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jueves, 22 de abril de 2021

Fija tus ojos en Cristo

 

«Fija tus ojos en Cristo»

Corriendo bien la carrera de la fe

por Pablo Martínez Vila

Lectura bíblica: Hebreos 12:1-3Hebreos 12:12-13



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                                                        Pablo Martinez Vila

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                                        (Usado con permiso de su autor)

                                        Copyright © Pablo Martínez Vila

      

        
 


 

No me rendiré


    ¡ Usted no se rinda, siga y triunfe en Cristo Jesús !




jueves, 24 de diciembre de 2020

" Por eso Vino Él "

Deseamos a nuestro lectores que Dios consuele sus corazones,
 otorgue paz y renueve su gozo, que vuestros pensamientos sean centrados en la gracia otorgada por el Redentor de nuestras vidas y que a pesar de las circunstancias siempre confiemos que Dios es sabio y que tiene el control de todo lo que ocurre con un propósito eterno, y aquel que aún no le conoce como Señor y Salvador pueda conocerle hoy .
¡Felíz Navidad y Dios les bendiga! 


                                                  Conjunto: "Vocal Grace".

                                                       "Por Eso Vino Él"

"El gozo que nada ni nadie nos puede quitar"


                                   Foto cortesía de Olimar de Pirela

                            

El gozo que nada ni nadie nos puede quitar

No temáis porque he aquí os doy nuevas de gran gozo... os ha nacido hoy un Salvador que es Cristo, el Señor (Lucas 2:10-11).

Esta es la Navidad más extraña en mucho tiempo. Es una Navidad diferente, triste para muchos que han perdido seres queridos y llena de incertidumbre para todos. El dolor y la ansiedad flotan en el ambiente. Buscamos, necesitamos, alguna buena noticia.

Hace unos días se disparó la euforia en las bolsas; la cercanía de la vacuna levantó el ánimo de la gente. Por fin una buena noticia. Y ciertamente la vacuna nos ayuda a ver más cerca el final del túnel, pero ¿es suficiente?

El escritor irlandés Chesterton comparaba nuestra vida a un círculo con dos partes, el centro y la periferia. En el cristiano el centro está ocupado por el gozo, mientras que la tristeza es periférica; en la persona no creyente (ateo o agnóstico) ocurre a la inversa: la alegría es periférica y la tristeza, el vacío, ocupa el centro. ¿Qué significa ello en la práctica? El creyente puede pasar malos momentos, las circunstancias pueden ser muy duras, pero sabe que toda prueba es “periférica”; en el centro de su vida hay gozo. La persona sin fe, por el contrario, puede pasar buenos momentos, pero en el fondo de su vida persiste el dolor, hay una pena, un vacío.

La alegría por la vacuna o cualquier noticia humana, por buena que sea, pasará porque es periférica. La verdadera buena noticia, la que ocupa el centro del círculo y llena nuestra vida es:

No temáis porque he aquí os doy nuevas de gran gozo... os ha nacido hoy un Salvador que es Cristo, el Señor. Este es el mensaje de la Navidad.

Vamos a considerar tres aspectos de este gozo de la Navidad respondiendo a tres preguntas:

  • ¿Qué es? Su naturaleza
  • ¿De dónde viene? Su origen
  • ¿Cómo se mantiene? Su visión
  • Conclusión: Su resultado: trae paz

1. Su naturaleza: es más que alegría

¿Qué es? El gozo del cristiano tiene una naturaleza distinta y distintiva.

El gozo no es lo mismo que la alegría. La alegría se siente, el gozo se tiene. La alegría es una emoción; el gozo es una actitud ante la vida. La alegría, como todas las emociones, es pasajera, transitoria, depende de las circunstancias y se puede perder; el gozo no te lo puede quitar nadie.

La alegría pertenece al campo de la mente, de la psique. El gozo, por el contrario es un estado del alma, no reside en la mente sino en el corazón.

El gozo es más profundo que la alegría; permanece aún en medio del dolor. Es más, mientras que la alegría se hace fuerte en el bienestar, el gozo se robustece en la prueba. ¡Divina paradoja! Se puede tener gozo en la tristeza. Yo puedo estar llorando y tener, conservar, el gozo porque las lágrimas no apagan el gozo. El gozo sólo lo apaga la amargura, su mayor enemigo.

Por ello hoy, en esta extraña y triste Navidad, sean cuales sean nuestras circunstancias personales, podemos decir: no me siento alegre, pero tengo el gozo del Señor, ese gozo que no viene de dentro sino de arriba. Ello nos lleva a considerar su origen.

2. Su origen: es cristocéntrico

¿De dónde viene? ¿Cuál es el origen y la causa del gozo?

Al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo (Mateo 2:10).

Nuestro gozo va inseparablemente unido a la estrella que brilló el día de la primera Navidad en Belén; no era la estrella en sí sino lo que la estrella significaba: Dios ha venido a este mundo para morir y, por su muerte, darnos vida. Como anunciaba el ángel, Jesús es Salvador y Señor. La causa número uno de nuestro gozo es la salvación, por ello hablamos del gozo de la salvación.

El carácter cristocéntrico del gozo se hace evidente en un detalle muy significativo: la estrecha relación entre las palabras gozo (jara) y gracia (jaris). El gozo es una manifestación práctica de la gracia de Dios. Por ello está por encima de las circunstancias personales y no depende de ellas; no es fruto de un esfuerzo humano, sino del amor divino, no se consigue con ninguna técnica de relajación sino con los recursos que vienen de Dios.

Veamos en más detalle este origen sobrenatural del gozo. El gozo de Cristo fluye hasta nosotros mediante:

  • Una posiciónregocijaos EN el Señor siempre (Fil. 4:4). Estar en Cristo, unidos a Cristo, es condición indispensable.
  • Una acción: la obra transformadora del Espíritu Santo produce gozo como parte de su fruto (Gá. 5:22).

Estar en Cristo y dejarnos guiar por el Espíritu Santo es el camino para estar llenos de gozo. Este ha de ser nuestro anhelo y oración.

La estrella que brilló el día de la primera Navidad alcanzará su máximo fulgor un día en el Cielo, aquel día cuando Cristo mismo nos alumbrará con su luz (Ap. 21:23). Ello nos lleva a nuestra última pregunta: ¿Cómo se puede mantener el gozo?

3. Su visión: se nutre de esperanza

Poco antes de su muerte Jesús preparó a sus discípulos con estas emocionantes palabras: Vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Jn. 16:22).

Con esta formidable promesa de Jesús llegamos al clímax de nuestro tema y al corazón mismo del gozo: el gozo se nutre de esperanza.

El gozo del cristiano se inauguró con la primera venida de Cristo al mundo, la Navidad, y será completo, perfecto, con su segunda venida en gloria, la Parousia. Dos hechos, dos eventos en la Historia de la salvación enmarcan nuestro gozo y son su garantía. Nada ni nadie nos puede quitar este gozo porque no depende de hombres, depende de los hechos salvíficos de Dios, hechos objetivos encarnados en la Historia. Por ello Jesús afirma con énfasis, aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo (Jn. 16:20).

El gozo de Cristo requiere una visión adecuada, como los sabios de Oriente que al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo. Ello nos obliga a poner la mirada en el cielo y no en el suelo. El gozo no viene de dentro, viene de arriba. Los ojos de la fe y no los ojos de la introspección son los que de verdad nos levantan el ánimo.

Esta visión pone la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col. 3:2). Y fue la visión de Moisés quien tenía puesta la mirada en el galardón... y se sostuvo como viendo al Invisible (Heb. 11:26-27).

El apóstol Pablo describe esta espera gozosa con una triple actitud: Gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación; constantes en la oración (Ro. 12:12). ¡Formidable tridente divino que nos permite transitar con fortaleza por los valles de la vida!

Conclusión: el gozo trae paz

El gozo es inseparable de la paz. No es casualidad que el texto que anuncia la Navidad empiece con estas dos palabras: «No temáis...». El gozo y la paz van juntos como cogidos de la mano. El gozo trae paz y la paz aumenta el gozo en un divino feedback.

El orden del relato bíblico en Lucas 2 enfatiza esta asociación: Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de huestes celestiales que decían: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz! (Lc. 2:13-14).

Jesús es no sólo Admirable Consejero, Dios Fuerte, y Padre Eterno, también es Príncipe de Paz (Is. 9:6). Los nombres, reflejo de su identidad, culminan con «Príncipe de Paz».

También las primeras palabras del Jesús resucitado a sus discípulos reunidos fueron: Paz a vosotros... y los discípulos se regocijaron (Jn. 20:19-26) (hasta tres veces se repitió esta expresión que iba mucho más allá de un saludo de cortesía).

Sí, Jesús trae a nuestra vida una paz y un gozo profundos. Por ello hacemos nuestras las palabras de Teresa de Ávila en un memorable himno, “por nada te acongojes, nada te turbe; venga lo que venga nada te espante”. Este himno empieza precisamente así: “Eleva el pensamiento, al cielo sube”. La mirada al cielo alimenta nuestro gozo y trae paz a nuestra alma.

Los sabios de Oriente al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo. Pero hicieron algo más: respondieron a la visión con adoración y gratitud. Su experiencia se ha repetido después en miles de personas y nos enseña el camino de la fe: adorar y dar gracias. En palabras de F.F. Bruce, en el Evangelio la teología es gracia y la ética, gratitud. Esta es la esencia de la fe cristiana.

He aquí os doy nuevas de gran gozo... os ha nacido hoy un Salvador que es Cristo, el Señor. En esta Navidad te puede faltar la alegría, pero no el gozo, puedes estar ansioso, pero vivir con la paz de Cristo. Deja que esta sea tu experiencia también, deja que Cristo llene de gozo tu vida en esta Navidad. Entonces podrás cantar “Me gozo en Jesús que su trono de luz dejó por comprar mi salud (salvación) en la cruz. ¡Aleluya el Cordero!.”

                                        Pablo Martínez Vila

        

                           Copyright © 2020 - Pablo Martínez Vila

                               Usado con permiso de su autor

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domingo, 29 de noviembre de 2020

El ministerio de la consolación en la vida de Job




 

El ministerio de la consolación en la vida de Job

El tema del sufrimiento es una cuestión de perenne actualidad, pues constituye una experiencia común a todos los seres humanos. Sus manifestaciones son muy diversas. Pueden ser de carácter físico (hambre, penuria, enfermedad) o moral (soledad, abandono, dolor causado por injurias o acusaciones injustas, entre muchas otras). De ahí que filósofos, moralistas y maestros religiosos hayan disertado, con mayor o menor acierto, sobre esta faceta oscura y punzante de la experiencia humana. Pocos han sido, sin embargo, los pensadores y los investigadores que con sus ideas o descubrimientos han contribuido a aliviar el dolor moral de quienes sufren. Posiblemente ello se debe a que no se tiene en cuenta un hecho fundamental: es muy fácil hablar -o escribir- sobre el sufrimiento; pero sólo puede esperar algo positivo quien habla desde el sufrimiento. Las disquisiciones teóricas de poco o nada sirven.

Debemos situarnos en el sufrimiento con realismo, con empatía; es decir, poniéndonos en la situación del que padece, como haciendo nuestra su angustia, sus temores, su soledad.

El sufrimiento, gran misterio

Cuando nos situamos en el sufrimiento con realismo nos enfrentamos con un doble dolor: el del padecimiento en sí y el del misterio que entraña. ¿Por qué el vivir siempre implica sufrir? ¿Por qué? ¿Qué pensar? ¿Qué decir? Todas las vías de acercamiento al problema plantean dificultades: la de una cosmovisión atea, que sólo ve en el sufrimiento una desgracia fortuita, y la de una cosmovisión teísta, según la cual todo cuanto acontece en el mundo está de algún modo relacionado con Dios.

Esta última nos conduce a la teodicea con sus complicados poblemas. ¿Resultará que la causa de nuestros sufrimientos está en Dios mismo? Sólo con mucha cautela podemos atrevernos a avanzar en busca de luz, siempre partiendo de una aseveración fundamentral: «Las cosas secretas pertenecen a Yahveh, nuestro Dios, mas las reveladas son para nosotros...» (Dt. 29:29). Sería el colmo de las pretensiones pensar que podemos llegar a conocer a Dios sin velos o sombras. Él es infinitamente grande, y nosotros, infinitamente pequeños. ¿Cómo llegar a conocer y entender todo cuanto concierne a su naturaleza, su carácter, sus pensamientos, sus obras? La respuesta de Dios es clara: «Las cosas reveladas son para nosotros». La Biblia es el depósito de su revelación, a sus páginas debemos acudir para empezar a entender. Con humildad debemos escudriñar su contenido, alabando al Señor por todo lo que nos va mostrando, y aceptando lo que excede a nuestra comprensión. Como muy sabiamente indicó G. K. Chesterton: «Los enigmas de Dios son más satisfactorios que las soluciones de los hombres».

El libro de Job, caudal riquísimo de enseñanza

Su texto no es una respuesta definitiva al misterio del sufrimiento, pero es una ayuda valiosísima para alentar a los que sufren.

Conviene recordar la experiencia del patriarca. Tras un periodo de prosperidad, sosiego y honra, se ve azotado por crueles golpes de adversidad: pérdida violenta de su ganado y de sus criados, catástrofe familiar que acaba con la vida de sus hijos. Había para hundirse en la desesperación; pero, lejos de esto, mantuvo la serenidad y dejó traslucir lo admirable de su fe. Se afligió, como es normal en todo ser humano, y dio comienzo a un doloroso duelo: «Se levantó, rasgó su manto y rasuró su cabeza; se postró y adoró» (Job. 1:20); pero no se desahogó con aparatosas lamentaciones. Por el contrario, hizo unas declaraciones que han causado admiración en millones de creyentes después de él: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito» (Job. 1:21). No menos admirable es el comentario de su biógrafo: «En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despróposito alguno» (Job. 1:22).

Las cosas, no obstante, comienzan a enredarse con la comparecencia de tres amigos que habían de irritarle en vez de consolarle como era su deseo. En su opinión, el sufrimiento de Job no es una desgracia fortuita; es castigo divino por algúin gran pecado cometido por Job. Tanto insisten que al final el patriarca llega a pensar que esa conclusión era verdad a medias: Dios mismo, por razones que Job no llega a comprender, se ha puesto en contra de él. De ahí lo acre de su declaración: «El Todopoderoso ha clavado en mí sus flechas y el veneno de ellas me corre por el cuerpo. Dios me ha llenado de terror con sus ataques» (Job. 6:4Job. 16:12-13). Job, sin embargo, se resiste a aceptar la tesis del castigo. Considera, no sin cierta lógica, que si Dios estuviera a su favor, ningún poder del mundo podría dañarle, pues todo está sujeto a su soberanía. Si todas las potencias destructoras del mundo le atacan es porque Dios mismo le ataca y las usa para destruirle.

Pero Job yerra en sus conclusiones teológicas. El universo, el hombre, la vida, Dios, la providencia, no pueden encajonarse en los estrechos límites de nuestro raciocinio. Ante lo incomprensible de muchos misterios, lo más sabio es mantener nuestros juicios en suspenso, en espera de que lo que ahora no entendemos lo entenderemos en el día de Cristo en su venida (1 Co. 13:9-13).

La ineficacia de muchos «consoladores»

Elifaz, Bildad y Zofar tenían buenas intenciones, pero estaban encajonados en sus moldes dogmáticos. Algunas de sus afirmaciones eran correctas, pero globalmente erraban los tres «amigos» al insistir en su interpretación de los males de Job: un hombre que tanto sufre ha de haber cometido algún gran pecado que, humillado, debe confesar a Dios. Pero esta conclusión es falsa. El patriarca ha sido siempre un hombre íntegro, piadoso, compasivo, intachable.

Job no entiende el porqué de su calamidad. Los amigos no supieron ser humanos. Fracasaron estrepitosamente en su deseo de consolar al atormentado por el dolor físico y por el misterio de su relación con Dios. Los tres se proponen ser defensores de Dios y se convierten en cómplices de Satanás, el acusador. Carentes de compasión y verdadera sabiduría, caen en la incomprensión, la arrogancia y la intolerancia más detestables. Con esas características mal podían consolar a un hombre tan dolorido y desconcertado como el «varón de Uz». Nada entendían de los efectos devastadores que en el estado de ánimo suele producir el dolor prolongado:

  • Escepticismo. Sólo se ven los aspectos sombríos de la vida (Job. 3Job. 7:1-10).
  • Fatalismo. Job se ve acorralado, confundido, como gran derrotado. Y se abandona al desaliento. Está convencido de que se halla envuelto en la red de un destino adverso. Lo peor de todo: tras ese destino está la voluntad soberana de Dios. Es Dios mismo quien le acosa. ¿Llegará a destruirle? A esos extremos puede inducir un sufrimiento agudo, prolongado e incomprendido.
  • Depresión. La vida pierde su sentido; se desvanece toda ilusión. Con frecuencia se llega incluso a desear la muerte, como señaló Job en su patético soliloquio del capítulo 3. La vida se ve como una gran frustración sin sentido. Muchos seres humanos han hecho suyo el testimonio de las dudas de Gustav Mahler: manifestado en su segunda sinfonía «¿Por qué has vivido? ¿Por qué has sufrido? ¿Acaso no era todo una enorme y espantosa broma?»

Pero esa situación de sombría y dolorosa incertidumbre no es inevitable. El creyente, pese a sus dudas, puede tener reacciones maravillosas. Fue el caso de Job, quien se situó en cotas de certidumbre si no de comprensión. Sabía que en su justicia, tarde o temprano, Dios le daría la razón, lo justificaría y lo restauraría a una vida apacible y luminosa. A este respecto son admirables las palabras del patriarca en el capítulo 19 del libro: «Yo sé que mi Redentor vive...» (Job. 19:25-27).

La eficacia de la labor pastoral ante el sufrimiento

¡Cuánto bien pudieron haber hecho Elifaz, Bildad y Zofar si, apeándose de su arrogancia y su intolerancia, se hubiesen acercado a Job con humildad, comprensión y amor! Pero entendían tan poco de psicología pastoral que fracasaron totalmente en su plan inicial de consolar a su amigo. Les faltó lo que todo médico de almas debe tener:

  • Auténtica simpatía, o, mejor aún, empatía, participación afectiva en la realidad del que padece (llorar con los que lloran).
  • Teología equilibrada. Los amigos de Job fracasaron porque en su teología sólo cabía la ley de la siembra y la siega. Job cosecha sufrimiento porque antes ha sembrado pecado. Esta doctrtina pierde de vista que ese principio en muchos casos no se cumple. Un estudio equilibrado del sufrimiento a la luz de la Biblia nos muestra que el sufimiento puede tener otras causas y diferentes finalidades. Una faceta importante de la cuestión la hallamos en la experiencia del Cristo sufriente. Si estamos en comunión con Cristo, difícilmente estaremos del todo exentos de pruebas y dolorosas tribulaciones. Por otro lado, es en los días de padecimiento que disfrutamos de la gracia consoladora de Dios. Sólo en la noche cerrada vemos lo maravilloso de una noche estrellada.
  • Comunicación auténtica. El gran problema muchas veces es que no se sabe escuchar, con lo que el diálogo efectivo resulta imposible. Si no se sabe escuchar, menos se sabe hablar «palabra en sazón» (Is. 50:4). La comunicación en la relación pastor-persona que sufre es diálogo, nunca puede ser sermón.
  • Oración. Solo Dios puede iluminar con efectividad al atribulado. Sólo él tiene capacidad para restaurar al abatido por el dolor y la confusión de ideas.

Conclusión

En un mundo plagado de sufrimientos, son benditos quienes administran la consolación y la gracia reparadora de Dios. En el ejercicio de ese ministerio, dos bendiciones se hacen manifiestas: el bien que el consolador hace y el bien que recibe. Quien esto escribe da testimonio de su propia experiencia: «Entre muchos motivos de gozo en el ministerio cristiano, el que me ha producido una satisfacción más profunda ha sido el del contacto pastoral con personas que sufrían intensamente».

Para alcanzar esa cota espiritual, nada nos ayudará tanto como la segunda bienaventuranza expresada por el Señor Jesús en la segunda bienaventuranza del Sermón del Monte: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mt. 5:4).

                                                       José M. Martínez

                                             Copyright © Pablo Martínez Vila

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