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jueves, 15 de febrero de 2018

Recetas especiales con Olimar. -"Mermelada de Mango"-




Aprovechar las frutas de temporadas nos ayuda mucho en la economía, esta semana me trajo mi esposo unos mangos del árbol que está en la radio, allí hay un árbol cuyos mangos son muy ricos, así que  todos aprovechamos de disfrutarlos, yo  hice jugo de mango y una rica mermelada, no fue necesario esperar que estuvieran maduros pues estaban en el punto exacto para hacerla.

Es muy fácil y lleva pocos ingredientes.

1 1/2  Kg de pulpa de Mango
1/2  Kg de azúcar
El jugo de 1 limón

Puedes ponerle más azúcar unos 200 gr más pero a mí en lo personal me gusta así:

Pon los mangos  en una olla con abundante agua deja que hiervan de 12 a 15 minutos minutos, sácalos  y déjalos reposar para que pierdan el calor, luego sácales la piel es muy suave y fácil,  y ahora despúlpalos, deja limpia la semilla.

Coloca en una olla, la pulpa, el azúcar y agrega el jugo de 1 limón, ponlo a cocinar a fuego bajo, con una cuchara de madera mueves para que no  se  pegue,  su color será más intenso y  brillante y cuando le veas consistencia de mermelada lo sacas del fuego, luego lava y esteriliza unos frascos que  tengas guardados, envasa al vacío y si gustas decorarlos, con un pedazo de tela y una cinta, en mi caso yo tejí unos granny y los decore.

Si es tu gusto hacer el envasado al vacío aquí te dejo las indicaciones de cómo hacerlo.

Primero que nada, debemos tomar cada uno de los frascos aptos para envasar al vacío y meterlos dentro de una olla con agua hirviendo sin la tapa, luego los dejamos dentro unos minutos y los retiramos con mucho cuidado, después de esto podemos optar por que se sequen solos, para esto pueden ir en el horno pero tendríamos que dejarlos unos segundos, vertemos dentro nuestro producto, ponemos la tapa correspondiente y llevamos a baño María 1 o 2 minutos para que se cierre la burbuja de aire, entonces hemos terminado nuestro trabajo de envasar al vacío y empezar nuestro proyecto ya sea con fines lucrativos o simplemente para tener en casa algo más sano.


                                        

miércoles, 14 de febrero de 2018

Aceptando los "aguijones" de la vida. Parte 2b

Tenga preparada su biblia.  Ore antes de comenzar a leer este artículo. Marque las citas, respaldará lo aprendido. Dé gracias por lo Dios ha evidenciado en su vida y aplíquelo.  ¡Dios le bendiga!

Continuando... 

Aceptando los aguijones de la vida Parte (II b)

Hábitos positivos de pensamiento
¿Cómo podemos combatir estas pautas tan negativas? Recordemos la regla de oro de la terapia cognitiva: tal como pensamos, así sentimos; no son las circunstancias, sino las actitudes lo que nos hace felices o desdichados. Por ello necesitamos aprender preguntas estimulantes que produzcan respuestas positivas y, finalmente, sentimientos de esperanza. En mi experiencia de consejería con personas afligidas por aguijones hay cuatro preguntas sumamente útiles. Al exponerlas pensamos no sólo en los propios afectados, sino también en las personas que desean ayudarles.
1.- ¿Puedo hacer yo algo para cambiar o mejorar esta situación? ¿Hay algún remedio con el que pueda contribuir a aliviarla? Si es así, por pequeño que sea el paso inicial, empieza ya. A veces, pequeños cambios producen grandes modificaciones. No hay que ser demasiado ambicioso ni maximalista –«o todo o nada»- a la hora de empezar a actuar.
2.- ¿Qué tiene –o podría tener- de bueno esta situación? No son pocas las circunstancias de aguijón donde podemos descubrir aspectos positivos. Pero ten en cuenta que estos «beneficios secundarios» hay que buscarlos activamente; raras veces uno los encuentra «por casualidad». Recordaré siempre la ilustración de los buscadores de oro: las pepitas de oro se encuentran en medio del fango; no hay oro sin fango. Uno tiene que hurgar en medio de la suciedad del barro para hallarlas.
3.- ¿Qué puedo aprender? ¿En cuanto a mí mismo? ¿En cuanto a los demás? ¿Qué quiere Dios enseñarme en cuanto a su voluntad para mi vida? El valor pedagógico del sufrimiento es algo aceptado no sólo por los creyentes, sino también por todos aquellos que conocen bien los entresijos del alma humana: pedagogos, psicoanalistas, escritores etc.
4.- ¿Hay algo o alguien por lo que puedas estar agradecido? Busca motivos de gratitud a Dios o a los demás en medio de tu agujón. Normalmente las circunstancias de sufrimiento son una oportunidad formidable para el amor y la solidaridad. Una de las peores catástrofes naturales de la humanidad en los últimos siglos -el tsunami, maremoto que causó 250.000 víctimas– dio lugar a la mayor manifestación de solidaridad conocida en la Historia.

El sótano y el ático de la vida. David, un ejemplo a imitar.

Todos tenemos en nuestra mente algo así como dos «habitaciones»: un sótano y un ático. En el sótano, el piso más bajo de un edificio, sólo hay oscuridad, humedad y algún que otro ratón. No es agradable estar en el sótano. El ático, por el contrario, es el lugar con más sol y luz de toda la casa, bien ventilado, un sitio muy apreciado porque se está bien allí. En el sótano de nuestra mente es donde encontramos todos los problemas, los pensamientos tristes y las preocupaciones. Es la dimensión oscura de la vida; es real, existe, todos tenemos un sótano. Pero, gracias a Dios, hay también un ático donde encontramos los motivos de alegría, de gratitud, las cosas buenas de la vida, las grandes y pequeñas ilusiones. ¿Por qué muchas personas se empeñan en bajar con tanta frecuencia al sótano, incluso se quedan allí mucho tiempo? ¿Tanto cuesta subir al ático y llenar nuestra mente de luz, de aire fresco y de gratitud?
En el Salmo 103, el salmista nos da un ejemplo formidable de cómo se sube al ático de la vida y repasa una a una las bendiciones que Dios le ha dado. No olvidemos que David sufrió una opresora experiencia de aguijón de parte de una persona, Saúl, que le persiguió durante 18 años para matarle. David tenía muchos motivos para quejarse al Señor y lamentar, como en realidad hace en algunos de sus salmos. Y sin embargo, cuán luminosas y estimulantes son aquí sus palabras:
«Bendice, alma mía, a Jehová,
Y bendiga todo mi ser su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Jehová,
Y no olvides ninguno de sus beneficios.
El es quien perdona todas tus iniquidades,
El que sana todas tus dolencias;
El que rescata del hoyo tu vida,
El que te corona de favores y misericordias;
El que sacia de bien tu boca
De modo que te rejuvenezcas como el águila.» (Sal. 103:1-5)
Observemos cómo el salmista, en un espontáneo ejercicio de terapia cognitiva, dialoga consigo mismo y le envía a su mente mensajes de estímulo y de esfuerzo: «bendiga todo mi ser su santo nombre» y «no olvides ninguno de sus beneficios». De hecho, si apuramos nuestra ilustración, bajar siempre requiere mucho menos esfuerzo que subir. Por ello David empieza esta oración antológica que es el Salmo 103 haciendo un esfuerzo por subir al ático de su vida y descubrir los innumerable motivos de alabanza y gratitud que tenía para con Dios.
Cuánto necesitamos todos aprender de David, tanto los que viven afligidos por una experiencia de aguijón como los que no. Subir al ático de nuestra mente y evitar en lo posible instalarnos en el sótano es la mejor manera para poder exclamar «Bendice alma mía al Señor... y no olvides ninguno de sus beneficios». En el camino de la aceptación éste es un paso imprescindible.
La diferencia entre una vida plena y una vida amargada no radica tanto en las circunstancias del entorno, sino en las actitudes del corazón.

                                   Pablo Martínez Vila

                                      Copyright © 2006 - Pablo Martínez Vila

                    (http://www.pensamientocristiano.com).

lunes, 12 de febrero de 2018

Aceptando los "aguijones" de la vida- Parte 2a

Tenga preparada su biblia. Ore antes de comenzar a leer este artículo. Marque las citas, respaldará lo aprendido. Dé gracias por lo Dios ha evidenciado en su vida y aplíquelo.  ¡Dios le bendiga! 


Continuamos...

Psicología y Pastoral

Aceptando los «aguijones» de la vida (II)

En la primera parte de este tema consideramos el primer ingrediente de una aceptación genuina: aprender a ver diferente. Pasamos ahora al segundo aspecto que nos lleva a poder aceptar nuestros aguijones.

2.- Aprender a pensar diferente. Como se piensa, así se siente.

«Llevando cautivo todo pensamiento... a Cristo» (2 Co. 10:5)
Una herramienta imprescindible para llegar a ver diferente radica en aprender a pensar diferente. Como decíamos antes, estas facetas ocurren de forma simultánea, no consecutiva. El principio esencial aquí es: lo que sentimos depende en gran manera de lo que pensamos. Lo importante en nuestra vida no es lo que nos pasa sino cómo lo interpretamos, lo que pensamos en cada momento. En otras palabras, no puedes controlar lo que te sucede, pero sí puedes decidir cuánto te afecta. Si logramos entender y aceptar esta realidad, podremos empezar a controlar nuestras emociones mucho mejor de lo que habíamos imaginado. Por ello vamos a explicar con detalle por qué hacemos esta afirmación que es vital en el proceso de aceptación de un aguijón.
Ante todo, veamos el mecanismo psicológico. El pensamiento viene antes que la emoción y es lo que nos hace sentir bien o mal, afortunados o desdichados. Mis emociones vienen determinadas por mi forma de pensar. Por esta razón ante un mismo acontecimiento, las personas reaccionan de muy diversas formas, porque lo interpretan de manera distinta. Observemos esta frase: «No puedo soportarlo más; me está amargando la vida y, además, esto será para siempre». Estas palabras de un hombre de mediana edad con una diabetes que le afectaba la vista y le impedía desarrollar su trabajo habitual reflejan sus sentimientos, muy negativos, ante el aguijón. Sí, los pensamientos son los responsable de nuestras emociones. Una ilustración nos ayudará entenderlo: mi personalidad es como un jardín en el que planto constantemente semillas, los pensamientos. Según la semilla, así será la planta. Puede ser un pensamiento de ánimo y entonces me hará sentir bien, o puedo sembrar ideas pesimistas, desalentadoras y me causarán desazón. Aun sin darme cuenta, le estoy enviando a mi mente mensajes todo el tiempo que influyen mucho en mi estado de ánimo, mi calidad de vida e incluso en mi salud.
La conclusión es obvia: ser felices o desdichados, en gran manera, depende de nuestra reacción ante la desgracia. En esta reacción contamos con una poderosa herramienta, el cerebro, que podemos poner a nuestro favor como un aliado o en contra nuestra como un enemigo. Elegir entre una u otra opción va a influir decisivamente en la aceptación de mi aguijón. Por tanto, una parte clave en el proceso de aceptación radica en una decisión mía, no en el acontecimiento adverso que me «abofetea». De la misma manera que el amor implica sentimientos, pero en último término es un acto de la voluntad, algo similar ocurre con la aceptación. Por tanto, si aprendemos a controlar nuestros pensamientos, podremos controlar mucho mejor nuestras emociones. En palabras de un psicólogo contemporáneo, «la actitud es el pincel con el que la mente colorea nuestra vida».

La terapia cognitiva en la Biblia.

Este principio básico -lo que sentimos depende en gran manera de lo que pensamos- ha dado lugar en psicología a la llamada terapia cognitiva. Consiste en sustituir los pensamientos negativos o distorsionados –llamados creencias erróneas- por pensamientos positivos, adecuados a la realidad y generadores de emociones positivas. Este proceso de «re-aprender a pensar» se parece al aprendizaje de una lengua extranjera: hay que practicarlo, requiere voluntad y no es instantáneo. Para nosotros, como creyentes, es muy interesante descubrir que la terapia cognitiva no es un invento de la psicología moderna, sino que ¡ya el apóstol Pablo la recomendaba a los lectores de sus cartas hace 20 siglos! Hay dos pasajes sobresalientes al respecto en 2 Corintios y en Filipenses.
Analicemos en primer lugar el pasaje de Corintios: «Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Co. 10:5).
La terapia cognitiva según Pablo la describe tiene estas características:
Requiere un esfuerzo. La idea de «llevar cautivo» implica una lucha previa. Uno debe pelear contra los pensamientos negativos, desarmarlos y hacerlos prisioneros o cautivos. Todo ello excluye una actitud pasiva, hay que esforzarse, y aquí la voluntad juega un papel clave. Uno de los mejores aliados del pesimismo –el pensamiento negativo- es la indolencia, la falta de esfuerzo que es caldo de cultivo para la autocompasión y la amargura.
El destinatario es Cristo y la meta la obediencia. El siguiente paso después de dominar y hacer cautivos mis pensamientos negativos es presentarlos a Cristo. Aquí la terapia cognitiva practicada por un cristiano se diferencia radicalmente del enfoque humanista. Tiene una meta muy precisa: Cristo. El control del pensamiento no busca sólo ni en primer lugar mi beneficio personal. Lograr la paz mental es legítimo tal como el mismo Pablo lo expresa en Fil. 4:7. Pero esta paz que «sobrepasa todo entendimiento» no es la meta de la terapia cognitiva en el creyente, sino una de sus efectos beneficiosos. La meta es una mayor obediencia a la voluntad de Dios. Es muy importante esta diferencia porque nos recuerda que la santidad viene antes que la felicidad; el propósito de la vida del discípulo es agradar y obedecer a Dios, no estar cada día mejor. Para el cristiano la práctica de la terapia cognitiva es teocéntrica, está centrada en Dios, y no en el hombre. Además huye del hedonismo contemporáneo que hace de mi felicidad la meta suprema de todo.
El pasaje de Filipenses, un formidable resumen de terapia cognitiva, viene a ser una perla inestimable para la paz del creyente. Es casi imposible llegar a una aceptación plena de cualquier aguijón sin aprehender y practicar el mensaje contenido en este memorable pasaje.
«Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.» (Fil. 4:8)
Queremos destacar los siguientes aspectos:
Los ocho elementos de la lista tienen una clara connotación moral. Afectan no sólo mi ánimo o sentimientos, sino mi conducta. El beneficio no es sólo psicológico –relax mental, un efecto ansiolítico-, sino ético. En la medida que yo cultive –«pensar en»- esta lista de virtudes, estaré influyendo también en los demás, afectará no sólo mi mente, sino también mi conducta y mis relaciones. De nuevo, aquí la terapia cognitiva bíblica se aleja del enfoque egocéntrico y hedonista que ya hemos apuntado, tan propio de nuestra sociedad y de las populares modas de autoayuda.
El verbo «pensar» (logizomai) no significa tanto tener en mente o recordar, sino sobre todo reflexionar, ponderar el justo valor de algo para aplicarlo a la vida. De manera que su efecto positivo no es fugaz, un breve rato de «meditación trascendental» que me ayuda a relajarme, sino que afecta a mi vida de forma profunda y duradera. Es un hábito que moldea mi conducta.

La paz de Dios, beneficio último de la terapia cognitiva

La introducción al versículo 7 objeto de nuestro análisis no puede ser más extraordinaria: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones en Cristo Jesús» (Fil. 4:7). Para los hebreos, el shalom es una paz completa, que afecta a toda la persona, mente, cuerpo y espíritu (en realidad, la OMS –Organización Mundial de la Salud– se ha inspirado en el concepto bíblico hebreo de paz para su definición salud). Pues bien, dice Pablo, esta paz es de Dios, viene de él, y su resultado cardinal es que nos mantiene «guardados» –cobijados- en Cristo Jesús. La paz de Dios no es tanto un sentimiento como una posición existencial. Hay una relación inseparable entre la paz de Dios y el Dios de paz.

La terapia cognitiva aplicada al aguijón

Vamos a identificar, en primer lugar, cuáles son los hábitos de pensamiento negativo más frecuentes en la persona afligida por un aguijón.. Ante la adversidad, la persona suele darse tres explicaciones:
1.- La culpa es mía. Se busca una causa personal a la adversidad. Culpabilizarse es una reacción propia del duelo que desaparece con el tiempo.
2.- No va a cambiar nunca. El aguijón será permanente. No se ve ninguna luz en el futuro; todo parece negro. Es como si el mundo se acabara.
3.- Va a arruinar toda mi vida. Sus efectos son globales, afectan todas las áreas. Estoy incapacitado para hacer nada.
Darse uno mismo estas explicaciones personalespermanentes y globales para las cosas malas que le suceden en la vida constituye el mejor camino para destrozar la autoestima y producir un sentimiento de derrota e impotencia. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo luchar contra estos hábitos negativos de pensamiento?

Continuará...

Pablo Martínez Vila

Copyright © 2006 - Pablo Martínez Vila

(http://www.pensamientocristiano.com).


jueves, 8 de febrero de 2018

Recetas especiales con Olimar. - "Pasti Seca"-

                                                   Fotografía de Olimar Pirela

Hoy les voy a compartir una receta que por mucho tiempo quise aprender, cuando me la daban no me gustaba tan solo al leerla, como yo sé hacer galletas, el sentido común me decía que no era la ideal, siempre pensé que algo le faltaba, o era exagerado el nivel de líquido, e incluso en una oportunidad hice una receta que me parecía más coherente y al hornear se hizo una sola galleta gigante y obvio me sentí frustrada, pero hace poco tiempo logré hacerla muy a mi estilo pero con éxito, aunque me faltó sumergirle una parte en chocolate, el sabor es maravilloso, en cuanto tenga chocolate temperado lo haré y compartiré, pero ahora si tienes una reunión y quieres llegar con algo para compartir, es ideal esta receta, o simplemente como en mi caso quise consentir a mi esposo, la haces y listo, es rápido y usa pocos ingredientes.

Ingredientes

200 gramos Harina
1 Clara de huevo
100 gramos de Azúcar glass
1 cucharadita de Vainilla o esencia de almendras
160 gramos de Mantequilla o margarina

Modo de preparación.

En la batidora cremas la mantequilla y el azúcar, hasta que lo veas que aumentó el volumen le agregas luego la clara del huevo la harina bajando la velocidad, integras bien y agregas la esencia a tu gusto, quedará con una textura cremosa y muy suave, lo colocas dentro de una manga pastelera grande con una boquilla de estrella semicerrada, y sobre una bandeja engrasada y enharinada haces la forma que desees, yo hice corazones, bastones y círculos, como vez en la imagen, lo llevas al frízer una media hora y lo horneas a 160 a 180 grados depende de lo fuerte de u horno por solo 10 minutos, o hasta que veas los bordes dorados, tienes que estar allí vigilante si no conoces bien el horno, porque un minuto hará que se pasen de cocción y color, y listo a disfrutar de esta maravillosa galleta de pasta seca como le decimos en Venezuela-

Tips-

Puedes agregar coco seco, yo lo hice también con esencia de coco y quedaron deliciosas, también puedes sustituir la harina por harina de almendras y la esencia igual quedara maravillosamente más suaves.

Si tienes chocolate temperado, derrite un pequeño trozo en el microondas dando dos toques de 30 segundos por separado dependiendo de lo que vas a temperar, mueve con cuchara para ver la consistencia sumerge la mitad de la galleta y sobre una rejilla la dejas reposar, así quedara igual a las que venden en las pastelerías.

Recuerda por último que el éxito de tus recetas dependerá de que respetes las porciones de los ingredientes y uses las medidas de repostería, siempre que le doy la receta a alguien le digo que no es taza de café o cucharadita de postre, así que, si te gusta la repostería, invierte un poquito de dinero en un juego de tazas de medir, uno de cucharas y un peso pequeño de cocina, es muy útil.


                                       

                            http://hechoencasabyoli.blogspot.com/2017/10/pasti-seca.html 

miércoles, 7 de febrero de 2018

Aceptando los "aguijones" de la vida (Ib)

Psicología y Pastoral

Continuamos con:

Aceptando los «aguijones» de la vida (Ib)


Los ingredientes de una aceptación genuina

Apuntábamos al principio que todos somos distintos a la hora de afrontar la adversidad. Hasta cierto punto esta diferente forma de reaccionar constituye como una radiografía bastante fiable de nuestro carácter, pero también de nuestra filosofía de vida e incluso de nuestra madurez cristiana. Con ciertas matizaciones podríamos parafrasear el refrán y afirmar: «dime cómo reaccionas ante la adversidad y te diré qué tipo de persona eres». Nos referimos en especial a la reacción a medio y largo plazo, no a la sorpresa y el estupor iniciales que forman parte de las respuestas naturales de la persona. Así pues, la experiencia de aguijón nos proporciona una excelente oportunidad para descubrir facetas nuevas de nuestro carácter y «bucear» en nuestra vida de maneras que nunca habríamos logrado de no mediar la experiencia de aguijón. Ello es así porque el sufrimiento crónico contiene una enorme fuerza dinamizadora desde el punto de vista tanto emocional como espiritual.
Volvamos a nuestra pregunta inicial. ¿Por qué la gente reacciona de forma tan diferente e incluso paradójica ante el aguijón? La respuesta nos introduce a un principio cardinal: el ser feliz o desdichado no depende tanto de las circunstancias, sino de nuestra actitud ante estas circunstancias. Como decía el filósofo de la antigüedad Epicteto: «El hombre no se ve distorsionado por los acontecimientos, sino por la visión que tiene de ellos». Por supuesto que este principio requiere matizaciones: hay situaciones de sufrimiento crónico, aguijones que martillean hasta horadar el alma y hacen difícil, a veces muy difícil, avanzar en el camino de la aceptación. No podemos caer, como ya hemos visto, en un triunfalismo fácil o en una versión moderna de estoicismo que acaba irritando más que consolando. Pero, sin duda, la clave en cualquier acontecimiento adverso radica más en el corazón que en el aguijón; nuestra actitud es mucho más influyente y decisiva, a la larga, que la fuerza desmoralizante y devastadora del aguijón. De antemano, nadie está derrotado ante el golpe del trauma; nadie está, a priori, destinado a sucumbir ante las adversidades.
La aceptación es un proceso de transformación interior que se desarrolla en tres niveles de la persona. De hecho, son facetas interdependientes, constituyen como un racimo. Cada uno de ellas implica un aprendizaje que se realiza de forma simultánea en los tres frentes.
1.- Aprender a ver diferente
2.- Aprender a pensar diferente
3.- Aprender a vivir diferente

1.- Aprender a ver diferente - El contentamiento

«He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación» (Fil. 4:11)
El primer ingrediente de la aceptación está relacionado con mi forma de mirar el aguijón y desde el aguijón, la perspectiva que se abre tras el golpe del trauma inesperado. Es indudable que la persona afligida por un acontecimiento adverso no ve el mismo paisaje de antes en su vida; muchas cosas han cambiado; a veces, incluso «parece como si todo fuera distinto». Pero igualmente cierto es que necesito descubrir rayos de luz en la oscuridad de este nuevo paisaje. Son aspectos inéditos que se abren ante mis ojos y que me ayudan a luchar mejor o hacen más llevadera la carga.
El elemento clave para llegar a ver diferente es el contentamiento. A fin de profundizar en este concepto vamos a centrarnos en un pasaje donde el apóstol Pablo pronuncia una lección magistral sobre el contentamiento, y lo hace desde la cárcel de Roma y en peligro franco de muerte; no se dirige a sus lectores desde una posición de tranquila comodidad, sino desde la angustia de una situación profundamente turbadora.

La naturaleza del contentamiento

¿Qué quería decir Pablo al afirmar «he aprendido a contentarme»? La palabra original -autarkeia- nos da mucha luz sobre su significado: implica no depender de, estar por encima de las circunstancias; su énfasis está en la autonomía, en no quedar ligado a los acontecimientos o problemas. Si no se logra un mínimo de contentamiento, nuestro ánimo va a depender por completo de las circunstancias, buenas o malas y entonces la vida se convierte en un auténtico tiovivo emocional con bruscas oscilaciones desde la euforia a la oscuridad más cerrada. Es como si a un coche le fallan los amortiguadores. Cualquier bache, por pequeño que sea, se notará en gran manera. Muchas personas viajan por la vida sin «amortiguadores» porque no han aprendido esta actitud del contentamiento. El secreto del contentamiento, por tanto, radica en lograr cierta «independencia» de los acontecimientos vitales y no quedar atrapados por ellos.
¿Cómo conseguirlo? ¿Qué hemos de aprender a ver diferente? El aprendizaje se realiza en dos niveles: por un lado, la dimensión horizontal, hemos de tener una visión adecuada del aguijón; por otro lado, la dimensión vertical, necesitamos una visión adecuada de Dios en medio de la experiencia del aguijón. Vamos a desglosar estos dos aspectos en tres propuestas concretas:
Ver el aguijón desde la perspectiva adecuada. Se trata de encontrar la distancia correcta entre lo que nos sucede y cómo nos afecta. La palabra clave aquí es distancia, porque la distancia nos permite una visión más objetiva y más global. Una ilustración nos ayudará a entenderlo. Si estoy perdido en un bosque, la mejor manera de encontrar la salida es buscar un lugar alto que me permita contemplar la situación desde una perspectiva diferente. Cuanto más me interne en la espesura de la arboleda, tanta más dificultad para hallar el camino. ¿Cuál es el equivalente de internarse en el bosque buscando infructuosamente una salida? La introspección. La introspección, valga esta sencilla comparación, es como la sal en la comida: un poco es conveniente porque nos ayuda a escuchar nuestras voces interiores y desarrollar la capacidad de reflexión. Ello, en último término, facilita la asimilación del aguijón, lo cual es altamente deseable. Pero hurgar todo el tiempo en nuestro interior nos lleva a extraviarnos en un laberinto de sensaciones, sentimientos y dudas angustiantes. De un exceso de introspección sólo surgen «¿por qués?». Esta capacidad de «subir» al lugar alto es la que viene expresada por la palabra «superar» –del latín supra, arriba. Cuando salgo del bosque y busco un lugar alto, me estoy «superando». Superar una adversidad o problema no es tanto solucionarlo, sino ser capaz de contemplarlo «desde arriba». Esta nueva visión del aguijón es el primer paso para experimentar la paz aun en medio de la tormenta, como veremos un poco más tarde.
Ver lo esencial por encima de lo circunstancial. Esta segunda dimensión es resultado de la anterior. Cuando logro subir al lugar alto y contemplar el aguijón desde una distancia correcta, se abre a mis ojos una perspectiva panorámica de toda la vida. Mi visión se agranda, el horizonte es mucho más amplio, el pasado y el futuro cobran un significado distinto porque ya no estoy encerrado en un presente que oprime hasta aplastar. Descubro que el paisaje es mucho más variado y rico de lo que yo sentía encerrado en la oscuridad de mi aguijón. Sobre todo, me ayuda a poner en su lugar lo que es realmente importante en la vida. Redescubro los verdaderos valores, lo esencial, aquello que está por encima de lo contingente. Veo que el aguijón puede quitarme partes importantes de mi vida, pero es mucho mayor la parte que aún me queda. Nos permite llegar a sentir como el periodista tetrapléjico: sí, he perdido algo, pero sigo siendo millonario.
Vislumbrar a Dios más allá del aguijón. Otra de las realidades que descubro en el contentamiento, a medida que voy logrando esta visión nueva, es la presencia de un Dios que al principio parecía lejano, tan lejano que quizás le confundimos con un fantasma como les ocurrió a los apóstoles. Cuando en aquella oscura noche de tormenta en el mar de Galilea Jesús vino a ellos andando sobre las aguas, pensaron que era un fantasma. Jesús estaba con ellos y por ellos, pero su ansiedad les impedía percibir la realidad de forma adecuada. Tan grande era su angustia, tan prolongado su sufrimiento después de remar toda la noche en medio de circunstancias adversas, que su capacidad de percepción estaba embotada (shut down). Así ocurre muchas veces con las experiencias de aguijón en las primeras etapas. Pero poco a poco aprendo a ver que Dios no está tan lejos como yo sentía, ni es un fantasma desconocido, sino el Jesús sufriente que viene andando, me da palabras de ánimo y me coge fuertemente de la mano para que no me hunda.
No confundir a Dios con un fantasma y poder llegar a percibir su voz en medio del aguijón constituye probablemente el aspecto más difícil de la aceptación. Lograr ver a Dios más allá del aguijón genera una confianza serena, profunda. Si Dios no es un fantasma lejano, sino el Cristo cercano que ha sufrido mucho más que yo, entonces aprendo que nada ocurre en mi vida sin su conocimiento y su control. Si él ve y conoce mi situación, entonces yo debo mirarla desde la óptica divina tanto como me sea posible. Ello me permite desligarme de la estrechez de mi visión y amplía mi horizonte. Este «paisaje» nuevo, desde la perspectiva de Dios, me libra de la amargura, del resentimiento y de la sensación de injusticia y esterilidad de muchas situaciones. Pero aun va más lejos; la aceptación implica creer que Dios puede sacar provecho de cualquier situación para transformarla en un bien para su gloria o incluso para mi propia vida.

Pablo Martínez Vila

Copyright © 2006 - Pablo Martínez Vila 

(http://www.pensamientocristiano.com).

lunes, 5 de febrero de 2018

"Pastelería con Manuel Oviedo ".

Nuestro hermano "Manuel" nos invita a aprender a preparar juntos
 esta exquisita receta.
¡Dios les bendiga y que les quede deliciosa!


Torta de chocolate
300 cc de leche liquida entera
300 gr de azúcar granulada
560 gr cobertura de cacao amargo
(entre 40 a 60% de cacao)
8 hojas de colapez (láminas de gelatina)
1 litro de crema liquida, origen animal
1 biscocho de chocolate
para una torta de 20 personas
Almíbar, remojo o algún líquido
a gusto para mojar la torta.



Preparación
Calentar a fuego suave la leche con el azúcar granulada, hasta que llegue a punto de ebullición, en ese  momento retirar del fuego y agregar la cobertura picada, mezclar hasta que esté totalmente incorporada y se torne una mezcla homogénea, en ese momento se agregan las hojas de gelatina que están previamente hidratas en agua fría, dejar reposar hasta que esta mezcla tome temperatura ambiente, cerca de una hora; es posible adelantar este proceso con la ayuda de hielo o en refrigeración pero es muy importante, mantener esta temperatura de templado o ambiente, ya que al enfriarse corre el riesgo de que se corte el mousse, y no es bueno para conseguir una buena y deliciosa torta.

El siguiente paso es batir la crema hasta un punto de ¾ o hasta que comience a ser marcadas las batillas de la batidora en la crema, y en ese momento mezclar a la mezcla de chocolate y en forma envolvente mezclar ambas preparaciones hasta que quede uniforme y homogénea.

El biscocho es muy importante dividirlo en 4 partes iguales, tener un molde de torta e intercalar una capa de biscocho con una capa de mousse de chocolate, embebiendo cada capa de biscocho con almibar; para facilitar el decorado de la torta es muy importante quede cubierta con mousse y si queda de esta mezcla, se puede enfriar para que pueda ser utilizada en la decoración.


Lo ideal es hacer esta torta de un día para otro, para que los sabores se concentren muy bien y la humedad se reparta de manera homogénea en toda la torta.

Esta es una torta muy simple de realizar, para todos aquellos que son amantes del chocolate, es una de las recetas más simples y sabrosas de mousse de chocolate; y puede variar su aplicación, llenando vasitos o utilizándola para algún relleno de pastelería.

Es tan noble esta receta que resiste muchas aplicaciones en sabores, es posible mezclarlo con frutas del bosque, praliné, nougat, licores o también alguna infusión la cual se debe incorporar a la leche cuando esta esta en el fuego, alguna infusión puede ser cualquier tipo de té o hiervas, la imaginación sin duda puede ser ampliamente aplicada en la elaboración de esta torta.

Manuel Oviedo A.
Pastelero




Aceptando los "aguijones" de la vida Parte 1a

Psicología y Pastoral

Aceptando los «aguijones» de la vida (Ia)

«Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar;
valentía para cambiar las que sí puedo cambiar;
y sabiduría para conocer la diferencia.» (Reinhold Niebuhr)
Las actitudes de las personas ante las circunstancias adversas, en el fondo, podemos resumirlas en dos: por un lado, los que viven siempre insatisfechos, con la queja permanente en la boca y que acaban «bañados» de amargura. Por el contrario, en el otro polo encontramos a personas cuya reacción ante las tormentas de la vida, los aguijones, es sorprendentemente positiva; azotadas por los más duros embates, luchan contra uno o varias experiencias de aguijón, son capaces de disfrutar del más pequeño detalle y de mantener un espíritu admirable de superación. Su ejemplo nos estimula y su ánimo es contagioso. En esta línea me causaron especial impacto las palabras de un periodista español después de quedar tetrapléjico por un accidente de tráfico: «Me siento como un millonario que ha perdido mil pesetas». ¿Cómo se explica esta diferencia de reacciones? ¿Dónde está el secreto? ¿Se puede hacer algo para conseguir un mínimo de «felicidad» en medio del dolor por el sufrimiento crónico?
Hay dos palabras que constituyen la clave para ayudar a una persona atribulada por el aguijón: aceptación y gracia. De hecho, ambas están estrechamente relacionadas porque la aceptación sólo se consigue, en último término, por la gracia de Dios. Es el ingrediente sobrenatural de la aceptación. Depende de la fe y viene de Dios. Sin embargo, hay también algunos aspectos que dependen de nosotros; son los recursos naturales de la aceptación, de tipo biológico, psicológico o ambiental. Es lo que nosotros ponemos de nuestra parte, pautas a desarrollar y aprender en el largo camino que lleva a superar el trauma del aguijón.
Debemos puntualizar, no obstante, que aún en el aprendizaje de estos aspectos «humanos» o naturales no dependemos por completo de nosotros mismos, no estamos solos ni son el resultado exclusivo de nuestro esfuerzo. En realidad es a través de ellos que la gracia de Dios empieza ya a manifestarse de forma concreta y práctica. No podemos, por tanto, caer en la soberbia de las modernas psicologías humanistas que nos vienen a decir: «Todo está en sus manos; la felicidad depende de usted; si se lo propone podrá ser un triunfador sobre cualquier circunstancia; usted elige su destino en la vida». No, no somos pequeños dioses. Ni podemos ni queremos ocupar el centro de nuestra vida porque le corresponde sólo a Dios.
Para nosotros, como creyentes, la capacidad de superar un trauma no depende sólo ni en primer lugar del buen uso de mis recursos interiores –«la fuerza que está en mí»-, sino de la fuerza sobrenatural que proviene de Dios y que transforma mis debilidades en fortalezas, como queda magistralmente expuesto en 2 Co. 12:9. «Mi gracia te es suficiente. Porque mi poder se perfecciona en la debilidad». Y por ello Pablo puede llegar a exclamar: «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co. 12:10). El mérito último cuando llegamos a un buen nivel de aceptación no está en nuestro propio esfuerzo, sino en la gracia de Cristo. La psicología nos enseña muy provechosamente a utilizar estos recursos interiores; nosotros pondremos de nuestra parte todo lo posible, haremos bien en esforzarnos, pero la gracia es el requisito imprescindible para la victoria sobre nuestras debilidades.

¿Qué significa aceptar?

Hay muchas personas que se rebelan o protestan ante la sola mención de la palabra aceptar. No pueden ni oír hablar del tema. La mayoría de veces es porque tienen conceptos equivocados. Veamos los más frecuentes:
Aceptar no es resignarse: la versión estoica-fatalista. Para muchos la aceptación es la conclusión a la que llegas cuando «ya no puedes hacer nada más». Lo has probado todo y has llegado al final del camino. Se acabó. Entonces «no queda más remedio que aceptar». Es una rendición sin condiciones después de una ardua lucha. Esta idea se acerca mucho más al estoicismo que a la enseñanza bíblica. Como veremos, Pablo está muy lejos de Séneca cuya filosofía ensalzaba la autosuficiencia del individuo de un modo próximo al fatalismo. El fatalismo nace de la convicción de que no podemos hacer nada para luchar contra nuestro destino. Por supuesto, el creyente no está de acuerdo con esta idea. No somos responsables por lo que hemos recibido, pero sí somos responsables por lo que hacemos con lo que hemos recibido. Una de las peores actitudes en la lucha contra el aguijón es la resignación fatalista generadora de tanta pasividad como amargura. La amargura del atribulado por un aguijón es proporcional a su disposición a luchar y salir adelante. El que se queda cruzado de brazos tiene muchas posibilidades de acabar agriando su vida y la de los que le rodean.
Aceptar no es ponerse una coraza: la versión budista-oriental. Hay otras personas para quienes aceptar es algo así como «desconectar», lograr un estado mental de relajación cercano a la impasibilidad: «ya no sufro por nada ni nada me afecta». Esta idea es muy popular en nuestros días cuando la gente vive abrumada por tantas formas de aguijón y necesita esta coraza para vivir más «feliz». Viven obsesionados para que «las cosas me afecten menos». No deja de ser curioso ver a tantas personas, incluso ejecutivos de alto nivel, practicar el tai chi en un parque a primera hora de la mañana a modo de «tiempo devocional» laico. O quizás no tan laico, porque el denominador común de esta «filosofía de la coraza» se origina en la meditación trascendental y otras religiones orientales, en particular el budismo. Aceptar no es conseguir el «nirvana», ese estado supremo «por encima del bien y del mal», en el que desaparece el dolor. Son técnicas que se aprenden por un entrenamiento sistemático. Sería algo así como una gimnasia mental. Cómo contrasta con la aceptación en el sentido bíblico, un proceso de transformación interior que nace de la comunión personal con el Dios de toda gracia y que requiere del continuado contacto con este Dios para irse renovando.
Aceptar no implica estar de acuerdo con el aguijón: la versión masoquista. Nadie nos pide que lleguemos a ser amigosde la causa de nuestro sufrimiento. El aguijón no debe ser visto como un enemigo, pero tampoco como un amigo. Ello nos acercaría a una actitud de masoquismo, muy lejos de la enseñanza bíblica. De ahí la importancia de no confundir estar contento con estar contentado. ¡Dios quiere que sus hijos sean realistas, no masoquistas!
Ni amigo ni enemigo: aliado. Aceptar significa dejar de ver el aguijón como un enemigo, un obstáculo paralizante, para descubrir en él un aliado. Un enemigo impide, bloquea, obstaculiza; un aliado, por el contrario, colabora y potencia tu capacidad de lucha. Estamos aquí en el meollo de nuestro tema. Si logramos entender este punto, habremos avanzado un largo trecho en el camino de la aceptación. Aceptar es llegar a tener la serena convicción de que Dios puede usar mi vida no sólo a pesar de mi aguijón, sino precisamente a través de él. Cuando veo en el aguijón a un aliado, la rebeldía deja paso a la aceptación. Así, todas las energías que antes empleaba en luchar contra, ahora las invierto en luchar para. Antes estaba inmerso en una guerra de desgaste que erosionaba todas las defensas de mi ser; ahora descubro que el aliado me ayuda a construir una vida diferente, pero igualmente plena y con sentido.

Los ingredientes de una aceptación genuina...¡Continuará!

Pablo Martínez Vila

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