualquier religión va de abajo arriba, es el conjunto de esfuerzos que el ser humano hace por llegar a Dios; la fe cristiana es exactamente lo opuesto: va de arriba abajo, es el conjunto de esfuerzos que Dios ha hecho por llegar al hombre.

Un ejemplo histórico de este compromiso que nace en respuesta al amor de Dios lo encontramos en el conde Nicolaus Ludwig von Zinzendorf (siglo XVIII), quien se sintió profundamente impresionado por un cuadro de Domenico Fetti, una imagen de Cristo crucificado, con una inscripción al pie que decía: «Esto hice yo por ti, ¿qué has hecho tu por mí?». En respuesta a esta pregunta la vida de Zinderdorf cambió y fundó la comunidad de los Hermanos Moravos, un movimiento de despertar espiritual con gran influencia en su época.

EL JUSTO

La primera consecuencia de la fe es que nos hace justos delante de Dios. Estamos ante la primera gran rama del árbol.

El apóstol Pablo lo expresa en términos muy positivos: «Justificados pues por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro. 5:1). La fe produce una limpieza moral imprescindible «por cuanto no hay justo, ni aun uno» (Ro. 3:10), todos somos pecadores. Ahí está uno de los puntos clave de la Reforma: la gracia nos limpia del Pecado por un mecanismo de transferencia. Lutero lo llama «el dulce y maravilloso intercambio»: al creer, el pecado se transfiere a -se carga sobre- Cristo y la justicia de Cristo es transferida al pecador. Por la fe el pecador es declarado justo, aunque todavía no es perfecto (simul justus et peccator).

Además, muy importante, la justificación ante de Dios nos capacita para vivir justamente- con justicia-ante los hombres. Al elemento moral y personal le sigue la dimensión social y comunitaria de la fe. El orden es importante: la auténtica justicia empieza por la justificación ante Dios. La ética cristiana arranca, nace de la fe, no es un mero humanismo que busca construir al hombre a partir del hombre. La justicia entre los hombres sólo es posible a partir de la justificación ante Dios.

VIVIRÁ

La segunda consecuencia de la fe es la vida. ¡Ahí es nada! La fe genera vida. En la segunda gran rama hallamos una promesa de vida, por tanto una palabra de esperanza. ¡Qué importante es tener esperanza en un mundo que anda a tientas en medio de tanta oscuridad!
La fe es esencial para la vida aquí y ahora, pero también en el más allá, después de la muerte. Veamos en más detalle cuán fecunda es esta rama.

Vida aquí y ahora: plenitud de vida

Dijo Jesús en una de sus citas más memorables: «He venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn. 10:10). La palabra «abundancia» en el original significa superior, óptima, una vida de calidad.
Tres ejemplos nos ilustran cómo Jesús da plenitud de vida:
  • La fe en Cristo ilumina.
    «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas...» (Jn. 8:12).
    Su luz proporciona un profundo sentido de la vida y da significado a la persona (identidad). Sustituye el desesperanzado grito «vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ec. 1:2) por un exultante «plenitud de plenitudes, todo es plenitud», en acertada expresión de Unamuno.

  • La fe en Cristo transforma.
    «Si alguno está en Cristo nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17).
    Su poder ha cambiado y sigue cambiando las vidas de millones de hombres y mujeres. En frase del conocido cantante Bono de U2, «no me cabe en la cabeza que un hombre ordinario, o un enfermo, haya transformado la vida de tantas personas».

  • La fe en Cristo restaura.
    «Mi gracia te es suficiente pues mi poder se hace perfecto (completo) en la debilidad» (2 Co. 12:9).
    Su gracia da fuerzas y restaura a los más débiles, a los pobres en su sentido más amplio. Jesús ha sacado del pozo de la miseria existencial a miles de marginados de la sociedad porque Él nunca «quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea» (Is. 42:3)
La fe en Cristo vivifica personas, pero también transforma la sociedad. El mejor ejemplo es el que hoy estamos conmemorando: la Reforma Protestante. Sobre todo por la difusión de la Biblia -la espada afilada que destruyó oscurantismos medievales- tuvo una gran repercusión en la sociedad de su tiempo y también en los siglos posteriores. Por cierto, ésta es una asignatura pendiente en la historia de España: no haber tenido nunca la extraordinaria influencia de la Biblia sobre la cultura y la vida del pais. Con la Reforma todas las esferas de la vida, incluyendo la economía y la política, recibieron el impulso de una fe viva y renovada. Testimonio histórico de ello nos lo dan músicos como Bach, Mendelssohn y Händel, pintores como Durero y Rembrandt, y una larga lista de científicos, filósofos y políticos que experimentaron la plenitud de vida que da la fe.

Vida en el más allá: la vida eterna

La vida que surge de la fe no se acaba aquí, sigue después de la muerte. De hecho, es entonces cuando alcanza su cenit, su máximo esplendor.
Jesús dijo: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió (Dios), tiene vida eterna; y no vendrá a condenación pues ha pasado de muerte a vida» (Jn. 5:24). Trascendentales palabras, una promesa de vida eterna. Mi destino eterno después de la muerte depende de este tweet: la fe es esencial para la vida aquí, pero sobre todo para la vida en el más allá. De ahí nuestro título: El tweet más importante de tu vida. Préstale atención, medita en él.
No quiero concluir con mis propias palabras, sino con las de Jesús mismo, con una cálida metáfora, una invitación a cenar juntos:

«He aquí yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo» (Ap. 3:20).

Jesús no fuerza la puerta; espera a que yo la abra. Si así lo hago, comienza esta relación de amor, esa fe que nos hace justos y que nos da vida para siempre.

Pablo Martínez Vila

Predicación del Culto de la Reforma, Madrid, 31 de octubre de 2015.

Copyright © 2015 - Pablo Martínez Vila

Copyright (http://www.pensamientocristiano.com)

lunes, 17 de julio de 2017

Los silencios de Dios









«¿Hasta cuándo, oh Señor, clamaré y no oirás?» (Hab. 1:2)

Cuando parece innegable su pasividad moral

Ésta fue la causa de la perplejidad de Habacuc. El profeta se debate en un conflicto torturador ante la enigmática situación histórica que le tocó vivir. En su mente pugnan dos realidades aparentemente incompatibles. 

Por un lado, sabe que Dios es justo y todopoderoso y que con soberanía absoluta controla el curso de la historia. Por otro lado, ve cómo su pueblo (Judá), rebelde e inicuo, es castigado por otro pueblo mucho más reprobable, los caldeos (Hab. 1:12-17). Entiende bien que Judá sea castigada a causa de sus pecados (Hab. 1:2-4); pero ¿a manos de un poder que encarnaba lo más inhumano de la injusticia y la crueldad? A todo ello los caldeos unían una soberbia intolerable «haciendo de su fuerza su dios» (Hab. 1:11). ¿Acaso no era esto una provocación intolerable al soberano Señor de cielos y tierra? 

Y para hacer más incomprensible el curso de los acontecimientos, se destaca el hecho de que es Dios mismo quien los determina por expreso designio suyo (Hab. 1:5-6). ¿Cómo entender que el agente disciplinario que había de castigar a Judá fuera una nación horriblemente injusta, idólatra y brutal, infinitamente más pecadora que el pueblo escogido, aunque apóstata? A Habacuc no le cabe en la cabeza la idea de que un Dios santo tenga parte activa en semejante anomalía. De ahí su profunda desazón. Y su clamor, ante el que Dios calla. 

Un problema semejante se le planteó a Jeremías (Jer. 12:1). Es la cuestión que sigue turbando a muchos que observan con preocupación el curso de la historia contemporánea con sus páginas horriblemente estremecedoras.

El problema, en otro contexto y con matices distintos, sigue inquietando a muchos espíritus, desconcertados por lo que aparentemente es una incongruencia inconcebible: un Dios santo, justo, poderoso y bueno que calla inmóvil frente a graves males desencadenados por la perversidad humana. Todavía producen un estremecimiento de horror los solos nombres de Auschwitz, Hiroshima, Bosnia, Ruanda. Y ¿qué decir de la indignación que nos invade cuando vemos la suerte del mundo en manos de los poderosos, cegados por la ambición, carentes de escrúpulos, manipuladores de una globalización que hace mucho más ricos a los dirigentes de empresas multinacionales y deja en una mayor pobreza a los más desfavorecidos, que son millones?

«¿Hasta cuándo?» Dios no quiere dejar a Habacuc en la tortura de su incomprensión. Y finalmente rompe su silencio dando al profeta lecciones hondamente saludables. En primer lugar, el sufrimiento de Judá tiene un carácter justamente retributivo. Pese a que los caldeos, ejecutores del juicio divino, eran más dignos de castigo que el pueblo de Judá, Dios, en el ejercicio de su soberanía, va a usarlos como instrumento (Hab. 1:12). En segundo lugar, Dios hace saber a su siervo que el estado de cosas que le turba no va a durar siempre. 

En su momento, todo cambiará. Este cambio todavía tardará, pero -palabras de Dios- «aunque tarde, espéralo, porque sin duda vendrá... y sin retraso» (Hab. 2:3). En tercer lugar, Habacuc ha de saber que lo que debe hacer no es especular inútilmente, sino confiar y mantenerse fiel, pase lo que pase, dejándolo todo en las manos de Dios. «El justo por su fe vivirá» (Hab. 2:4). Al final todo resplandecerá con la gloria de Dios. A su debido tiempo los injustos tendrán su merecido (Hab. 2:6-20). Y el pueblo escogido será restaurado, ricamente bendecido por su Dios.


El profeta, impresionado por el mensaje recibido, ora con una súplica preciosa que todo creyente debería hacer suya (Hab. 3:2). Y la oración se convierte en visión arrobadora: la majestad de Dios y de sus obras proclaman su magnificencia y su soberanía (Hab. 3:3-16). Habacuc tiene bastante. Ya no le importa lo que pueda suceder, ni lo que de inexplicable pueda ver. Ahora descansa en Dios y aun en las circunstancias más adversas puede decir: «Con todo, yo me alegraré en Jehová; me alegraré en el Dios de mi salvación; Jehová el Señor es mi fortaleza; él me da pies como de ciervas y me hace caminar por las alturas.» (Hab. 3:18-19). Lo mismo puede decir todo creyente que, por encima de dudas y misterios de la providencia, confía plenamente en Dios.

Cuando los impíos interpretan erróneamente a Dios

Porque Dios no destruye de modo inmediato y fulminante a los malvados, muchos piensan que es indiferente a la conducta humana. No hace nada. No dice nada. Su palabra y sus actos pueden ser temibles; pero ¿quién temerá su silencio? Si pecados graves quedan impunes, ¿por qué no seguir pecando? Quienes así piensan no necesariamente son ateos declarados. Pueden, a su manera, creer en Dios con una mezcla de impiedad y religiosidad, pero su Dios es un Dios mudo. ¿Cómo reacciona ante la maldad de los hombres? ¡Calla!. Quizá está tan lejos en el cielo que no se entera de lo que acontece en la tierra. Los más inicuos pueden delinquir con frecuencia impunemente... y no pasa nada. Dios calla. Su silencio se prolonga...

Pero no siempre callará. Llegará el momento del juicio, cuando Dios dirá al impío: «Estas cosas hacías y yo he callado. ¿Pensabas que de cierto sería yo como tú? Pero te redargüiré y las pondré delante de tus ojos» (Sal. 50:21). En algunos casos el juicio de Dios es inmediato, como nos recuerda la muerte de Ananías y Safira (Hch. 5:1-11). Pero generalmente el ajuste de cuentas se reserva para el juicio final, «por cuanto (Dios) ha establecido un día en el cual va a juzgar al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos» (Hch. 17:31). En aquel día quienes enmudecerán confusos y atemorizados serán los que ahora viven a su antojo conculcando las leyes del soberano Dios.

Cuando Dios aflige a su pueblo

«¿Te quedarás quieto antes estas cosas, Señor? ¿Callarás y nos afligirás sobremanera?» (Is. 64:12).

Esta patética invocación brota del corazón de un pueblo abrumado por el peso de una convicción de pecado profunda. Ese pueblo, escogido por Dios para gloriosos destinos, ha sido extraordinariamente favorecido (Is. 64:3-5): amado, protegido, bendecido para ser bendición a los restantes pueblos de la tierra. Pero, lejos de mantenerse a la altura de la vocación con que Dios lo había llamado, Israel (Judá) ha provocado el enojo de Dios con sus pecados (Is. 64:5-7), lo que le acarrea destrucción, ruina, deportación, desastre total (Is. 64:10-12). 

Toda esta aflicción era merecida. Pero ¿se prolongaría indefinidamente? ¿Acaso el pecado del pueblo era mayor que la misericordia de Dios? Una oración ferviente sube a los cielos: «No te enojes sobremanera, Señor, no tengas perpetua memoria de la iniquidad» (Is. 64:9). ¿Habrá respuesta favorable a esta súplica? Durante un tiempo todo sigue igual, lo que promueve la duda y suscita el lamento de Is. 64:12 que encabeza este apartado.

Una vez más la aparente inacción de Dios y su silencio turban la fe y nublan la esperanza. Tal es la experiencia de innumerables creyentes que se ven inmersos en aguas profundas de tribulación. Unas veces porque, como en el caso de Israel y Judá, la acción disciplinaria del Padre celestial así lo exige (Heb. 12:5-11). Otras porque la fe ha de ser probada mediante el sufrimiento (1 P. 1:6-8). En algunos casos, incluso, a causa de nuestros errores y torpezas. Pero en todos los casos se puede tener la certidumbre de que el silencio y la aparente pasividad de Dios no durarán indefinidamente. él puede permitir que pruebas de diverso tipo nos aflijan, pero no más de lo que podamos soportar (1 Co. 10:13). En el momento oportuno intervendrá para convertir la turbación en paz, el dolor en gozo, la duda en plena certidumbre de fe.

Cuando los planes de Dios están velados

«Desde el siglo he callado, he guardado silencio, me he contenido; pero ahora daré voces...» (Is. 42:14).

Esta declaración de Dios es hecha en el contexto de la relación con su pueblo, cautivo en Babilonia desde hacía largo tiempo («desde el siglo...», como si al Señor le hubiese parecido una eternidad). Los años, las décadas, han ido sucediéndose monótonamente. En el ánimo de los deportados ya no hay expectativas luminosas. Sólo hay lugar para la nostalgia (Sal. 137:1). 

El futuro aparece lóbrego, sin motivo alguno de ilusión. ¡Penoso estado! Y Dios calla. Y no hace nada... Pero a duras penas; el lenguaje antropomórfico del texto sugiere la idea de que le había costado mucho a Dios mantener esa actitud («me he contenido»). Su mutismo y su quietud le exigían un verdadero esfuerzo. Pugnaban con su misericordia infinita.

Finalmente todo va a cambiar de modo súbito, como el alumbramiento de la mujer encinta (Is. 42:14).. Babilonia cae tras un periodo calamitoso (Is. 42:15). Los judíos pueden volver a su tierra. Dios está preparando para ellos un nuevo éxodo. Todo de acuerdo con su plan de restaurar a su pueblo en el marco de salvación llevada a efecto por el Siervo de Yahvéh» (Is. 42:1-4). Pero este plan de Dios está velado a los ojos humanos. Por eso el pueblo judío sufre, confuso y dolorido, entretanto dura el silencio divino, ajeno a la gran liberación que se aproxima. Pero ha llegado el momento, y ahora sí habla Dios: «Estas cosas les haré y no los desampararé» (Is. 42:16).

Siempre actúa Dios así. Desde los acontecimientos históricos más trascendentales hasta los más insignificantes, todo está perfectamente engarzado en los designios sabios y amorosos de Dios. Todo avanza hacia una nueva era en la que resplandecerán su gloria, su sabiduría y su poder en la realización de su plan de salvación. El creyente, instruido por lo que Dios ha revelado en su Palabra, conoce esa verdad y sabe que su presente y su futuro está en las manos del Padre Eterno. 

Pese a ello, en su experiencia personal, subjetiva, la oscuridad de una situación existencial penosa extiende el velo sobre su mente. Entonces, perplejo y abatido, no ve nada más que situaciones y hechos que comprometen la perfección de Dios. Pero el soberano Señor, a pesar de sus silencios y su inmovilidad aparentes, cumplirá sus propósitos, siempre sabios y henchidos de bondad. Así su pueblo verá reconfortado mutaciones maravillosas en su situación. La derrota se trueca en victoria; la humillación, en ensalzamiento; el sufrimiento, en gozo, «las tinieblas en luz» (Is. 42:16).

¿Por qué no alegrarnos ya hoy, sea cual sea nuestra circunstancia presente, aceptando anticipadamente lo que Dios determine para nuestra vida? ¿Por qué no alabarle gozosos con la visión de la fe? Recordemos de nuevo lo dicho a Habacuc: «Aunque la visión tarde en cumplirse, se cumplirá en su tiempo; no faltará. Aunque tarde, espérala, porque sin duda -y sin retraso- vendrá.»

José M. Martínez

Copyright © 2003 - José M. Martínez

 Copyright (http://www.pensamientocristiano.com)