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lunes, 7 de noviembre de 2022

La obra transformadora del Espíritu Santo en la vida personal (I)

 


La obra transformadora del Espíritu Santo en la vida personal (I)

“Dios se hizo hombre... no simplemente para producir mejores hombres de la vieja clase, sino para producir una nueva clase de hombre.” (C.S. Lewis)(1)

Convertirse en una nueva persona es el deseo profundo de muchos. A menudo oímos frases como “Ojalá pudiera empezar mi vida de nuevo”, o “cuánto me gustaría ser una persona diferente”. ¿Es esto posible? La respuesta es “sí”. La transformación está en el corazón mismo del Evangelio. Volver a empezar (un nuevo nacimiento) y ser transformados a la semejanza de Jesús (la santificación) son elementos esenciales de la vivencia cristiana.

Estamos ante una realidad apasionante y una gran bendición. Ser transformado por el Espíritu Santo constituye el meollo del discipulado y se convierte, además, en poderosa herramienta de testimonio. Magnífico... pero necesitamos abordar este tema con mucha sabiduría y, sobre todo, a la luz de las Escrituras. Como nos recuerda John Stott: “nunca debemos divorciar lo que Dios ha casado, es decir, su Palabra y su Espíritu. La Palabra de Dios es la espada del Espíritu. El Espíritu sin la Palabra no tiene armas, la Palabra sin el Espíritu no tiene poder”(2).

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2 Co. 5:17). Esta memorable afirmación de Pablo es a la vez punto de partida y resumen magnífico de nuestro tema. No podemos, sin embargo, interpretar este versículo caprichosamente. Si no lo entendemos bien puede causar más frustración que inspiración, más confusión que estímulo.

Algunos cristianos piensan que con el nuevo nacimiento pueden empezar de cero en todas las áreas de su vida. Les gustaría que el Espíritu Santo los cambiara de forma total e instantánea, borrando todo lo que no les gusta, ya sea en su temperamento, su personalidad o los recuerdos del pasado. ¡Esperan nacer de nuevo en un sentido casi literal! Por tanto debemos ser cuidadosos al adentrarnos en el tema.

Dios no nos promete eliminar un pasado doloroso o las limitaciones impuestas por nuestro temperamento y personalidad aquí en la tierra. El trabajo del Espíritu Santo dentro de nosotros no es destruir nuestro pasado sino construir nuestro presente y nuestro futuro, capacitarnos para vivir una nueva vida, la vida abundante de Jesús (Jn. 10:10). En este sentido, la paciente transformación del Consolador divino va mucho más allá de cualquier técnica o recurso humano porque no es algo natural, es sobrenatural. “La santificación sin la intervención de Dios es inimaginable. Con toda razón decía Pascal: Para hacer de un hombre un santo es absolutamente necesario que actúe la gracia de Dios, y quien duda de ello no sabe qué es un hombre ni qué es un santo”(3).

Tres preguntas nos guiarán para entender esta obra transformadora del Espíritu. En cada una de ellas veremos, a su vez, nuestra parte de responsabilidad en el proceso.

  • ¿Qué y para qué? La naturaleza y el propósito de la transformación. La necesidad de ser guiados por el Espíritu.
  • ¿Cómo y cómo puedo verlo? La dinámica y la evidencia de la transformación. La necesidad de permanecer en Cristo.
  • ¿Hasta dónde? Los límites y las frustraciones de la transformación. La necesidad de aprender aceptación.

Consideraremos también un obstáculo que dificulta nuestro progreso en el camino: “el espíritu de la época”, el molde social y cultural que se opone a la obra del Espíritu de Dios.

I - La naturaleza de la transformación: una metamorfosis divina

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Co. 3:18).

Nuestra primera pregunta, ¿para qué?, nos lleva a ver la naturaleza y el propósito de la transformación.

Cuando era niño me fascinaba la asombrosa transformación del gusano de seda en mariposa después de un tiempo escondido en el capullo. Había algo de misterioso y emocionante para la mente de un niño de 7-8 años en este increíble cambio. Cada invierno me ocupaba de los gusanos para luego ver con entusiasmo emerger la mariposa. A esta temprana edad aprendí mi primera lección de teología. Recuerdo a mi padre explicándome cómo este cambio se llamaba metamorfosis y que la misma palabra se usaba para otro cambio aún más fascinante: el cambio que el Señor Jesús hace en nosotros preparándonos para que un día en el cielo podamos estar con Él(4). Nunca olvidé la ilustración y desde entonces he recordado el significado y la meta de la transformación iniciada por Jesucristo y realizada por el Espíritu Santo.

¿Cómo se opera esta metamorfosis? Cuando nacemos del Espíritu recibimos la naturaleza de Dios (Jn. 1:13Jn. 3:6), somos participantes de la naturaleza divina (2 Pe. 1:4). Es como recibir el código moral y espiritual de Dios, “el ADN divino”. Esta naturaleza, sin embargo, “no significa que el creyente recibe una porción de divinidad, que es un poco Dios –idea platónica o gnóstica más que cristiana-, sino en el sentido de que participa de su santidad”(5). El Espíritu Santo no nos hace pequeños dioses, sino grandes imitadores de Dios y de Cristo (Ef. 5:11 Co. 11:1).

En esta transformación hay un elemento de misterio que trasciende nuestro razonamiento humano. Sabemos qué ocurre, pero ignoramos mucho del cómo ocurre tal como Jesús mismo le declaró a Nicodemo (Jn. 3:8). Wayne Grudem escribe: “La naturaleza exacta de la regeneración es un misterio para nosotros. Sabemos lo que sucede -el resultado- pero no cómo sucede ni qué hace Dios exactamente para darnos la nueva vida espiritual”(6).

Esta nueva naturaleza viene a ser como una semilla o un embrión que va creciendo hasta su pleno desarrollo. Es un proceso muy similar al crecimiento de un niño de modo que el propio Pablo usa esta metáfora: Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros (Gá. 4:19). Es un crecimiento hacia la madurez. De hecho, la palabra “maduro”, o “perfecto” -téleios- aparece numerosas veces en este contexto de transformación. Pero, ¿de qué tipo de madurez hablamos?

La respuesta a esta pregunta nos aclara el propósito del crecimiento: Somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor. El objetivo de nuestra transformación es ser más y más como Cristo cada día. La transformación es, en esencia, la formación del carácter de Cristo en nosotros. Somos llamados a ser como espejos que reflejan “la imagen de Cristo”.

Un ejemplo notable de este poder transformador lo vemos en el apóstol Pablo quien pasó de ser un perseguidor a ser perseguido. También los apóstoles fueron transformados de forma tan sorprendente después de Pentecostés que la gente se maravillaba y les reconocían que habían estado con Jesús (Hch. 4:13). La misma influencia transformadora ha continuado a lo largo de los siglos cambiando a millones de personas.

Esta transformación personal tiene, además, implicaciones comunitarias. Es un cambio individual, pero no individualista, va más allá de la esfera personal para influir en toda la sociedad. Por citar solo un ejemplo: el impacto social de la obra del Ejército de Salvación entre los marginados en Londres en el siglo XIX fue tan grande que Spurgeon afirmó: “Si el Ejército de Salvación desapareciera de las calles de Londres, cinco mil policías no serían suficientes para reemplazar su vacío en la prevención del crimen y la delincuencia”(7). Cientos de vidas fueron rescatadas del lodo de la marginación y cambiadas a la imagen del Señor Jesús.

Estamos, por tanto, ante una gran bendición, un enorme privilegio: “Sí, el mayor regalo que el cristiano ha recibido, recibirá o podría recibir es el Espíritu de Dios mismo”(8).

¿Y qué se espera de nosotros? ¿Qué hemos de poner de nuestra parte? La voluntad, el deseo genuino, de ser guiados por el Espíritu, «vivir (andar) por el Espíritu» (Ro. 8:14Gá. 5:161825). Como un velero despliega sus velas para ser llevado por el viento, así nosotros necesitamos dejarnos guiar por el viento del Espíritu.

II - Las evidencias de la transformación: un cambio en tres niveles

Nuestra segunda pregunta es ¿cómo? y ¿cómo puedo verlo?

¿Cómo? La dinámica de la transformación

La obra transformadora del Espíritu Santo es un proceso que ocurre en tres niveles:

  • Ser una nueva persona: Recibimos una nueva identidad expresada en un nuevo carácter (Gá. 5:22-23).
  • Ver desde una perspectiva diferente: Recibimos una nueva mente expresada en un nuevo propósito de vida.
  • Vivir una nueva vida: Tenemos una nueva ética expresada en un nuevo comportamiento. Creencia y vivencia son inseparables.

Ser, ver y vivir como Jesús se convierte en el núcleo y la meta de la obra transformadora del Espíritu Santo.

¿Cómo puedo verlo? Las evidencias de la transformación

Esta triple transformación se manifiesta de muchas maneras prácticas. Podemos resumir en dos las evidencias visibles de la santificación:

Recibimos un “nuevo corazón”: un cambio radical e integral. Algunos de estos cambios son inmediatos y totales, otros son progresivos y parciales, pero todos son radicales. Radicales en el sentido original de la palabra, es decir, llegan hasta las raíces de nuestra persona, afectan a cada “habitación” de nuestra vida. Se opera una transformación existencial, emocional y moral.

C.S. Lewis lo expresó de esta manera: “El hombre regenerado es totalmente diferente del no regenerado, ya que la vida regenerada, el Cristo que se forma en él, transforma toda su persona: su espíritu, alma y cuerpo”(9). Sin duda Lewis tenía en mente las palabras de Pablo: Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts. 5:23).

Ya en el Antiguo Testamento Dios mismo explica este cambio con una hermosa metáfora: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra (Ez. 36:26-27). Los nuevos nombres dados a Abraham, Jacob, Mateo, Pedro o Saulo, entre otros, simbolizan esta nueva persona resultante de su encuentro personal con Dios.

Recibimos ojos nuevosla mente de Cristo. A medida que el Espíritu Santo nos va cambiando somos capaces de mirar todas las cosas (y a todas las personas, incluidos nosotros mismos) con ojos nuevos porque las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas.

Esta nueva mirada es posible porque tenemos la mente de Cristo (1 Co. 2:16). La palabra mente aquí (nóos) no significa tanto pensar como percibir. Es una nueva percepción, una mirada nueva con ojos distintos. Cambia toda la perspectiva de la vida, nuestra cosmovisión. Pasamos a tener actitudes diferentes, nuevas prioridades, una nueva escala de valores, nuevas relaciones, una perspectiva de futuro llena de esperanza... todo se ve de forma diferente. El apóstol Pablo lo resume de forma muy precisa: andamos en novedad de vida (Ro. 6:4 RVR1977)(10).

¿Qué se espera de nosotros aquí? Necesitamos permanecer en Cristo. Estar en Cristo es la única condición (Jn. 15:4-5). Para ello contamos con dos grandes recursos que son la esencia de nuestro alimento espiritual:

  • La oración que nos permite cultivar la presencia de Dios.
  • Las Escrituras que nos permiten nutrirnos de la Palabra de Dios.

                                                 Pablo Martínez Vila

                                            pensamientocristiano.com

                                        (Usado con permiso de su autor)

                                                    Copyright © Pablo Martínez Vila

                                     

jueves, 22 de abril de 2021

Fija tus ojos en Cristo

 

«Fija tus ojos en Cristo»

Corriendo bien la carrera de la fe

por Pablo Martínez Vila

Lectura bíblica: Hebreos 12:1-3Hebreos 12:12-13



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                                                        Pablo Martinez Vila

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lunes, 27 de noviembre de 2017

"Palabras que riegan almas II"






Continuando la primer entrada, hoy pensemos  en las palabras que salen de tu boca, ¿Cómo está tu corazón?



¿Estás prestando atención a las cosas que estás dejando entrar en tu corazón?



Somos llamadas a estar en el mundo, pero no somos del mundo. Debido a quién somos, no deberíamos hablar igual que el mundo.



Estamos llamadas a ser diferentes.



Una forma de ser diferentes es por medio de nuestro hablar y creo que lo he repetido muchas veces.



La forma en la que hablamos a nuestro esposo, nuestros hijos, nuestros amigos o la señora del supermercado dice mucho sobre lo que está pasando en nuestro corazón.



Quiero desafiarlas hoy a ser más que mujeres que leen la Biblia, quiero que seamos hacedoras... ¡hacedoras de la Palabra de Dios!



Mujeres que ponen su fe en acción.



Una de las formas de hacer esto es controlando nuestras lenguas y cuidando lo que está llenando nuestro corazón.
Santiago 1:26 dice “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.”



Como mujeres cristianas, debemos ejercitar el control sobre nuestras lenguas... usar nuestras bocas para edificar a otros en lugar de destruirlos Efesios 4:29



¿Cómo podemos hacer esto?



1. Ora – pídele ayuda a Dios
2. Controla tu mente – pon atención a tus pensamientos.
3. Vigila lo que alimenta tu corazón - Películas, libros, blogs, programas de televisión, pensamientos.
4. Pon tu fe en acción – Sé intencional con tus palabras y céntrate en hablar cosas que edifiquen a otros, palabras amorosas, amables y misericordiosas.



Pon tu fe en acción, ¿en qué forma vas a ser intencional con tus palabras hoy, escogiendo edificar en lugar de destruir?



Aquí hay algunas ideas:



1. Desafíate a no decir ningún comentario negativo a tu esposo o a tus hijos hoy. Ora cada vez que quieras decir algo negativo.
2. Envía un mensaje o un email de ánimo a tu esposo diciéndole lo agradecida que estás por su vida, lo orgullosa ue estás por él...
3. Cuando pienses algo bueno sobre otro... ¡dilo! no te lo guardes.
4. Edifica a alguien hoy... la señora de la caja registradora, la mamá primeriza, tu vecina o alguien dentro de yu hogar.



Riega el alma de alguien hoy... ¡te sentirás muy feliz si lo haces!



Con amor y gratitud

Olimar

www.hechoencasabyoli.blogspot.com



lunes, 20 de noviembre de 2017

"Palabras que riegan almas I"





Cada día tenemos una oportunidad maravillosa...
Mañana tras mañana, Dios nos da la oportunidad de ser mujeres que hablan palabras de vida a nuestra familia y amigos.

Cada día tenemos la oportunidad de hablar cosas que:



• Edifican
• Animan
• Dan esperanza



Cada día tenemos la oportunidad de regar las almas de las personas a nuestro alrededor.
Cada día tenemos una elección.



¿Voy a edificar mi casa o a derribarla? Proverbios 14:1



Una de las formas de edificar nuestra casa está en las palabras que usamos.



Lucas 6:45 dice “de la abundancia del corazón habla la boca”



Mi pregunta hoy es ¿qué está llenando tu corazón?



Con amor y gratitud

Olimar

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lunes, 13 de noviembre de 2017

4 consejos para sobrellevar los dañinos malos entendidos.

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Sé que muchas veces somos víctimas de los dañinos malos entendidos, es horrible caer en esto nos hace sentir tan mal, tenemos una mezcla de sentimientos, pero no somos las únicas en el mundo, millones de personas pasan por similares situaciones, hoy veremos 4 consejos que nos ayudaran a superar los dañinos malos entendidos.



Si te preguntas ¿qué es un mal entendido? Te cuento que es una acción bien intencionada que sin embargo sale mal y causa dolor a alguien.



Todos hemos pasado por situaciones parecidas, quizá algunas más graves que otras, pero ¿Cuándo fue la última vez que tú dijiste algo o hiciste algo con la mejor de las intenciones y sin embargo todo salió tan mal y te arrepentiste de haberlo dicho o haberlo hecho? A lo mejor no fue hace mucho tiempo, porque los malos entendidos suelen ocurrir con bastante frecuencia.



Pero cuando uno es víctima de un malentendido queda malherido, porque inmediatamente uno es criticado o difamado o investigado, o como decimos familiarmente, uno se mete en un lío grande y sufre y ni sabe cómo solucionarlo.



A nadie le gusta pasar por esta situación y justamente de esto es de lo que se aprovecha el dañino mal entendido para lastimarnos, romper relaciones, acorralarnos y dominarnos. Este dañino nos lo recordará a cada instante diciéndonos ¿Ya ves lo que pasó? ¿Viste que por hacer bien saliste mal parada? No seas necia, la próxima vez no hagas nada aunque estés en condiciones de hacerlo, para que no pases vergüenza una vez más. Dominadas por este dañino, nos volvemos apáticas a las necesidades espirituales, emocionales y físicas de los demás. Decidimos que lo mejor será vivir nuestra vida sin pensar siquiera en los demás.



 Si llegamos a este estado, el dañino de los malos entendidos habrá logrado su cruel cometido.

Entonces  cómo conquistar a este poderoso y cruel dañino.



1-     Reconoce que tu no es el única que ha sido víctima de un mal entendido. No piense que hay algo raro en ti que hace que los demás no entiendan correctamente tus palabras o tus actos. No hay tal, todos nosotros somos víctimas del malos entendidos, porque lastimosamente es un mal universal. Una cosa es lo que pensamos, otra la que sale de nuestros labios, otra la que llega a los oídos de nuestro interlocutor y otra la que llega a la mente de nuestro interlocutor. Es la falencia de la comunicación y la fuente de todos los malos entendidos. La única forma de evitar malos entendidos sería dejando de hablar con todos. Pero trate de pasar una sola hora con otros sin decir una palabra. Verá que es imposible. Entonces es perfectamente posible que tú y yo y cualquier otra persona seamos mal entendidos. Los malos entendidos son como algunas bacterias en nuestro organismo. Tenemos que vivir con ellas.



2-      Entrega la situación a Dios. Dile al Señor en oración: Dios, aquí estoy otra vez. He sido mal entendida, me duele y  estoy tan herida. Tengo la razón pero nunca me lo creerían. Encárgate tú de poner en claro mi buena intención en todo este asunto. A veces ni vale la pena tratar de aclarar que tus intenciones fueron buenas. Los seres humanos sólo vemos las acciones, No podemos ver las intenciones del corazón.  Si tú entras al tortuoso camino de aclarar esto y aquello para que a todos les conste que tus intenciones eran buenas, sólo conseguirás hundirte más y más en el profundo pozo del mal entendido.



3-     Ora al Señor para que le dé sabiduría, discernimiento y tino para hacer o decir cosas. Antes de hacer o decir algo medite en la forma como lo va a hacer o en las palabras que va a decir, sé que no es fácil que solemos ser mujeres emocionales y rápidas para hablar, pero si por alguna razón sospechas que algo que desearías  decir puede prestarse para ser mal entendido, no lo digas, mejor callar. El hablar impulsivamente o el actuar impulsivamente nos puede conducir a los malos entendidos con mayor frecuencia y lastimosamente a mí me ha pasado en muchas ocasiones hemos oído múltiples de veces  el sabio consejo de “Piense antes de hablar” y yo agrego “Piense antes de actuar”, pero sé que no es fácil debemos trabajar en ello.



4-     Perdona y sigue amando como Jesús, pide perdón y si  a pesar de poner todo tu corazón y  empeño para arreglar mal entendido e igual lo has sido, no te desanimes, pon el asunto en la mano del Señor y sigue haciendo cosas buenas que agradan a Dios. ¡No te quedes atada por el dañino del malentendido, y sigamos adelante!



Con amor y gratitud.

Olimar

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lunes, 6 de noviembre de 2017

CAFÉ CON LECHE






Me encanta el café con leche, cada madrugada al levantarme es lo primero que hago en mi cocina, y luego disfruto de abrazar una taza de café con leche, hay algo relajante, reconfortante y acogedor en esa taza, es una sensación cálida en mis manos, hay frío, todo está en silencio y es justo el momento propicio para comenzar mi día con Dios.



Cada mañana debemos tomar una taza para recibir el ánimo que necesitamos esa dosis de vitalidad para comenzar tu día, hay diferentes tazas para animarnos y hoy te compartiré algunas de ellas.



* La taza de la alegría, esa que te hace sonreír y alabar a Dios por el nuevo día.

* La taza de la fuerza, esa que te levanta y da ánimo para seguir adelante, te revitaliza y da energías.

* La taza del reposo, esa que te da descanso,  donde el silencio te llena y te hace sentir tranquila.

* La taza del silencio, donde solo escuchas su voz apacible y serena que te llena de paz.



Estas tazas a menudo están acompañándome en la mesa o mi escritorio junto a mi Biblia, o en el sofá de mi sala donde puedo orar, leer y disfrutar de un bello tiempo a solas con Él Señor y mi taza de café con leche, ese es un tiempo único y maravilloso. 



Es un espectáculo muy común que acompaña mis mañanas en mí  tiempo a solas con el Padre ver en mi ventana a los pájaros que vienen y en ocasiones no solo cantan sino que intentan entrar a mi casa, y es esa escena que  sutilmente me recuerda lo hermoso y seguro que es estar  en comunión con Él, y tener una conversación más íntima con Dios,  me maravilla su creación, su bondad y amor, y eso me revitaliza. 



Sé que en ocasiones estamos débiles, nos sentimos frágiles y desvalidas,  y necesitamos la ayuda de Él quien es tan grande, poderoso y fuerte para sostenernos y es solo cuando venimos a su presencia que podemos sentirnos seguras por ello hoy te ánimo a que lo abraces a Él y sientas ese cálido abrazo lleno de amor y seguridad,  y puedas disfrutar de su dulce amor y serena paz.



Salmo 119:151

Cercano estás tú, oh Jehová

Y todos tus mandamientos son verdad.

Con amor y Gratitud

Olimar

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martes, 31 de octubre de 2017

MOSTRANDO AMOR

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La palabra de Dios me desafía a hacer lo mejor cada día. Estoy estudiando sobre cómo podemos velar por las necesidades de quienes tenemos a nuestro lado. Es hermoso ver a la luz de la Palabra de Dios el cuántas cosas podemos hacer por quienes están tan cerca de nosotros. ¿Te has puesto a pensar en esto?. Es allí cuando nos damos cuenta cuán egoísta hemos sido en ocasiones, pero ánimo, nunca es tarde.

Hoy podemos hacer algunas cosas para mostrar amor e interés por alguien.


1- Ora. ¡Si!  sé que puede sonar repetitivo pero lo más valioso para ayudar y alentar a otro es orar por esa persona en necesidad, poner su vida y necesidades delante de Dios es un regalo lleno de amor y gracia que podemos hacer y no nos cuesta nada.

      2-Hazle una llamada, no un wasap, ni un mensaje de texto, ni un mail, haz una llamada, no sabes lo especial y significativo que va a resultar, una llamada que le diga cuanto le amas y que le estas sosteniendo en oración, eso es de gran valor y animo al necesitado.

    3-Invítale un café y dale un gran abrazo, el contacto físico es algo que muchos anhelan, un abrazo y el mirar a los ojos es muy significativo y especial, prestar atención, oír y alentar con la Palabra de Dios puede ser el regalo que alguien anhele.
4-    Pregunta que puedes hacer para ayudar, no tienes que tener todo en tus manos para ayudar, pero te aseguro que lo poco en las manos de Dios es mucho, así que siempre podrás extender tu mano y dar algo de lo que Dios te ha dado a ti.





Este mundo está en gran necesidad, hay gente viviendo momentos muy dolorosos y tristes tiempos de desesperación y dolor y es allí cuando podemos amar como Jesús dando un poco de nuestro tiempo, de nuestro amor, de nuestro dinero si fuera necesario, siempre hay alguien a quien darle un poco de amor, entonces hoy mi amada lectora, ama como Jesús extendiendo tu mano, y alentando a otros.



No te niegues a hacer el bien a quien es debido, Cuando tuvieres poder para hacerlo.  No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, Y mañana te daré, Cuando tienes contigo qué darle.  No intentes mal contra tu prójimo, Que habita confiado junto a ti. Prv 3:27,29



Con amor y Gratitud

                                                    Olimar

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lunes, 17 de julio de 2017

Los silencios de Dios









«¿Hasta cuándo, oh Señor, clamaré y no oirás?» (Hab. 1:2)

Cuando parece innegable su pasividad moral

Ésta fue la causa de la perplejidad de Habacuc. El profeta se debate en un conflicto torturador ante la enigmática situación histórica que le tocó vivir. En su mente pugnan dos realidades aparentemente incompatibles. 

Por un lado, sabe que Dios es justo y todopoderoso y que con soberanía absoluta controla el curso de la historia. Por otro lado, ve cómo su pueblo (Judá), rebelde e inicuo, es castigado por otro pueblo mucho más reprobable, los caldeos (Hab. 1:12-17). Entiende bien que Judá sea castigada a causa de sus pecados (Hab. 1:2-4); pero ¿a manos de un poder que encarnaba lo más inhumano de la injusticia y la crueldad? A todo ello los caldeos unían una soberbia intolerable «haciendo de su fuerza su dios» (Hab. 1:11). ¿Acaso no era esto una provocación intolerable al soberano Señor de cielos y tierra? 

Y para hacer más incomprensible el curso de los acontecimientos, se destaca el hecho de que es Dios mismo quien los determina por expreso designio suyo (Hab. 1:5-6). ¿Cómo entender que el agente disciplinario que había de castigar a Judá fuera una nación horriblemente injusta, idólatra y brutal, infinitamente más pecadora que el pueblo escogido, aunque apóstata? A Habacuc no le cabe en la cabeza la idea de que un Dios santo tenga parte activa en semejante anomalía. De ahí su profunda desazón. Y su clamor, ante el que Dios calla. 

Un problema semejante se le planteó a Jeremías (Jer. 12:1). Es la cuestión que sigue turbando a muchos que observan con preocupación el curso de la historia contemporánea con sus páginas horriblemente estremecedoras.

El problema, en otro contexto y con matices distintos, sigue inquietando a muchos espíritus, desconcertados por lo que aparentemente es una incongruencia inconcebible: un Dios santo, justo, poderoso y bueno que calla inmóvil frente a graves males desencadenados por la perversidad humana. Todavía producen un estremecimiento de horror los solos nombres de Auschwitz, Hiroshima, Bosnia, Ruanda. Y ¿qué decir de la indignación que nos invade cuando vemos la suerte del mundo en manos de los poderosos, cegados por la ambición, carentes de escrúpulos, manipuladores de una globalización que hace mucho más ricos a los dirigentes de empresas multinacionales y deja en una mayor pobreza a los más desfavorecidos, que son millones?

«¿Hasta cuándo?» Dios no quiere dejar a Habacuc en la tortura de su incomprensión. Y finalmente rompe su silencio dando al profeta lecciones hondamente saludables. En primer lugar, el sufrimiento de Judá tiene un carácter justamente retributivo. Pese a que los caldeos, ejecutores del juicio divino, eran más dignos de castigo que el pueblo de Judá, Dios, en el ejercicio de su soberanía, va a usarlos como instrumento (Hab. 1:12). En segundo lugar, Dios hace saber a su siervo que el estado de cosas que le turba no va a durar siempre. 

En su momento, todo cambiará. Este cambio todavía tardará, pero -palabras de Dios- «aunque tarde, espéralo, porque sin duda vendrá... y sin retraso» (Hab. 2:3). En tercer lugar, Habacuc ha de saber que lo que debe hacer no es especular inútilmente, sino confiar y mantenerse fiel, pase lo que pase, dejándolo todo en las manos de Dios. «El justo por su fe vivirá» (Hab. 2:4). Al final todo resplandecerá con la gloria de Dios. A su debido tiempo los injustos tendrán su merecido (Hab. 2:6-20). Y el pueblo escogido será restaurado, ricamente bendecido por su Dios.


El profeta, impresionado por el mensaje recibido, ora con una súplica preciosa que todo creyente debería hacer suya (Hab. 3:2). Y la oración se convierte en visión arrobadora: la majestad de Dios y de sus obras proclaman su magnificencia y su soberanía (Hab. 3:3-16). Habacuc tiene bastante. Ya no le importa lo que pueda suceder, ni lo que de inexplicable pueda ver. Ahora descansa en Dios y aun en las circunstancias más adversas puede decir: «Con todo, yo me alegraré en Jehová; me alegraré en el Dios de mi salvación; Jehová el Señor es mi fortaleza; él me da pies como de ciervas y me hace caminar por las alturas.» (Hab. 3:18-19). Lo mismo puede decir todo creyente que, por encima de dudas y misterios de la providencia, confía plenamente en Dios.

Cuando los impíos interpretan erróneamente a Dios

Porque Dios no destruye de modo inmediato y fulminante a los malvados, muchos piensan que es indiferente a la conducta humana. No hace nada. No dice nada. Su palabra y sus actos pueden ser temibles; pero ¿quién temerá su silencio? Si pecados graves quedan impunes, ¿por qué no seguir pecando? Quienes así piensan no necesariamente son ateos declarados. Pueden, a su manera, creer en Dios con una mezcla de impiedad y religiosidad, pero su Dios es un Dios mudo. ¿Cómo reacciona ante la maldad de los hombres? ¡Calla!. Quizá está tan lejos en el cielo que no se entera de lo que acontece en la tierra. Los más inicuos pueden delinquir con frecuencia impunemente... y no pasa nada. Dios calla. Su silencio se prolonga...

Pero no siempre callará. Llegará el momento del juicio, cuando Dios dirá al impío: «Estas cosas hacías y yo he callado. ¿Pensabas que de cierto sería yo como tú? Pero te redargüiré y las pondré delante de tus ojos» (Sal. 50:21). En algunos casos el juicio de Dios es inmediato, como nos recuerda la muerte de Ananías y Safira (Hch. 5:1-11). Pero generalmente el ajuste de cuentas se reserva para el juicio final, «por cuanto (Dios) ha establecido un día en el cual va a juzgar al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos» (Hch. 17:31). En aquel día quienes enmudecerán confusos y atemorizados serán los que ahora viven a su antojo conculcando las leyes del soberano Dios.

Cuando Dios aflige a su pueblo

«¿Te quedarás quieto antes estas cosas, Señor? ¿Callarás y nos afligirás sobremanera?» (Is. 64:12).

Esta patética invocación brota del corazón de un pueblo abrumado por el peso de una convicción de pecado profunda. Ese pueblo, escogido por Dios para gloriosos destinos, ha sido extraordinariamente favorecido (Is. 64:3-5): amado, protegido, bendecido para ser bendición a los restantes pueblos de la tierra. Pero, lejos de mantenerse a la altura de la vocación con que Dios lo había llamado, Israel (Judá) ha provocado el enojo de Dios con sus pecados (Is. 64:5-7), lo que le acarrea destrucción, ruina, deportación, desastre total (Is. 64:10-12). 

Toda esta aflicción era merecida. Pero ¿se prolongaría indefinidamente? ¿Acaso el pecado del pueblo era mayor que la misericordia de Dios? Una oración ferviente sube a los cielos: «No te enojes sobremanera, Señor, no tengas perpetua memoria de la iniquidad» (Is. 64:9). ¿Habrá respuesta favorable a esta súplica? Durante un tiempo todo sigue igual, lo que promueve la duda y suscita el lamento de Is. 64:12 que encabeza este apartado.

Una vez más la aparente inacción de Dios y su silencio turban la fe y nublan la esperanza. Tal es la experiencia de innumerables creyentes que se ven inmersos en aguas profundas de tribulación. Unas veces porque, como en el caso de Israel y Judá, la acción disciplinaria del Padre celestial así lo exige (Heb. 12:5-11). Otras porque la fe ha de ser probada mediante el sufrimiento (1 P. 1:6-8). En algunos casos, incluso, a causa de nuestros errores y torpezas. Pero en todos los casos se puede tener la certidumbre de que el silencio y la aparente pasividad de Dios no durarán indefinidamente. él puede permitir que pruebas de diverso tipo nos aflijan, pero no más de lo que podamos soportar (1 Co. 10:13). En el momento oportuno intervendrá para convertir la turbación en paz, el dolor en gozo, la duda en plena certidumbre de fe.

Cuando los planes de Dios están velados

«Desde el siglo he callado, he guardado silencio, me he contenido; pero ahora daré voces...» (Is. 42:14).

Esta declaración de Dios es hecha en el contexto de la relación con su pueblo, cautivo en Babilonia desde hacía largo tiempo («desde el siglo...», como si al Señor le hubiese parecido una eternidad). Los años, las décadas, han ido sucediéndose monótonamente. En el ánimo de los deportados ya no hay expectativas luminosas. Sólo hay lugar para la nostalgia (Sal. 137:1). 

El futuro aparece lóbrego, sin motivo alguno de ilusión. ¡Penoso estado! Y Dios calla. Y no hace nada... Pero a duras penas; el lenguaje antropomórfico del texto sugiere la idea de que le había costado mucho a Dios mantener esa actitud («me he contenido»). Su mutismo y su quietud le exigían un verdadero esfuerzo. Pugnaban con su misericordia infinita.

Finalmente todo va a cambiar de modo súbito, como el alumbramiento de la mujer encinta (Is. 42:14).. Babilonia cae tras un periodo calamitoso (Is. 42:15). Los judíos pueden volver a su tierra. Dios está preparando para ellos un nuevo éxodo. Todo de acuerdo con su plan de restaurar a su pueblo en el marco de salvación llevada a efecto por el Siervo de Yahvéh» (Is. 42:1-4). Pero este plan de Dios está velado a los ojos humanos. Por eso el pueblo judío sufre, confuso y dolorido, entretanto dura el silencio divino, ajeno a la gran liberación que se aproxima. Pero ha llegado el momento, y ahora sí habla Dios: «Estas cosas les haré y no los desampararé» (Is. 42:16).

Siempre actúa Dios así. Desde los acontecimientos históricos más trascendentales hasta los más insignificantes, todo está perfectamente engarzado en los designios sabios y amorosos de Dios. Todo avanza hacia una nueva era en la que resplandecerán su gloria, su sabiduría y su poder en la realización de su plan de salvación. El creyente, instruido por lo que Dios ha revelado en su Palabra, conoce esa verdad y sabe que su presente y su futuro está en las manos del Padre Eterno. 

Pese a ello, en su experiencia personal, subjetiva, la oscuridad de una situación existencial penosa extiende el velo sobre su mente. Entonces, perplejo y abatido, no ve nada más que situaciones y hechos que comprometen la perfección de Dios. Pero el soberano Señor, a pesar de sus silencios y su inmovilidad aparentes, cumplirá sus propósitos, siempre sabios y henchidos de bondad. Así su pueblo verá reconfortado mutaciones maravillosas en su situación. La derrota se trueca en victoria; la humillación, en ensalzamiento; el sufrimiento, en gozo, «las tinieblas en luz» (Is. 42:16).

¿Por qué no alegrarnos ya hoy, sea cual sea nuestra circunstancia presente, aceptando anticipadamente lo que Dios determine para nuestra vida? ¿Por qué no alabarle gozosos con la visión de la fe? Recordemos de nuevo lo dicho a Habacuc: «Aunque la visión tarde en cumplirse, se cumplirá en su tiempo; no faltará. Aunque tarde, espérala, porque sin duda -y sin retraso- vendrá.»

José M. Martínez

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