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sábado, 20 de junio de 2020

El duelo, puerta de esperanza entre amor y dolor.

El duelo, puerta de esperanza entre amor y dolor

En esta hora de dolor tremendo queremos transmitir nuestra más sentida condolencia a tantas familias que han perdido a sus seres queridos en la pandemia. Las circunstancias que han rodeado estas pérdidas multiplican el dolor y la pena. Las circunstancias que han rodeado estas pérdidas multiplican el dolor y la pena. Por ello, ahora más que nunca, recordamos las palabras del apóstol: «No os entristezcáis como los que no tienen esperanza» (1 Ts. 4:13).


Vivir el duelo con consuelo y llorar con lágrimas llenas de esperanza
 es el propósito de esta entrevista con el Dr. Pablo Martínez Vila. Es nuestro deseo que el lector encuentre en ella el bálsamo que la Palabra de Dios siempre aporta y orientación práctica para afrontar un duelo tan anómalo.

Lloramos con esperanza porque el Cristo resucitado ha hecho posible que llegue el día cuando:

No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados. (Isaías 60:20)


Pregunta: ¿Nos podría definir qué existe tras ese sentimiento que llamamos duelo?

Respuesta: El duelo, duele. Hay sobre todo una pena profunda y mucho dolor. No es casualidad que en español la palabra “duelo” está relacionada con dolor. Sin embargo hay un concepto clave que nos ayuda mucho a cambiar nuestra visión negativa, oscura, del duelo. En el duelo no hay solo dolor, hay amor. El duelo es una reacción de amor, es la otra cara del amor. Lloramos porque amamos. Y cuanto mayor sea el amor, más profundo será el dolor. El duelo es el precio pagado en dolor por el final de una relación querida y valiosa.

Ver el duelo como una expresión póstuma de amor es bálsamo que mitiga la pena. Esta visión positiva arroja luz en la oscuridad del luto y nos puede ayudar a crecer como personas. De hecho el duelo nos cambia, nunca más volvemos a ser los mismos.

Pregunta: Entiendo que hay un duelo natural, y un momento en el que el duelo se convierte en un problema en sí mismo. ¿Cómo diferenciarlos?

Respuesta: El duelo es un camino siempre difícil, pero a algunas personas les resulta más difícil que a otras. Esto ocurre cuando el doliente es incapaz de aceptar o de aprender a vivir con la pérdida y los sentimientos que la acompañan. En estos casos el duelo se reprime (duelo ausente), se pospone (duelo aplazado) o se prolonga (duelo crónico). Son las reacciones de pena patológica que suelen acompañarse de alteraciones como ansiedad o depresión.

Hay un criterio bastante fiable para saber cuándo el duelo se está volviendo anormal: la persona es incapaz de volver a la vida cotidiana. El vínculo con el ser querido es tan intenso que no puede librarse de él y, en consecuencia, no puede abordar adecuadamente el presente ni el futuro. Esta sensación de parálisis, de que “mi vida acabó el día que él/ella partió”, es muy indicativo de duelo complicado.

Pregunta: Con la pandemia del coronavirus se ha producido una situación especialmente delicada y terrible: la muerte de seres queridos a pocos metros de distancia sin poder acompañarles en sus últimos instantes. ¿Cómo afecta esto?

Respuesta: Afecta mucho. Éste ha sido uno de los efectos más devastadores de la pandemia desde el punto de vista emocional. El acompañamiento y la despedida en la hora de la muerte son necesidades profundamente arraigadas en la naturaleza humana. Esto es así porque la muerte no es algo natural; la muerte es lo más antinatural que existe. No fuimos creados para morir sino para vivir. Contrariamente a lo que sostienen algunos pensadores como Heidegger, no existimos para morir, sino para vivir. La muerte es un cuerpo extraño en la creación de Dios, en palabras de Pablo, es el postrer enemigo (1 Co. 15:26).

Por ello el acompañamiento viene a ser como el ungüento que alivia el dolor de la separación. La despedida es la puerta de entrada natural al duelo. Verse privado de esta opción supone un obstáculo que complica el proceso posterior.

La Biblia le da mucha importancia a este aspecto. Algunas de las palabras más hermosas de los patriarcas fueron pronunciadas en estos momentos de despedida. La bendición de Jacob a sus hijos es un buen ejemplo (Génesis 49). Igualmente cuando Pablo se despide de los ancianos de Éfeso pronuncia un mensaje conmovedor e inspirador (Hch. 20:17-38).

Pregunta: Otra circunstancia frecuente ha sido no poder expresar en familia y comunidad estas pérdidas, incluso no poder asistir al sepelio. Es como vivir una muerte virtual, pero que a la vez constatamos que se ha producido por el vacío que deja. ¿Cómo poder afrontar esta situación?

Respuesta: El duelo es una experiencia personal, pero no individual; tiene una dimensión comunitaria imprescindible. Llorar juntos es terapéutico, llorar solos puede ser amargo. Ante todo es conveniente vivir el duelo en familia. El duelo solitario es más proclive a convertirse en un duelo patológico. El creyente, además, tiene otra familia, la familia de la fe, que nos da el calor del amor fraternal. Es en momentos así cuando comprobamos que la iglesia es una comunidad terapéutica. En mi propia vivencia de duelo recuerdo el afecto y el apoyo recibido de los hermanos como una experiencia inolvidable y fuente de mucho ánimo.

En las actuales circunstancias de pandemia no podemos abrazarnos, pero sí podemos apoyarnos a través de los medios que la tecnología nos proporciona (mensajes, video llamadas, teléfono, etc.). Hoy más que nunca podemos hacerle sentir a la persona en duelo que estamos cerca. Estar “conectados” es mucho más que un asunto tecnológico, es una realidad espiritual porque, como cuerpo de Cristo, somos miembros los unos de los otros.

Pregunta: ¿De qué forma la Biblia, como Palabra de Dios, nos ayuda a entender y asimilar no sólo el duelo, sino estas situaciones tan especiales que hemos comentado?

Respuesta: El Evangelio proporciona dos columnas que nos sostienen en la hora del duelo: confianza y esperanza. Nuestra confianza está en que las llaves de la vida y de la muerte le pertenecen sólo a Dios (Ap. 1:18). Ninguno de nosotros será arrancado de esta tierra ni un minuto antes, ni un minuto después de lo que Dios tenga estipulado en su sabia providencia. Como escribí recientemente en un artículo (Un Salmo en la epidemia) la confianza del cristiano radica en la convicción de que no es un virus sino Dios el que marca las horas en el reloj de nuestra vida.

La otra columna es la esperanza. Hay lágrimas llenas de esperanza y hay lágrimas llenas de desesperación. Los cristianos también lloramos, pero nuestras lágrimas están llenas de la esperanza que nos da Cristo. Jesús no es el hombre débil clavado en una cruz que Nietzsche ridiculizó, sino Aquel que se levantó con poder de la tumba y venció a la muerte con su resurrección. Ésta es la esperanza inconmovible, el ancla segura de nuestra fe: porque Cristo ha resucitado, nosotros también resucitaremos (Ro. 8:11). Por ello Pablo exclama victorioso ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Co. 15:55).

Pregunta: Muchos pastores y personas que han vivido estos duelos extraños se preguntan cómo ayudar o apoyar para quienes han sufrido la pérdida de un ser querido. ¿Qué les aconsejaría?

Respuesta: Las personas en duelo durante esta pandemia sufren un plus de dolor por la soledad y el aislamiento ya mencionados. Además, la pena queda multiplicada porque “todo ocurre muy rápido”, los acontecimientos se aceleran sin tiempo para asimilarlos. Por todo ello su mayor necesidad es sentirse acompañados y amados. Ahí está la esencia del consuelo.

¿Cómo hacerlo? En el consuelo sobran los discursos y se necesitan gestos de amor. El gesto de amor es mucho más alentador que la palabra elocuente. Un principio de oro para acompañar al doliente es “habla poco, escucha mucho y ayuda todo lo que puedas”.

Pregunta: Algún aspecto más que considere relevante comentar...

Respuesta: Consolaos, consolaos, pueblo mío (Is. 40:1). Así empieza el primero de los cánticos del Siervo Sufriente y así empieza el “Mesías de Hándel”. ¡Impresionante nota inaugural! Las dos primeras palabras de Dios para anunciar la venida del Mesías son palabras poderosas de consuelo. No es casualidad. Dios consuela dando esperanza.

Este sublime texto de Isaías nos muestra la estrecha relación entre el consuelo y la esperanza. Dar esperanza es consolar. Por ello a la resonante proclamación inicial -Consolaos, consolaos, pueblo mío- le sigue el anuncio profético del Mesías. No hay solución de continuidad. Con la venida de Cristo al mundo se le ponía fecha de caducidad a la muerte y al sufrimiento. ¿Puede haber una esperanza mayor?

El consuelo que llega al corazón, el auténtico consuelo, es inseparable de la persona y la obra de CristoLa respuesta última al dolor del duelo está en el dolor del Siervo Sufriente. Con su muerte venció a la muerte (Heb. 2:14-15) y nos abrió la puerta de la Esperanza con mayúscula, la esperanza de un día cuando enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron (Ap. 21:4).

Sí, hay consuelo en esta dura época de pandemia que nos toca vivir. Es el fortísimo consuelo dado a los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como firme y segura ancla del alma (Heb. 6:18-19).

                                           Pablo Martínez Vila

                                  Copyright © Pablo Martínez Vila

                                   Usado con permiso de su autor

                                    www.pensamientocristiano.com


 Entrevista publicada originalmente en el periódico “Protestante Digital”.




viernes, 13 de marzo de 2020

Un Salmo en la epidemia

Un Salmo en la epidemia

La confianza triunfa sobre el miedo

El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente.
Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré.
 (Sal. 91:1-2)
El Salmo 91, también llamado el “Himno triunfal de la confianza”, es una joya. Ha infundido aliento y paz a millones de creyentes en el fuego de la prueba. Según algunos comentaristas fue escrito en medio de una epidemia de peste (2 Samuel 24:13). Podrían ser circunstancias similares a las que estamos viviendo hoy. Su mensaje, por tanto, es muy relevante a nuestra situación actual de epidemia.
Vivimos días de ansiedad e incertidumbre. El mundo entero está con miedo. De pronto hemos tomado conciencia de la fragilidad de la vida. ¿Qué pasará mañana? La fortaleza en la que el hombre contemporáneo se creía seguro se ha tornado debilidad, hay grietas en la roca y nos sentimos vulnerables. La gente busca un mensaje de serenidad y tranquilidad. ¿Dónde encontrarlo?
El mensaje del Salmo 91 se resume en una frase: la confianza triunfa sobre el miedo. El salmista nos presenta tres frases clave que resumen el “trayecto” dese la ansiedad-miedo hasta la confianza:
  • «Mi Dios»: lo que Dios es para mí
  • «Él te librará»: lo que Dios hace por mí
  • «Confiaré»: mi respuesta

1. «Mi Dios»: El carácter de Dios

El salmo empieza con una deslumbrante descripción del carácter de Dios. Hasta cuatro nombres distintos se mencionan en los dos versículos iniciales para explicar quién y cómo es Dios. ¡Formidable pórtico de entrada a la confianza! Para el salmista, Dios es el Altísimo, el Todopoderoso, el Señor (Yahweh) y el Dios Sublime (Elohim).
La conciencia de la grandeza de Dios es el cimiento de nuestra confianza. Podríamos parafrasear el refrán y afirmar “dime cómo es tu Dios y te diré cómo es tu confianza”. En la hora del temor el primer paso es alzar los ojos al cielo, mirar a Dios y contemplar su grandeza y su soberanía. Al hacerlo, el salmista experimenta que Dios es su Abrigo, su Sombra, su Esperanza y su Castillo. El retrato de Dios en “cuatro dimensiones” conlleva una bendición cuádruple. Conocer cómo es Dios realmente es un paso imprescindible en el trayecto hacia la confianza.
Notemos, sin embargo que el salmista se refiere a Él como MI Dios. Esta pequeña palabra “mi” nos abre una perspectiva singular y cambia muchas cosas: el Dios del salmista es un Dios personal, cercano, que interviene en su vida y se preocupa por sus temores y necesidades. Estamos ante uno de los rasgos más distintivos de la fe cristiana: Dios no es sólo el Todopoderoso, el creador del Universo, sino también el Padre íntimo, el Abba (“papá”) que me ama y me guarda (Gá. 4:6). Éste es nuestro gran privilegio: Dios nos trata como un padre a su hijo porque en Cristo somos hechos hijos adoptivos de Dios. El salmista describe esta vivencia con una preciosa metáfora:
Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro. (Sal. 91:4)

2. «Él te librará»: La providencia de Dios

Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora, escudo y adarga es su verdad. No temerás... ni a la pestilencia que ande en oscuridad, ni a mortandad que en medio del día destruya... No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. (Sal. 91:3-6, 10)
Llegamos al corazón del salmo: la protección de Dios en la práctica. La conciencia de la grandeza de Dios ha de ir acompañada de la conciencia de la providencia de Dios. Estamos ante un punto crucial, decisivo en la experiencia de fe. Si lo entendemos bien, será una fuente insuperable de paz y serenidad, pero si lo malinterpretamos podemos caer en errores y extremismos, o sentirnos frustrados con Dios.
La manipulación del diablo. Es muy significativo que el diablo tentó a Jesús (Mt. 4:6, Lc. 4:10-11) con una doble cita de este salmo: Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden... en las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra (Sal. 91:11-12). Usar mal las promesas de la protección divina es una tentación vigente hoy. ¡Cuidado con la súper espiritualidad y la súper fe! Puede ser una forma de tentar a Dios como nos enseña la contundente respuesta de Jesús a Satanás: No tentarás al Señor tu Dios (Mt. 4:7). Confiar en Dios no nos exime de actuar de forma responsable y sabia.
Dicho esto, no podemos minimizar la potente acción protectora de Dios sobre los que en Él confían:
Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. (Sal. 91:14-15)
¿Una póliza a todo riesgo? La palabra clave es “librar”. ¿Qué significa “Dios te librará”? La misma expresión se aplica a José – Dios le libró de todas sus tribulaciones (Hch. 7:10), y sin embargo el patriarca tuvo que pasar por muchos valles de sombra y de muerte. Dios no le evitó la prueba, pero le rescató de ella. Como dijo Spurgeon, es imposible que ningún mal acontezca a los que son amados por DiosLa fe no garantiza la ausencia de la prueba, pero sí la victoria sobre la prueba. El apóstol Pablo desarrolla esta idea de forma majestuosa en el cántico de Romanos 8:28-39: en todas estas cosas (pruebas) somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó, Cristo (Ro. 8:37).
Así pues, la fe en Cristo no es una vacuna contra todo mal, sino una garantía de total seguridad, la seguridad de que si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Ro. 8:31). Este salmo no es una promesa de completa inmunidad, sino una declaración de plena confianza. Confianza en la protección de Dios expresada de tres maneras.
La triple “C” de la protección de Dios. En toda situación de prueba,
  • Dios conoce
  • Dios controla
  • Dios cuida (de mí)
En la vida de los hijos de Dios nada ocurre sin su conocimiento y su consentimiento. El azar no existe en la vida del creyente. La providencia majestuosa del Dios personal resplandece en los momentos más oscuros: Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará (Sal. 91:7). Nada sucede si Él no lo permite, como vemos tan vívidamente en la experiencia de Job. Esta promesa viene ratificada por el Señor Jesús mismo:
¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos. (Mt. 10:29-31) (Ver también Lc. 12:6-7).

3. Mi respuesta: «Confiaré»

Después de contemplar el carácter de Dios –lo que Él es para mí- y su providencia -lo que Él hace en mi vida- el salmista exclama con firmeza: Mi Dios en quien confiaré (Sal. 91:2).
Es una secuencia lógica. La confianza es la respuesta a unas evidencias. El salmista ha conocido a Dios de forma personal, íntima -por cuanto ha conocido mi nombre (Sal. 91:14). Tal conocimiento le lleva a enamorarse de Él -en mí ha puesto su amor (Sal. 91:14)- y se establece una relación estrecha. Ahí tenemos, por cierto, el meollo de la fe cristiana: es la confianza que nace de una relación de amor, la certeza de que el Amado no me va a fallar porque Él (Dios) es fiel”.
Nuestra vida no está a merced de un virus, sino en manos del Dios todopoderoso. Ahí radica la certidumbre de nuestra fe y el cimiento de la confianza que vence todo temor. No hay lugar para el triunfalismo, pero ciertamente hay triunfo; es el triunfo que Cristo nos aseguró con su victoria sobre el mal y el maligno en la Cruz. Es el mismo Cristo cuyas últimas palabras fueron:
Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt. 28:20)
                                         Pablo Martínez Vila
                                       pensamientocristiano.com 
                                     (Usado con permiso de su autor)
                                      Copyright © Pablo Martínez Vila



sábado, 11 de enero de 2020

Musica Especial de Adoración.

Qué hermoso es contar con nuestro Señor en su perfecto amor.
¡Dios les bendiga!

                                                     Twice Música- Perfecto Amor

viernes, 10 de enero de 2020

"Ser antes que hacer"-Parte 3


Psicología y Pastoral

Ser antes que hacer (III)

Buscando las prioridades de la vida

«Sed imitadores de mí como yo de Cristo» (1 Co. 11:1)
En los dos temas anteriores, hemos considerado la meta del camino, a dónde nos dirigimos. Ahora debemos ocuparnos del cómo hacer este «viaje hacia la santidad»: ¿cómo se realiza esta labor de forja del ser que prevalece sobre el hacer?
Antes de responder a esta pregunta, una consideración práctica sobre la «cronología» de acontecimientos en la vida del discípulo. Hay un orden lógico que no debemos alterar. El ser como Cristo -sobre la base de la nueva naturaleza que se inicia con el nuevo nacimiento- nos lleva a ver la vida con los ojos de Cristo -«tenemos la mente de Cristo» (1 Co. 2:16)- y ello, finalmente, nos lleva a vivir, actuar como Cristo. No podemos invertir el orden so pena de caer en el legalismo o en el activismo. La ética -el hacer o vivir- es resultado natural del ser y mirar como Cristo. No es éste el momento adecuado para extendernos, pero ahí tenemos una de las explicaciones fundamentales del nominalismo: querer hacer sin ser. Si la conducta cristiana no es el resultado natural de la nueva vida que Cristo insufla en nosotros, la práctica de la fe se convierte en una carga pesada. La persona que busca hacer sin ser acaba «arrastrándose» en vez de ir «transformándose de gloria en gloria». Este es un peligro, por desgracia frecuente, en aquellos que se han criado en hogares cristianos. Nacer en un hogar cristiano es una gran bendición. Pero la experiencia del nuevo nacimiento es imprescindible para experimentar el frescor y la libertad que Cristo promete y que convierte la fe cristiana en una relación en vez de una religión.
¿Entonces, cómo se produce este cambio progresivo a la imagen de Cristo? Esta pregunta nos introduce en un aspecto muy práctico: los medios para la formación del carácter del Señor en cada creyente. Vamos a distinguir dos grandes instrumentos que son nuestra fuente de aprendizaje:
  • Los modelos humanos
  • El modelo supremo

Los modelos humanos

En el versículo que encabeza este epígrafe (1 Co. 11:1) Pablo nos muestra la importancia de los modelos. El apóstol anima a sus lectores a ser imitadores de Cristo, pero antes les ha dicho de forma inequívoca «sed imitadores de mí». ¿Cómo se explica tamaña osadía? El aprendizaje por imitación o identificación es capital en la vida cristiana. Hay una relación muy estrecha entre el llegar a ser como y el estar con. Para ser hay que aprender de modelos vivos. Nos demos cuenta o no, todos somos modelos para los que están a nuestro alrededor, y de forma especial lo somos con los más jóvenes. El mismo Pablo, en otra comparación, nos recuerda que «somos cartas vivas» en las cuales los demás están constantemente leyendo: «Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres» (2 Co. 3:2).
En otro pasaje el Apóstol nos enseña este mismo principio en una dimensión más comunitaria, como iglesia. «Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor... de tal manera que habéis sido ejemplo a todos los de Macedonia y Acaya» (1 Ts. 1:6-7). Precioso testimonio el que Pablo puede dar de los tesalonicenses, con un resultado final admirable: «...en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada» (1 Ts. 1:8). Queremos resaltar que la palabra «ejemplo» usada por Pablo aquí en griego es tipos, significando «golpe, huella, impacto que deja una persona o cosa sobre otra». Todos nosotros estamos dando «golpes», haciendo impacto, dejando huella sobre los demás. ¡Qué privilegio y qué responsabilidad!
Ahí tenemos otra gran necesidad de la iglesia hoy: el aprendizaje por modelos, el discipulado a través de mentores vivos. Así es como los apóstoles aprendieron del Señor y así es como el testigo de la fe -«el buen depósito»- se ha ido transmitiendo con fidelidad a lo largo de la historia de la Iglesia. Debemos recuperar y fomentar este tipo de formación si queremos que la siguiente generación esté preparada para coger nuestro relevo. En las diferentes áreas de actividad en la iglesia (escuela dominical, campamentos, clase de catecúmenos, grupos de jóvenes, etc.) así como en la familia debemos facilitar y promover esta actitud de ser modelos o mentores. Nunca enfatizaremos suficiente este aspecto del discipulado en estos días de postmodernismo cuando las relaciones personales se han trivializado y apenas hay tiempo para estar juntos, para convivir en la iglesia o incluso en la familia. Los jóvenes en la fe necesitan conversar, escuchar, ver, en una palabra, convivir con creyentes más maduros. Esta es una dimensión insustituible del discipulado.

El modelo supremo

«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados de gloria en gloria en la misma imagen....» (2 Co. 3:18)
Este versículo nos lleva al clímax de nuestro tema: ningún modelo humano, por excelente que sea, puede sustituir la relación personal con Cristo. Los modelos nos inspiran; Cristo nos cambia. Estar con Cristo es la fuente última de nuestro crecimiento porque él es el único que posee el poder y la gracia que transforman. Esta metamorfosis sobrenatural, un proceso continuo según el texto, es obrado por el Espíritu del Señor. En otro pasaje es el mismo Dios Padre quien aparece como el autor: «el que comenzó la buena obra en nosotros, la irá la perfeccionando -completando- hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6).
Pero el texto de 2 Corintios 3:18 apunta sobre todo a Cristo como la fuente de nuestro cambio: «mirando la gloria del Señor somos transformados...» (Recomendamos al lector interesado en este tema la lectura de Contemplando la gloria de Cristo). Como enfatizamos antes con los modelos humanos, la relación personal constituye la clave. La razón es obvia: si nuestra meta es parecernos cada día más al Señor, entonces hemos de conocerle cada vez mejor y para conocer no hay otro camino más apropiado que estar con. Veamos dos ejemplos.
El rey David, hombre de Estado y por tanto muy ocupado en múltiples quehaceres, veía muy clara la prioridad número uno de su vida. En una memorable declaración que constituye todo un programa de vida, afirma:
«Una cosa he demandado al Señor, ésta buscaré;
Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida,
Para contemplar la hermosura del Señor,
Y para inquirir en su templo» (Sal. 27:4)
Estar con el Señor todos los días para «contemplar e inquirir», es decir, para adorar y buscar su voluntad, depender de Dios para todo en una estrecha relación personal constituía la prioridad de la vida del más grande rey de Israel. No es sorprendente, entonces, que se dijera de él que «era un hombre según el corazón de Dios».
El mismo Señor Jesús nos muestra este principio en el conocido pasaje de Marta y María. Marta, mujer muy trabajadora, estaba abrumada por el hacer: «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas». ¿Cuál es el remedio más profundo contra el estrés y la ansiedad de un activismo frenético? Jesús apunta de manera clara a la prioridad del ser: «Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte». Solemnes palabras que a mí nunca me han sonado a reproche agrio, sino a paciente lección; imagino el tono de voz de Jesús como el del maestro amante que con dulzura imparte una lección viva: «una sola cosa» ¿Cuál? Estar con, estar a los pies de Jesús en una relación cercana que permite ser moldeados por su gracia.
Para finalizar, ¿cómo podemos cultivar esta relación personal con Cristo? ¿Qué medios tenemos nosotros hoy para estar con él? Como el alfarero trabaja el barro, así se vale el Señor de diversos medios para forjarnos a semejanza de él. Un análisis pormenorizado escaparía al propósito de este escrito. Por ello vamos simplemente a esbozar la respuesta:

El estudio y meditación de la Palabra de Dios

Las Escrituras están llenas de Cristo: «Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lc. 24:27).
Procura imitar a los cristianos de Berea que «con toda solicitud escudriñaban cada día las Escrituras» (Hch. 17:11) y te encontrarás con el Cristo vivo. El estudio de la Palabra te permite no sólo el conocimiento de la verdad sino también encontrarte con el Verdadero, aquel que dijo «Yo soy la verdad».
  • Deja que la Palabra te hable de forma personal
  • Deja que la Palabra te penetre, que «more en abundancia» en ti.
  • Deja que la Palabra te cambie, te moldee.
«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu» (Heb. 4:12).

La oración

Es el instrumento más directo porque nos permite conversar con Dios como nuestro Padre, con naturalidad e intimidad sabiendo que Él es el Abba -«papá»- del que nos habla Pablo (Ro. 8:15).
Si la meditación en la Palabra supone más bien escuchar a Dios -dejar que El te hable-, en la oración tú le hablas a Dios. Pero aun sin darnos cuenta, el Señor usa este medio para moldearnos, para hacernos crecer. La oración no sólo cambia las situaciones o las circunstancias; también nos cambia a nosotros. Todos hemos experimentado alguna vez cómo la ansiedad es sustituida por la paz que «sobrepasa todo entendimiento», el odio o el resentimiento es cambiado en una actitud de perdón e incluso de amor; el miedo es trocado en confianza; la duda en certeza cuando nos presentamos delante de Dios «en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Fil. 4:6).
«Orar es cambiar. La oración es el cauce principal que Dios utiliza para transformarnos» (Richard Foster en Celebration of Discipline).

Las pruebas

Alguien quizás se sorprenda de esta idea. ¿De veras Dios pueda usar la prueba como un medio de transformación para llegar a ser como Cristo? La respuesta en la Palabra es abrumadora. Numerosos pasajes nos hablan del valor transformador, purificador y pedagógico del sufrimiento, los problemas y las tentaciones. Sólo mencionaremos dos a modo de ejemplo:
  • «Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados» (Heb. 12:11).
  • «En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra...» (1 P. 1:7).
El apóstol Pablo había experimentado sin duda este efecto transformador de la prueba. Ello le permite describir con detalle los cambios escalonados sobre el carácter y la experiencia de fe: «Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, aprobación; y la aprobación esperanza; y la esperanza no avergüenza» (Ro. 5:3-5).
Hay muy pocas cosas realmente importantes en la vida. A la hora de fijar estas prioridades, el llegar a ser como Cristo -que Cristo sea «formado en nosotros» (Gá. 4:19) viene en primer lugar. Nuestro deseo y oración es que Jesús pueda decir de cada uno de nosotros lo que dijo de María:
«Una sola cosa es necesaria. María ha escogido la buena parte y no le será quitada».
                                       
                                       Pablo Martínez Vila
                                    www.pensamientocristiano.com
                                   (Usado con permiso del autor)


miércoles, 8 de enero de 2020

"Ser antes que hacer"-Parte 2


Psicología y Pastoral

Ser antes que hacer (II)

Buscando las prioridades de la vida

Concluíamos el anterior artículo considerando el primero de los caminos seductores que la sociedad ofrece hoy: La opción humanista, «seréis como Dios». Vimos cómo la autoglorificación –el deseo de ser famoso y admirado– y la autorrealización –el buscar grandezas para uno mismo– constituyen la prioridad en la vida de muchas personas.
Hay otros dos caminos sin salida.

La opción autonomista: «somos libres» (Jer. 2:31)

Este camino también se nos aparece como muy atractivo. Su lema sería «sé libre, sé tú mismo, sé feliz». ¿A quien no le gusta sentirse así? Su poder de seducción está atrayendo –y arruinando– a miles de personas y familias. Nos presenta la independencia como la fuente de suprema felicidad. «Descubre tu propio camino y no dependas de nadie»; «mejor solo y tranquilo que acompañado con problemas». De nuevo, ¿no hay aquí un grano de verdad? ¿Dónde está el problema moral de esta opción? La asociación de la felicidad con la independencia es el argumento favorito del diablo. Así engañó a Eva y Adán haciéndoles creer que separados de Dios estarían mejor, serían promovidos a un estado de felicidad superior: «serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Gn. 3:5).
Esta forma de ser también tiene una consecuencia: el rechazo del compromiso. Existe hoy una especie de «alergia» a cualquier situación que requiera compromiso. De ahí el aumento espectacular del número de personas que viven solas sin deseos de formar una familia o una pareja estable. Recuerdo a un compañero de estudios decir refiriéndose al matrimonio: «Mientras haya taxis libres, ¿por qué comprarse coche?». Formidable resumen de los valores del hombre actual ebrio de individualismo, de pragmatismo y de hedonismo. El compromiso requiere fidelidad, mantener pactos y ello se vive como una merma de la libertad para hacer lo que a uno le viene en gana en cualquier momento.
Esta filosofía explica que un hombre o una mujer después de 10 o 15 años de matrimonio le diga a su cónyuge: «Me voy; te dejo porque necesito mi espacio, necesito sentirme libre. Y además tengo derecho a ser feliz». Esta decisión desgarra una familia y engendra una gran dosis de patología emocional y social que se extiende como las ondas sísmicas de un terremoto. Autores incluso no cristianos reconocen la gravedad de esta forma de pensar y de actuar. Es potencialmente muy peligrosa porque una civilización no se puede mantener sin guardar los pactos o compromisos que son el «cemento» aglutinante de las relaciones personales, en especial las más íntimas.
El sociólogo Lipovetsky en su excelente libro La Era del vacío ha descrito con lucidez la realidad del individualismo contemporáneo. Entre otras ideas, destacamos por su interés la siguiente. Lipovetsky habla de la reducción progresiva del interés del ser humano por los demás en los últimos 50 años en forma de círculos concéntricos. El proceso sería éste:
  • Entre los años 1950–1970, al hombre le preocupaba mejorar el mundo. Había una inquietud social. Probablemente era una respuesta a la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Es el momento cuando surge la ONU, aparecen los movimientos de protesta juvenil (el Mayo francés, el movimiento hyppie, etc.), fenómenos sociales que querían cambiar el mundo. Se anhelaba un mundo mejor.
  • En la década de los años 80 (1980–1990 aproximadamente) se estrecha el círculo y uno se centra en la esfera de su trabajo. Lo importante es que la empresa vaya bien, una estabilidad laboral. Se aspira a un trabajo de por vida, y a una buena jubilación.
  • En los años 90 el hombre reduce aún más sus intereses, se repliega sobre sí mismo y vive sobre todo para su familia: yo y los míos. Estos primeros síntomas de individualismo dan lugar, primero en EEUU y después en Europa, a la filosofía del «no en mi patio trasero», es decir, oponerse de forma sistemática e intensa a cualquier proyecto que pueda afectar de forma real o supuesta mi bienestar. Así nadie quiere proyectos sociales cerca de mi casa: ni iglesias, ni centros de rehabilitación, ni siquiera hospitales.
  • En el año 2000 la reducción del interés por el prójimo ha hecho que la frase «yo y los míos» haya quedado reducida a otra mucho más corta: «yo». El mundo parece que se acaba conmigo, ya no importa nadie más que yo.
Las palabras del pueblo de Israel a Dios «Somos libres, nunca más vendremos a ti» (Jer. 2:31) las repiten hoy millones de personas que escogen este camino del «ser libre».

La opción materialista: «soy rico y de ninguna cosa tengo necesidad...» (Ap. 3:17)

Estas palabras que el ángel atribuye a la iglesia de Laodicea nos muestran que tampoco éste es un fenómeno moderno. El materialismo, la codicia por los bienes materiales, ha sido una constante en el corazón humano. En este caso la prioridad no es tanto ser como tener. Para las personas que se dejan llevar por este camino el ser viene en función del tener: «tanto tienes, tanto vales». En especial, la posesión de ciertos símbolos de status social que, supuestamente, confieren identidad e incluso superioridad. Estos símbolos de status varían en función de la edad, del lugar y de la época. Así, para un adolescente puede ser la ropa de marca o el teléfono móvil de última generación. Para un adulto maduro será el vehículo de gran cilindrada o una segunda vivienda en un lugar de «alto standing».
Cada generación tiene sus símbolos de status como nos recuerda la publicidad constantemente con sus mensajes, subliminales o agresivos, destinados al consumo. Ensalza la filosofía del triunfador en la línea que veíamos antes. Si es verdad que la publicidad refleja los valores contemporáneos, entonces el triunfo se mide por el automóvil que conduces, los hoteles donde te hospedas, el color de la tarjeta de crédito etc. Como reacción a ello ha surgido en EEUU un movimiento –el downshifting– que promueve el estilo de vida sencillo. No es más que poner en práctica la célebre frase de Francisco de Asís: «Necesito muy pocas cosas y las pocas cosas que necesito, las necesito muy poco».
Esta opción tiene, entre otras, dos grandes consecuencias.
  • El consumismo. Si el valor de la persona estriba en lo que posee, entonces cuanto más posees tanto mejor para ti. Tu patrimonio te da seguridad, autoestima. Ello lleva a comprar de forma compulsiva tanto lo que se necesita como lo totalmente innecesario. Las compras compulsivas constituyen un serio problema para muchas personas hoy. Es cierto que detrás puede haber factores psicológicos (ansiedad etc.), pero no tengo la menor duda de que la filosofía materialista de la vida es el motor que impulsa este fenómeno creciente. Alguien ha definido el consumismo como «comprar con el dinero que no se tiene aquello que no se necesita».
  • La cosificación de las relaciones. ¿En qué sentido? Cuando trato a las cosas como si fueran personas –rasgo distintivo del materialismo– acabo tratando a las personas como si fueran cosas. El ser humano se convierte en un mero objeto, el medio, el instrumento que me permite alcanzar mis metas: mi autorrealización y mi felicidad. No importa si para ello he de pasar por encima de sus «cadáveres» (hablo simbólicamente). Esta miserable realidad se ve a diario en los trabajos, en el matrimonio y en otras esferas de la vida.
Estas tres opciones son caminos sin salida, no llevan a ninguna parte. Expresándolo en las palabras del autor del Eclesiastés, son «vanidad de vanidades», son vacíos y fuente de vaciedad o frustración. Ello nos lleva de forma natural a considerar la respuesta bíblica. ¿cuál es la forma de ser que refleja la voluntad de Dios para nuestras vidas?

La opción bíblica: ser como Cristo

«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11:29)
La prioridad del cristiano es la formación de un carácter moral, la forja progresiva del carácter de Cristo en nosotros. Ese principio lo vemos claramente expresado en textos como Romanos 8:29: «...para que fuesen hechos –llegasen a ser– conformes a la imagen de su Hijo». La meta última de mi vida es llegar a ser como Cristo. Todo lo demás palidece en importancia al lado de este objetivo supremo. No hay programa de vida mejor para un creyente o para una iglesia. Porque este principio no se aplica sólo al creyente individual, sino también a la iglesia: «todo el edificio –la Iglesia– bien coordinado va creciendo para ser un templo santo en el Señor» afirma con rotundidad Pablo en Efesios 2:21. Me preocupa escuchar repetidamente afirmaciones como «esta iglesia lo que necesita es un programa, un buen proyecto». ¿Es que hay algún «proyecto» más importante o más bíblico que promover todo aquello que contribuya a esta formidable «transformación» –metamorfosis– (ver 2 Co. 3:18) del creyente y de la iglesia a imagen de Cristo? ¿No será este énfasis en un «proyecto» una sutil influencia del secularismo, a imagen y semejanza, por ejemplo, de los partidos políticos o las empresas que funcionan a base de «proyectos»?
En lenguaje teológico a este proceso de cambio para llegar a ser como nuestro Maestro se le llama santificación. Y la santificación ha sido la prioridad y la marca distintiva de los grandes avivamientos en la historia de la Iglesia. Desde el movimiento de los Hermanos Moravos en el siglo XVIII con el Conde Zinzendorf hasta la eclosión del avivamiento metodista con Juan Wesley que transformó la Inglaterra de su época, sin olvidar la gran aportación de los puritanos, todos ellos han tenido un «proyecto» muy claro: la santidad. Una pregunta de reflexión aquí: la superficialidad de la fe y del compromiso que se observa hoy en muchos círculos evangélicos en Occidente, ¿no será porque se ha dejado de lado esta prioridad de llegar a ser como Cristo? En demasiadas ocasiones lo periférico ha venido a sustituir a lo central en la vida del creyente y de la iglesia, de modo que se pone más énfasis en los actos que en las actitudes, en el hacer que en el ser, en los programas que en EL programa. Si esto sucede en la vida de una iglesia, puede ser el primer paso para su naufragio espiritual. Podrá ser un buen club social, pero habrá fracasado como «templo santo en el Señor». La centralidad de la santificación es requisito imprescindible para un discipulado sólido. Además, este anhelo de «ser santos en toda nuestra manera de vivir» (1 P. 1:15) no es una opción para una elite más o menos espiritual sino el deber de todo creyente y de toda iglesia, «porque escrito está: sed santos , porque yo soy santo» (1 P. 1:16).
Los rasgos distintivos de este carácter moral de Cristo los encontramos ampliamente descritos, entre otros, en dos pasajes: el Sermón del Monte (Mt. 5–7) donde Jesús mismo explica con profusión de ejemplos y metáforas en qué consiste la nueva forma de ser. El otro gran pasaje es Gálatas 5:22–23 donde Pablo enumera los diversos elementos del fruto del Espíritu. Recomendamos al lector profundizar en estos dos pasajes a fin de tener una visión mucho más amplia de este carácter al que aspiramos. Sí queremos dedicar, no obstante, unas líneas al modelo que Cristo mismo nos marcó con su propia vida.
El ejemplo mismo de Jesús. La vida y las enseñanzas del Señor nos muestran numerosos ejemplos de esta prioridad del ser. Al final del Sermón del Monte, y a modo de resumen, Jesús exhorta a sus discípulos con una frase concluyente: «Así pues no os hagáis semejantes a ellos» (Mt. 6:8). El verbo en griego «no os hagáis como» –gígnomai– es el mismo que aparece en Romanos 8:29 antes considerado. Según J. Stott ésta es la esencia de todo este sermón: «no lleguéis a ser como ellos».
En otra ocasión el Señor exhorta a sus seguidores a «aprender de mí que soy manso y humilde» (Mt. 11:29). Lo fundamental de su enseñanza no radicaba en sus actos, por milagrosos y fantásticos que éstos fueran; tampoco en sus palabras, sabias y sublimes. El meollo de lo que tenían que aprender estaba en el carácter de Jesús: sus actitudes, sus reacciones, su amor. Incluso en la parábola de los talentos, pasaje que a primera vista nos habla de la importancia de una buena administración –el actuar bien– así como de los resultados, al final lo que se resalta por encima de todo es una actitud: «Ven, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré» (Mt. 25:23). Se elogia la fidelidad del siervo, una virtud del ser. La productividad, los resultados quedan en segundo lugar; no es que no tengan importancia, la tienen; pero en la vida cristiana es más importante el cómo –las actitudes, el corazón– que el qué.
En el próximo artículo consideraremos las maneras cómo se aprende a ser como Cristo, la forja del ser.
Por ahora, concluimos afirmando con convicción que la recuperación de este anhelo de santidad y de consagración es la necesidad más urgente de la iglesia hoy.
                                        
                                                Pablo Martínez Vila
                                           www.pensamientocristiano.com
                                             (Usado con permiso del autor)

lunes, 6 de enero de 2020

Ser Antes que hacer -Parte 1

Psicología y pastoral

Ser antes que hacer (I)

Buscando las prioridades de la vida

«Hizo de su vida el mejor de sus libros»
Esta frase, que alguien dijo del filósofo judío cristiano Emmanuel Levinas cuando murió, me causó un notable impacto. Pensaba en mi propia vida. ¿Puede haber mejor resumen y elogio? Me hizo reflexionar sobre un principio bíblico muy importante para el creyente: lo más importante en esta vida no es hacer, sino ser.
Sí, el ser antecede al hacer. Para Dios es más importante el cómo somos que lo que hacemos. El hacer tiene su valor, pero siempre que sea resultado de un corazón –un ser– limpio. Esta idea queda clara en las palabras de Dios a Samuel cuando escogió a David para ser rey: ¿Cuál fue la instrucción básica que le dio al profeta? «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura... porque Dios no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón» (1 S. 16:7). ¿Qué era lo fundamental a la hora de buscar al hombre idóneo para dirigir al pueblo? La respuesta no deja lugar a dudas: «no mires... mira...». Para Dios había algo que evitar y algo que buscar: evitar lo externo, lo aparente porque es secundario, buscar lo que hay dentro, el corazón, el ser, porque desde siempre «Dios escudriña la mente y el corazón» (Jer. 11:20).
A simple vista parece que todos coincidimos, tanto creyentes como no creyentes, en este principio: la valía de un ser humano no depende tanto del hacer como del ser. El escritor Oscar Wilde, por ejemplo, dijo: «La obra de uno es uno mismo». Pero, ¿estamos hablando de lo mismo? Cuáles son las ideas del mundo al hablar del ser. Ser, ¿qué? Al ponerle «nombre y apellido» es donde las posturas divergen profundamente y necesitamos entender lo que piensa la sociedad de nuestros días sobre este tema porque se aleja claramente de la enseñanza bíblica.

Caminos sin salida: las opciones seculares

Estas opciones se le presentan al creyente como caminos atractivos de entrada, pero que, en último término, no llevan a ninguna parte más que a la frustración, al sentido de absurdidad tan bien descrito en el libro del Eclesiastés. Por ello los llamamos caminos vacíos, sin salida. El peligro radica en su atractivo inicial que seduce. Seducen porque halagan al ego con unas propuestas de autorrealización y de libertad que deslumbran al corazón humano, ávido de gloria y de autosuficiencia. En este sentido son tentaciones que nos pueden extraviar del buen camino, del auténtico sentido bíblico del ser.
No olvidemos cómo entró el pecado en el mundo; la promesa fue «seréis como Dios» (Gn. 3:5). El diablo apela precisamente a la tentación del «llegar a ser» para seducir –engañar– a Adán y Eva. No estamos por tanto ante un tema trivial, sino -nada más y nada menos– que ante la misma tentación por la que entró el pecado en la tierra. Así pues, cuidado con las ofertas del ser que provienen del mundo porque son instrumento favorito del maligno para apartar al hombre de su Creador, para extraviar al creyente y a la Iglesia del propósito esencial del Evangelio: la opción de «ser nuevas criaturas en Cristo» (2 Co. 5:17), como consideraremos en la última parte de esta serie.
¿Cuáles son estos caminos seductores que ofrece la sociedad hoy? Hemos escogido los tres que nos han parecido más relevantes, aunque puede haber otros.
  • La opción humanista: «seréis como Dios» (Gn. 3:5)
  • La opción autonomista: «somos libres» (Jer. 2:31)
  • La opción materialista: «soy rico y de ninguna cosa tengo necesidad» (Ap. 3:17)

La opción humanista: «seréis como Dios» (Gn. 3:5)

Esta opción, muy en boga en nuestros días, puede presentar diferentes formas, cada una de las cuales refleja distintos énfasis. Veámoslas:

La autoglorificación: ser famoso-ser admirado

El deseo de hacerse un nombre y «que todos me recuerden y hablen de mí» es muy antiguo. Lo encontramos ya descrito en el libro de Génesis cuando los hombres deciden construir la torre de Babel con un propósito tan claro como reprobable: «Edifiquémonos una ciudad y una torre... y hagámonos un nombre» (Gn. 11:4). No es de extrañar que semejante motivación enojara a Dios, quien «confundió el lenguaje de toda la tierra y desde allí los esparció» (Gn. 11:9). Es cierto, sin embargo, que este culto al yo se ha agravado desde fines del siglo XX hasta convertirse hoy en una verdadera religión, en parte por la influencia de las llamadas psicologías humanistas (Karl Rogers, A. Maslow, Eric Fromm, entre otros) que parten de una premisa teórica tan halagadora para el ego como equivocada a ojos de Dios: el ser humano es poco menos que omnipotente. Por ello, la aspiración a llegar a ser grande, famoso es muy coherente con esta filosofía.
Esta tentación no es exclusiva de gobernantes que ostentan un poder colosal y se hacen construir estatuas o mausoleos para perpetuar su nombre. No hay que ser un Lenin, un Bokassa o alguno de los megalómanos de la Historia. Alguien tan sencillo como Salieri, el músico contemporáneo y rival de Mozart nos ha dejado un notable ejemplo del poder de seducción de la vanidad. En la película Amadeus se cita esta oración atribuida a Salieri: «Señor hazme un gran compositor. Permíteme celebrar tu gloria a través de la música y celebrarme a mí mismo. Hazme famoso en todo el mundo, hazme inmortal. Después que yo muera, permite que la gente pronuncie mi nombre por siempre con amor gracias a lo que he compuesto».
Otro ejemplo bien cercano. Llama poderosamente la atención un hecho: las profesiones más deseadas hoy por los niños «cuando sean mayores» son: futbolistas, actores, actrices, cantantes, modelos etc. Hace sólo 30 años la respuesta era bien diferente: médicos, ingenieros, bomberos, enfermeras, maestros. ¿Qué revela este cambio tan profundo y significativo? Los valores ahora no vienen motivados por un interés –solidaridad– social, sino por el simple deseo narcisista de triunfar y llegar a ser famoso. ¿Cómo se explica, si no, el éxito arrollador de programas televisivos como «Operación triunfo»? Es el espejo –el sueño– en el que se miran miles de jóvenes cuya meta en la vida es triunfar y triunfar es ser famoso.

La autorrealización: «busca para ti grandezas»

Esta variante de la opción humanista es, de hecho, la continuidad de la anterior. Si quieres ser grande, tienes que hacer algo grande. Por ello su oferta es un desafío a desarrollar al máximo tu potencial porque este es el camino para ser feliz. Su planteamiento resumido sería: «tú tienes una energía interior extraordinaria; piensa algo grande, un sueño, y desarróllalo; tú puedes hacer todo lo que te propongas; no hay límites para tu capacidad».
¿Acaso hay algo malo en esta ambición? Nos recuerda incluso un principio bíblico pues, como dijo el salmista, «el hombre es poco menor que los ángeles y lo coronaste de gloria y de honra; lo hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies» (Sal. 8:5-6). No olvidemos que el diablo reviste cada una de estas tentaciones con una apariencia de licitud moral, hasta se apoya en textos de la Biblia –citados fuera de contexto– tal como hizo al tentar al Señor. Por ello decíamos antes que podían deslumbrar y seducir. En realidad, mucho del lenguaje de las filosofías más populares hoy (Nueva Era, las nuevas espiritualidades, etc.) tiene ecos cristianos que pueden inducir a confusión.
¿Qué hay de malo en la autorrealización? Existe una forma de auto-realizarse que es bíblica. Cuando Dios pone a Adán y Eva en el Edén les da un mandato para trabajar y desarrollar al máximo su creatividad, sus talentos y sus dones. En un mundo sin pecado el trabajo era al mismo tiempo una fuente de satisfacción personal y glorificaba a Dios. El apóstol Pablo entendió muy bien esta forma legítima de autorrealización con una frase memorable: «Para mí el vivir es Cristo» (Fil. 1:21). El creyente viene a decir como Juan el Bautista: «Es necesario que yo mengüe para que Él crezca» (Jn. 3:30). En cambio cuando la autorrealización busca primero engrandecer el ego olvidándose de cualquier referencia al Creador se convierte en un pecado. Recordemos bien la amonestación de Jeremías a su secretario Baruc: «¿buscas para ti grandezas? No las busques» (Jer. 45:5).
Cada uno de estos caminos tiene consecuencias. La opción humanista, en sus dos formas, suele llevar a un activismo desenfrenado ¡Significativa paradoja! Cuando la preocupación por el ser se centra en el «yo», lleva a un hacer frenético. Pero no es tan sorprendente. Tiene su lógica. Si uno vive prioritariamente para construir su torre, para hacerse un nombre y busca grandezas para sí, acaba viviendo de forma muy ajetreada. ¿Por qué? La respuesta bíblica es clara: porque nunca tiene suficiente, es devorado por la codicia, la ambición aparece como una sed insaciable que no encuentra límites. Qué interesante la correlación que el salmista traza en el Salmo 127 entre la casa edificada sin Dios y el ritmo de vida enloquecido: «si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican... por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar; y que comáis pan de dolores...» (Sal. 127:1-2). Es un diagnóstico preciso de la enfermedad de nuestro mundo occidental. Muchas personas hoy no viven, simplemente hacen, están tan ocupadas que no tienen tiempo para vivir. Este estilo de vida, a la larga, les resultará vacío y frustrante porque prescinde de Dios, el arquitecto del edificio.
Ello explica que asistamos hoy a una inversión diabólica del orden bíblico: muchas personas no trabajan para vivir, sino que viven para trabajar. Cierto que en algunos casos ello se hace por necesidad, para aliviar severas penurias económicas. Por desgracia, en un mundo tan materialista y competitivo muchos tienen que mal vivir para sobrevivir. Pero en no pocos casos, el activismo con sus consecuencias como el estrés, la ansiedad etc. es la factura de una ambición desmesurada y centrada en el yo. Los biógrafos dicen del escritor francés Marcel Proust que en los últimos años de su vida «no vivió, sólo escribió». Nada más lejos de mi intención que juzgar las motivaciones o la ambición del gran escritor francés. Pero nos sirve como recordatorio de que uno puede estar tan absorbido con lo que hace, con la construcción de su torre, que acaba produciendo una metamorfosis lamentable en la vida: sustituye el ser por el hacer.
Unas palabras de confesión y autocrítica aquí. Los creyentes no estamos del todo libres de este pecado. ¿Cuántos de nuestros esfuerzos tienen por meta, aun sin darnos cuenta, labrarse un nombre, mejorar la autoestima, conseguir el aplauso y el reconocimiento de los demás? ¡Cuidado con las motivaciones! Las palabras del Señor en Hageo «sembráis mucho, recogéis poco... meditad bien en vuestros caminos» (Hag. 1:6) siguen teniendo actualidad para nosotros como pueblo de Dios.

                                      Pablo Martínez Vila   
                                   www.pensamientocristiano.com
                                   (Usado con permiso del autor)



lunes, 18 de marzo de 2019

Salmos 19:9-11

Concluyendo la lectura bíblica del "Salmo 19" en gráficas devocionales.
Lea, memorize y comparta las escrituras con otros.
Ore por nuestro ministerio para seguir sirviendo al Señor en las redes sociales.

Lo más importante en repartir la semilla del evangelio como discípulos de Cristo, nuestro Salvador.
¡Dios les bendiga!